Marcos 7, 31-37 – V Viernes durante el año

 

 

Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis.

Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete.» Y enseguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente.

Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»

Palabra del Señor

Comentario

Cuando Jesús se metió en la barca de Pedro y lo animó a confiar, a que “navegue mar adentro para volver a echar las redes” todo empezó a cambiar en la vida de esos hombres, de una vez y para siempre. Parecía ilógico volver a pescar al mismo lugar, después de haber estado toda una noche intentándolo. Muchas veces la palabra de Dios en medio de este mundo parece ser un grito al vacío; muchas veces las palabras de Jesús en nuestros corazones parecen chocar contra la dureza de nuestras mentes que no terminan de confiar. ¿Cómo es posible que Jesús pida lo que parece imposible, después de haber visto que lo intentamos una y mil veces? En realidad, deberíamos pensar que nuestra falta de fruto, proviene de no hacer la voluntad del Padre, de Jesús. Nos cansamos en nuestro apostolado, en nuestra tarea cotidiana, porque en realidad no hacemos las cosas al modo y al estilo de Jesús. En definitiva, pescamos a nuestro modo, con nuestras formas, y sin embargo Jesús quiere que pesquemos confiando en Él, escuchándolo a Él. Solo cuando Pedro confió en la palabra de Jesús se dio la pesca, y además milagrosa, abundante, superabundante. ¿Cuánto tiempo perdemos en la Iglesia, estando en la barca, por no pescar al modo de Jesús, escuchándolo a Él, creyendo que somos nosotros los expertos en pesca, cuando en realidad solo Él es el que atrae corazones? ¿Cuántas energías gastamos pescando noches enteras, vidas enteras, pero alejados del corazón de Jesús? Todos los fracasos en la evangelización tienen que ver con no saber escuchar la palabra de Dios, con no obedecer a la voz de nuestro maestro, pero haber dejado que el espíritu del mundo entre en nuestros corazones, en nuestras instituciones, olvidando que evangelizar es otra cosa, que se da por atracción, y no por obligación.

Es por eso que Pedro se maravilla, es por eso que se arroja a sus pies, reconociendo que su corazón estaba alejado de Él y que solo su misericordia, podía salvarlo.

Algo del evangelio de hoy, con la curación de este hombre sordomudo, tiene mucho para enseñarnos.

El hablar tiene mucho que ver con el escuchar. No hablamos bien cuando no escuchamos bien. Los sordos de nacimiento, también son mudos. Por no haber escuchado nunca, no saben hablar, no saben emitir los sonidos que forman las palabras. Pero ellos no tienen la culpa, y finalmente se hacen entender de alguna manera. Pero los peores, somos nosotros, los que no hablamos bien pudiendo hacerlo, porque en el fondo no sabemos escuchar con el corazón. Somos un poco sorditos de corazón.

La sordera del corazón, que se manifiesta exteriormente, es uno de los peores males. Es la que produce todas las peleas, divisiones, rencillas, complicaciones, rencores, malos entendidos, calumnias, difamaciones y tantas cosas más en nuestras vidas, porque en realidad no sabemos escuchar, estamos medios sordos o bien, escuchamos lo que queremos escuchar. Nos perdemos de oír las cosas lindas y a veces nos habituamos a oír cosas malas, por eso de nuestro corazón salen cosas malas y de nuestros labios palabras que no hacen bien, que destilan pesimismo. Nos perdemos de escuchar todos los días con detenimiento las cosas lindas que nuestro Padre del cielo nos quiere decir, por andar escuchando tantas tonteras, tantas malas noticias, tantas noticias sin sentido, tantas noticias frívolas, y así nos pasamos los días usando nuestros oídos en cosas que no tienen sentido. Nos podemos perder de decir cosas lindas a los que lo necesitan, por andar soltando nuestra lengua en palabras vacías, que molestan, que se quejan, que critican y pretenden resolver el mundo por un rato de charla. El mundo no se mejora con palabras y quejas. El mundo se mejora trabajando y nuestro corazón también. La familia se mejora escuchándola, no se mejora mostrándole todo lo malo. La Iglesia no se mejora, como hacen algunos y algunas, incluso consagrados, con “incontinencia verbal”, sino con amor incondicional y entrega.

Qué lindo terminar este audio o este día e imaginar que Jesús mire al cielo, suspire y diga sobre nosotros: “Efatá, ábrete. Que se abran tus oídos para que puedas escuchar todo lo lindo que tengo para decirte, todo lo lindo que dicen de vos, todo lo lindo que te andas perdiendo por no escuchar” Que se abran nuestros oídos para que “se nos suelte la lengua y comencemos a hablar normalmente”, como deben hablar los hijos de Dios, como hablan aquellos que se dieron cuenta que son luz y sal de la tierra y tienen mucho que dar y amar a los demás.

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