Marcos 8, 1-10 – V Sábado durante el año

 

 

En esos días, volvió a reunirse una gran multitud, y como no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Me da pena esta multitud, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Si los mando en ayunas a sus casas, van a desfallecer en el camino, y algunos han venido de lejos.»

Los discípulos le preguntaron: «¿Cómo se podría conseguir pan en este lugar desierto para darles de comer?»

Él les dijo: «¿Cuántos panes tienen ustedes?»

Ellos respondieron: «Siete.»

Entonces él ordenó a la multitud que se sentara en el suelo, después tomó los siete panes, dio gracias, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que los distribuyeran. Ellos los repartieron entre la multitud. Tenían, además, unos cuantos pescados pequeños, y después de pronunciar la bendición sobre ellos, mandó que también los repartieran.

Comieron hasta saciarse y todavía se recogieron siete canastas con lo que había sobrado.

Eran unas cuatro mil personas. Luego Jesús los despidió. En seguida subió a la barca con sus discípulos y fue a la región de Dalmanuta.

Palabra del Señor

Comentario

La respuesta de Jesús, a las palabras de Pedro en el evangelio del domingo son muy consoladoras: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres». Al sentimiento de indignidad de Pedro, Jesús responde con amor, sin ningún reproche. Sin decir: “Tenés razón Simón, sos un pecador”, todo lo contrario, “no temas, no temas”. Qué lindo es algún día escuchar esas mismas palabras de Jesús, pero a nosotros, a vos y a mí, personalmente, como si nos hablara al corazón. Todos sentimos en algún momento de la vida cierta indignidad al conocer a Jesús, al contemplar su grandeza, al descubrir su amor infinito. Es normal, ante la grandeza de Dios, quedamos muy pequeños y nos sentimos poca cosa, mucho más si nuestra vida no se condice con sus enseñanzas. Sin embargo, a Jesús poco le importa lo que sentimos con respecto a eso, al contrario, quiere sacarnos de esos sentimientos autodestructivos sobre nosotros mismos. Él nos dignifica, quiere devolvernos la dignidad por el amor incondicional y misericordioso que siempre nos perdona y nos hace sentir amados, dándole un nuevo sentido a nuestras vidas, a nuestra vocación. Eso hizo con Simón, con los discípulos, eso hace o quiere hacer con nosotros.

Siempre sobra, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios. Cuando Jesús está en medio de nosotros, en nosotros, jamás puede faltar lo esencial para vivir.  Cuando falta, en realidad es porque Jesús no está ahí, no porque no quiere, sino porque alguien no le dio lugar, alguien le cerró la puerta. Dice el libro del Apocalipsis: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3,20) Solo es cuestión de dejarlo pasar. Cuando Jesús está en un corazón, jamás faltará lo necesario para vivir en paz, o sea el amor. La Madre Teresa, no refiriéndose a este evangelio, pero sí creo que cae como anillo al dedo, decía: “Yo hago lo que usted no puede, y usted hace lo que yo no puedo. Juntos podemos hacer cosas grandes” Cada uno hace lo que puede y los otros hacen lo que uno no puede, pero con esos “podemos”, se pueden hacer cosas que ni calculamos, que ni pensamos. ¡Qué emoción cuando uno se pone a pensar en esto con fe y profundidad! ¡Esto es la Iglesia! ¡Qué maravilla cuando nos damos cuenta que la multiplicación de los panes es el milagro continuo del amor de Jesús que se comparte y se derrama abundantemente a lugares impensados, a corazones que nunca imaginamos!

En algo del evangelio de hoy, el milagro de la multiplicación de los panes pasó realmente, no como algunos tratan de negar diciendo que es un escrito simbólico, es una pérdida de tiempo detenerse en esos análisis. Jesús lo hizo y lo sigue haciendo. Jesús lo hace a cada minuto, en cada rincón del mundo, cuando creemos en su amor, cuando confiamos en su palabra, cuando nos abandonamos a su obra, cuando no nos adueñamos de su amor, cuando nos animamos a escuchar esto cada día, pero al mismo tiempo levantamos el corazón para ver que hay miles de “hambrientos” como nosotros, que necesitan del “pan de Jesús”, del pan material, del pan de una vida más llevadera, más digna. ¿Pensás que tenés que tener mucho para convertirte en pan para los demás? ¿Pensás que tenés que saber mucho para poder hablar de Jesús? Eso no es así. Somos sal y luz. Sos sal y sos luz. Llevamos en muestro interior el tesoro y la capacidad de amar, no hay que dar más vueltas. Cuando damos vueltas es porque no nos damos cuenta de que lo que buscamos ya lo tenemos, al alcance de nuestras manos y corazón. No hay que ir a buscar pan para todos a todos lados, hay que dar lo que se tiene y eso se multiplica. Así de sencillo. ¿Nos parece raro? ¿Será porque todavía no experimentamos que el amor de Jesús siempre es desbordante?

Si ya lo hacés, afirmate en esta maravilla multiplicadora. Si todavía no lo hiciste, pensá en alguien que pueda hacer “lo que vos no podés” y ponete a hacer “lo que otros no pueden”, así es como se van uniendo los eslabones de la cadena y se llega a donde jamás hubieses pensado.

Siempre sobra, siempre sobra cuando se trata de las cosas de Dios. Cuando Jesús está en medio de nosotros, cuando le abrimos la puerta del corazón para cenar con Él todos los días.

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