Marcos 7, 24-30 – V Jueves durante el año

 

 

Jesús partió de allí y fue a la región de Tiro. Entró en una casa y no quiso que nadie lo supiera, pero no pudo permanecer oculto.

En seguida una mujer cuya hija estaba poseída por un espíritu impuro, oyó hablar de él y fue a postrarse a sus pies. Esta mujer, que era pagana y de origen sirofenicio, le pidió que expulsara de su hija al demonio.

El le respondió: «Deja que antes se sacien los hijos; no está bien tomar el pan de los hijos para tirárselo a los cachorros.»

Pero ella le respondió: «Es verdad, Señor, pero los cachorros, debajo de la mesa, comen las migajas que dejan caer los hijos.»

Entonces Él le dijo: «A causa de lo que has dicho, puedes irte: el demonio ha salido de tu hija.» Ella regresó a su casa y encontró a la niña acostada en la cama y liberada del demonio.

Palabra del Señor

Comentario

No todos entienden lo lindo que es transformarse en “pescador de hombres”. A Pedro y los otros discípulos, la presencia y el amor de Jesús, les cambió la vida, completamente y para siempre. Los que nos ven de afuera, los que no comprenden la Iglesia y su misión, les parece literalmente “una locura” eso de dejar todo para seguir a Jesús. Sin embargo, los evangelios y la vida de la Iglesia durante siglos, nos demuestran que, a pesar de las debilidades y errores, solo un amor más grande y trascendente puede lograr que alguien “deje todo” para seguir al Amor de los amores. Eso contemplamos en la escena del domingo, esa debería ser tu historia y la mía, descubrir el amor de Jesús y seguirlo para darle un sentido a nuestra vida.

Algo de este evangelio de hoy, tan particular, tan profundo, me anima a que reflexionemos sobre dos temas fundamentales.

Por un lado, pensar que Jesús no es “propiedad privada”, no es solo de algunos y para algunos, sino que es de todos y para todos. Aunque a veces parezca lo contrario dentro de la Iglesia, aunque a veces queramos guardarlo celosamente como propiedad nuestra. Él ayuda y sana a quién quiere y como quiere, y no como nosotros esperamos.

Por otro lado, la persona menos pensada, a veces se transforma en modelo para imitar. Jamás podemos despreciar a una persona, por más distinta y alejada de nuestra realidad que parezca, sea del credo que sea y de la raza que sea.

Vamos al primer tema. Los seres humanos cometemos fácilmente el error de pretender poseer las cosas, tanto bienes materiales como espirituales, que pueden ser ideas, pensamientos o sentimientos.  Nos adueñamos de las cosas, de las personas, de las ideas, de los logros. Nos encanta la exclusividad, nos encanta generar sectarismo y eso se manifiesta de muchas maneras. Podríamos hablar horas de esto. Esto se da de diferentes formas y matices. Incluso dentro de la misma Iglesia. Pasó en la vida de Jesús, con los discípulos y muchos otros, varias veces quisieron “adueñarse” de Jesús. Sin embargo, Él siempre lo evitó. Es nuestra gran tentación, adueñarnos de lo que nos hace bien y pretender ese bien solo para nosotros o bien, pretender que todos hagan lo mismo que nosotros. Pasa para ambos lados. Los que conocieron a Jesús en un lugar, en una comunidad, hacen de ese lugar y comunidad algo así como su “nichito” exclusivo, en donde solo pueden entrar los que más o menos se parecen a nosotros. ¡Qué tristeza cuando rodeamos a Jesús con nuestras ideas e impedimos que otros puedan vivir lo mismo que nosotros! Y el otro extremo es el fanatismo. “Si no hacen lo mismo que nosotros, si no conocen a Jesús en mi movimiento, en mi grupo, mi parroquia, retiro, casi que no entienden nada, no van a conocer a Jesús”. ¡Qué soberbia! ¡Qué estrechez de corazón! ¡Qué cerrazón de corazón!

Lo segundo es que a veces los menos pensados pueden ser testimonio de fe, y los más cercanos por prejuiciosos podemos transformarnos en “burócratas de la fe”. Poner tantas condiciones y trabas, que al final, seguir, conocer y amar a Jesús, se transforma en un trámite más, controlado por algunos que ponen las reglas y los demás se tienen que acoplar, sin libertad. “Para seguir a Jesús, tenés que hacer esto, lo otro, tenés, tenés…” y así mil cosas. Somos nosotros los que le digitamos el camino a los demás. Incluso algo peor que también pasa, “para anunciar a Jesús tenés que ser así, asá, hacer esto lo otro, llenar este formulario o el otro…”, o sea que para ser buenos cristianos casi que tenemos que presentar un curriculum de buena conducta, un ADN de cristiano, que se parezca, por supuesto, bastante al mío. Como decía el Papa Francisco: “Es más importante la gracia que toda la burocracia. Y tantas veces nosotros en la Iglesia somos una empresa para fabricar impedimentos, para que la gente no pueda llegar a la gracia” Durísimo, pero muy verdadero. Cuanto más cerca estamos de Jesús, o creemos estarlo, más peligro corremos de transformarnos en burócratas de la fe que impiden el acceso de los más sencillos a Jesús.

Bueno, si te queda alguna duda sobre cuál es la verdad del evangelio sobre este tema, sin dejar de lado todas las otras verdades que contiene y sin relativizar lo que Jesús enseña, te propongo que vuelvas a escuchar el texto de hoy. Una pagana que se transforma en testimonio de fe al acercarse a un Jesús, aparentemente bastante duro, pero que termina concediéndole lo que ella necesitaba y pedía. Sin embargo, Jesús lo hizo para sacar lo mejor y más profundo que esa mujer tenía en el corazón, su fe y su confianza en Él, algo que a nosotros muchas veces nos falta por habernos acostumbrado a estar mucho con Él.

Para sintetizar, Jesús no es “propiedad de algunos”, Él nos ayuda a ver mucha bondad fuera de nuestras cuatro paredes, fuera de nuestras narices, incluso fuera de la propia Iglesia.

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