Marcos 7, 14-23 – V Miércoles durante el año

 

 

Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. ¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!»

Cuando se apartó de la multitud y entró en la casa, sus discípulos le preguntaron por el sentido de esa parábola. Él les dijo: «¿Ni siquiera ustedes son capaces de comprender? ¿No saben que nada de lo que entra de afuera en el hombre puede mancharlo, porque eso no va al corazón sino al vientre, y después se elimina en lugares retirados?» Así Jesús declaraba que eran puros todos los alimentos.

Luego agregó: «Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre.»

Palabra del Señor

Comentario

Pedro pudo experimentar la misericordia de Jesús, no solo porque confió de algún modo en su palabra, sino porque antes que nada le permitió subirse a su barca, le permitió la entrada a su corazón. Es lindo pensar que la barca de Pedro, su lugar, su espacio de trabajo puede ser para nosotros, la imagen de nuestro corazón. Decía el evangelio del domingo: “Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón…” Cuando dejamos que Jesús se meta en nuestro corazón, cuando le damos un lugar en donde pensamos que solo “algunos” o incluso solo nosotros tenemos la exclusividad, Él se encarga de “desarmarnos”, de hacernos sentirnos útiles, de darnos otra oportunidad. Eso podemos vislumbrar en la maravillosa escena que seguiremos disfrutando esta semana. ¡Qué consolador es saber y creer que Jesús no pretende que dejemos lo que sabemos hacer, sino que lo que Él desea es darle un nuevo sentido, un rumbo distinto, más grande y abarcador! De pescador de peces, a pescador de hombres… Jesús no rechaza las cosas nobles que nos dignifican, que nos hacen ser más humanos, como el propio trabajo, las capacidades que Él mismo nos concedió, sino que nos ayuda a utilizar esos dones para el servicio de los demás, para que podamos ayudarlo a atraer más corazones a su corazón. Solo tenemos que abrirle la puerta al gran amor de Jesús, solo tenemos que dejarlo entrar a nuestro corazón, y “apartarnos un poco de la orilla”, del mundo que no nos deja ver las cosas con claridad, del “bosque que nos tapa el árbol” para poder ver como Él mira a la multitud que está sedienta de su amor. Jesús se subió a la barca-corazón de Pedro para que la gente puede escucharlo mejor, para que Simón y sus discípulos contemplen a la multitud como Él la contemplaba.

Algo del evangelio de hoy, nos enseña que no podemos echarle la culpa a nuestros males a las cosas de afuera. El mal no es algo que anda dando vueltas por ahí y se nos mete en el corazón, como muchos piensan. El mal no es solo algo que hacen los demás y a mí me toca sufrirlo. Sino que es algo que brota de nuestro propio corazón. Debemos reconocerlo, y en eso todos tenemos un poco que ver, todos aportamos algo al mal de este mundo. No podemos echarle la culpa a los de afuera. No podemos echarle la culpa al mundo de hoy, a internet, al celular, a la televisión, a las cosas malas que hoy pasan y antes no pasaban. No podemos vivir pensando que la culpa la tienen los otros y que todo lo que no es mío no es tan bueno. Es verdad que fuera nuestro hay cosas malas, es verdad de que hay que evitar estar en lugares y con personas que nos hacen mal, que de alguna manera nos “ensucian”. Pero también es bueno volver a escuchar: «Lo que sale del hombre es lo que lo hace impuro». Lo que sale de tu corazón y el mío es lo que nos ensucia, porque nuestro corazón está herido por el pecado.

Fuimos creados para amar, para salir de nosotros mismos, sin embargo, en el corazón del hombre hay de todo un poco: hay también malas intenciones, lujuria, deseos de tener lo de otros, deseos de matar de algún modo a los otros, de adulterios, de maldad, de engaños, de deshonestidades, de envidia, de difamación, de orgullo, de desatino, como dice la palabra. Cada uno tiene lo suyo, cada uno debe ser sincero consigo mismo y darse cuenta, de que, aunque lo de afuera influye, el que finalmente hace las cosas es uno, somos nosotros los que decidimos comportarnos como hijos de un mismo padre o no. No podemos vivir como los fariseos, creyendo que el problema de nuestra impureza es externo. Eso es la hipocresía que enferma. Ver siempre los problemas afuera y no en nosotros.

No podemos vivir pensando que, por hacer cosas buenas, “seremos buenos”, sino que, en realidad porque ya tenemos amor en nuestro corazón, podemos hacer cosas buenas por los otros. La capacidad de amar, Dios ya la puso en nuestro corazón y eso nos va “abuenando”, nos va purificando de lo otro, que siempre está y estará, pero que en la medida que dejamos salir lo mejor de nosotros, se va apagando, va perdiendo fuerzas y colaboramos a que todo lo que nos rodea vaya siendo más lindo, las personas y las cosas.

Vos y yo seremos más cristianos, en la medida que busquemos amar en cada cosa y no tanto por luchar contra los males de este mundo, aunque a veces sea un poco necesario. Pongamos nuestro corazón en lo bueno y ya tendremos la mejor de las batallas ganadas: el darnos cuenta lo que somos, lo que Dios nos dio. “Escúchenme todos y entiéndanlo bien” dice Jesús hoy. Escuchemos atentamente la palabra, para no equivocarnos con pensamientos tan distintos a los de Dios y que nos hacen errar el camino.

Dejemos que Jesús nos sane el corazón; que nos sane de tantas impurezas que no nos dejan vivir en paz, que no nos dejan amar como Jesús quiere que nos amemos.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta