Marcos 6, 7-13 – XV Domingo durante el año

 

 

Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas.

Les dijo: «Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir.

Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos».

Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y curaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.

Palabra del Señor

Comentario

No alcanza un domingo, una semana, una vida para amar a Dios como se lo merece. No alcanza toda tu vida, ni la mía para devolverles a los que nos aman tanto amor que nos dieron a lo largo de la vida. El amor con amor se paga, pero el amor no tiene precio, no se le puede poner valor numérico y, por lo tanto, nunca podremos saber si devolvemos todo lo que los otros hicieron por nosotros. Lo más triste que nos puede pasar, es calcular el amor que debemos dar, a Dios y a los demás, no hay que calcular todo, hay que dar. Cuando en la lógica del amor ponemos la lógica de la matemática, deja de ser amor, inmediatamente. Es por eso que no alcanza con un domingo de misa y más oración, con una semana, con una vida entregada, para darle a Dios todo lo que le corresponde. De ahí lo que dice el salmo: “¿Con qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo?” Pero no se trata de que nos sintamos mal por no dar tanto, sino de darnos cuenta todo lo que tenemos para dar y empecemos a darlo.  Los cristianos, los que decimos tener fe, debemos salir de la lógica del cumplimiento, del pensar que hacer ciertas cosas nos asegura ser buenos o mejores que otros. El cristiano, vos y yo, no podemos seguir pensando que el amor tiene una medida, un límite, eso no nos hace bien, nos limita, nos impide ser todo lo que podemos ser. Cuando le ponemos límites al amor, cuando damos solo lo que nos parece que tenemos que dar, nos perdemos algo mucho más grande. Esto que te digo no es para que te sientas siempre a destiempo con Dios y con culpa, sino para que sientas que siempre podés dar más y algo mejor, que Jesús tiene algo más grande para nuestra vida, y que por mezquinos a veces se nos pasa de largo.

Después del rechazo en su tierra de Nazaret y de transformarse en “escándalo”, en piedra de tropiezo para algunos – el domingo pasado –  Jesús había quedado asombrado de la falta de fe de esa gente. Sin embargo, en algo del evangelio de hoy, la continuación del anterior, la reacción de Jesús no es la que podríamos esperar. ¿Qué hace? ¿Se enoja, se irrita, maldice? No. “Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros” Esto quiere decir que la respuesta de Jesús ante la falta de fe de este mundo, en que lo humano puede ser medio para alcanzar lo divino, ante la oposición y la incredulidad,  la respuesta es la de redoblar la apuesta, no buscar el camino más fácil o por lo menos el aparentemente más fácil. No sólo predicará Él, sino que además envía a sus elegidos para que hagan lo mismo que Él, les da el poder de hacer lo mismo que Él. El misterio se “agranda” por decirlo de alguna manera, se agranda y se complica también, porque ahora no solo debemos creer en Jesús, sino además confiar en sus enviados, en sus elegidos. Se amplía el misterio en el tiempo y se agranda el escándalo, la incredulidad. Es difícil creer en Jesús, creer que fue Dios hecho hombre y que por medio de Él Dios nos habló y nos amó, hoy también es difícil creer y confiar en que, por medio de hombres, de la Iglesia, podemos alcanzar y recibir la salvación, eso también es escándalo para muchos.

Por otro lado, es lindo disfrutar de la bondad de Jesús y de su modo de actuar. No es pesimista, no se deprime, no se enoja sin sentido, apuesta siempre al hombre, sigue insistiendo, confía en nosotros, no nos critica. También es práctico y sencillo, no se detiene ante el rechazo: “Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos” 

La Iglesia vive de este llamado y de este envío. Nació así y nació para eso, para continuar la misión salvífica de Jesús en la tierra. La Iglesia debe comportarse como Jesús, no enojarse, no irritarse, sino que al contrario “redoblar siempre la apuesta”. No nos escuchan, no importa, seguimos adelante hasta que alguien nos escuche, es parte de la misión.

La Iglesia nació así, de “dos en dos”, nunca en soledad. Nadie puede ser creíble si anda solo. ¿Cómo mostrar el amor si no tengo a otro para amar? Por eso los mandó de dos en dos para que los demás vean que el centro del mensaje es el amor, la entrega total.

Los discípulos fueron enviados “así nomás”, con lo que tenían puesto, justamente para que estén siempre dispuestos al servicio, para que estén siempre disponibles a la voluntad de Dios. La Iglesia, cada uno de nosotros, debería vivir así para que el mensaje de Jesús llegue realmente a los corazones. Por eso a veces me pregunto ¿Cuántas cosas se nos “pegaron” en tantos siglos de historia, como esas cosas que acumulamos en nuestras casas y ya no sirven para nada? El Papa Francisco decía algo relacionado a esto: “¿Cuántas veces pensamos la misión en base a proyectos o programas? ¿Cuantas veces imaginamos la evangelización en torno a miles de estrategias, tácticas, maniobras, artimañas, buscando que las personas se conviertan en base a nuestros argumentos?” La fuerza del mensaje reside en el mensaje, el amor que contiene y no en los medios que utilizamos. En realidad, el único medio para ayudar a otros a descubrir el amor de Dios, es amando, y solo se ama de verdad entregándonos, sin calcular tanto, sin medir hasta donde, porque Él no lo hizo, ni hace lo mismo con nosotros, al contrario, siempre “redobla la apuesta”.

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