Marcos 8, 11-13 – VI Lunes durante el año

 

 

Llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él; y, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Jesús, suspirando profundamente, dijo: « ¿Por qué esta generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo.»

Y dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla.

Palabra del Señor

Comentario

A veces, los lunes, es necesario respirar hondo, tomar aire y juntar fuerzas para poder arrancar. Después de descansar un poco, de habernos despejado el fin de semana, hay que reconocer que cuesta, cuesta mucho más. Pero la palabra de Dios siempre nos alienta, siempre nos impulsa a empezar una vez más, siempre nos vuelve a conducir por el camino correcto, siempre nos levanta si andamos caídos. Por eso, querer escuchar el evangelio todos los días es lo mejor que podemos desear, es la actitud del que quiere ser purificado, como el leproso del evangelio de ayer: «Si quieres, puedes purificarme». Hoy podemos caer todos de rodillas para suplicarle a Jesús que nos conceda lo mejor que podemos pedir, la pureza de corazón que nos permita ver con nitidez y no tan llenos de cosas. La enfermedad que más nos enferma es la impureza del corazón, la lepra del alma que nos hace aislarnos y que los demás se aíslen de nosotros. Aunque no parezca, este mundo es un gran “leprosario”, lleno de hombres y mujeres que también están impuros. Vivimos muchas veces desvinculados de Dios, de nosotros mismos y de los demás. Por más sanitos que estamos del cuerpo, la impureza del corazón la llevamos siempre a cuestas y siempre está latente. Sin darnos cuenta miramos la impureza ajena o la impureza del mundo que nos rodea y olvidamos que somos parte de eso, y que todo lo que nos impide ver a Dios con claridad y con el corazón es de alguna manera una impureza. El pecado es un problema en nuestra vida, pero la cuestión está en reconocer qué es lo que lo produce, qué es lo que nos lleva a tomar las decisiones equivocadas.

El cristiano en serio es el que empieza a vivir una relación de amor, real y concreta con un Dios que es Padre, con un Dios que es Hijo y hermano mayor y con un Dios que también es Espíritu, que habita en el alma, que anima y consuela siempre. El cristiano que recibe esta gracia, la gracia de la pureza y que no fuerza su relación con su Padre, sino que la disfruta, que vive feliz de ser pobre de espíritu, que vive feliz por ser paciente, por ser misericordioso, por estar en paz, por tener el corazón puro, por dejarse consolar en el sufrimiento, es el cristiano que no necesita “signos” especiales, no necesita andar “desafiando” a Dios. ¿Qué hijo, que se siente hijo y que ama a su Padre lo desafía y discute con Él? Una cosa es enojarse cada tanto, una cosa es no entender sus caminos y otra cosa es desafiarlo y discutir.

Algo del evangelio de hoy nos enseña lo que no debemos hacer con Jesús, con su Padre si queremos ser felices, si queremos ser puros. Ni discutir, ni desafiar. Algo que les encantaba a los fariseos. Algo que a nuestro corazón a veces también le gusta. ¿Sos de discutir y desafiar a los demás? ¿Sos de discutir y desafiar a Dios? Vuelvo a decir, una cosa es preguntarle a tu Papá el porqué de esto y el porqué de lo otro –algo normal y parte de nuestra vida- y otra cosa es plantarnos frente a Dios como más grandes que él, no como hijos, sino como “pares”.

Discutir no tiene sentido, dialogar sí. No discutas con nadie, no pierdas el tiempo. Dialogar sí, no te canses de dialogar, es lo mejor que podés hacer. Dejá de discutir, es lo peor que podés hacer. Fijate que dice el evangelio que “llegaron los fariseos, que comenzaron a discutir con él”, no dice que Jesús discutía con ellos. No me imagino a Jesús discutiendo, si me lo imagino a Jesús queriendo dialogar, pero cuando alguien no quiere dialogar, el problema no es nuestro, es del otro, es el otro que no quiere. El que discute generalmente cae en el desafiar, en el intentar poner a prueba al otro porque en el fondo no le interesa lo que el otro piensa y siente, sino solo en lo que él piensa y siente. El que discute no escucha, no está dispuesto a escuchar, por eso discute, es medio sordito. El que discute no está abierto a incorporar algo nuevo, sino que busca que el otro se adecue a su manera de ser. Por eso los fariseos discuten, desafían y piden un signo, mientras tenían el signo frente a sus narices. Mucho para aprender de la palabra de Dios de hoy. No solo en nuestra relación con los demás, sino con nuestro Padre. ¿Dialogamos con nuestro Papá del cielo o discutimos? ¿Le preguntamos o lo desafiamos?

Finalmente es lindo imaginar ese momento en el que Jesús “suspirando profundamente, dijo: «¿Por qué esta generación pide un signo?” ¿Qué pensará Jesús de nosotros cuando les pedimos signos? ¿Suspirará de la misma manera? Podemos ser parte de esa generación que no se comporta como hijos y anda desafiando a Dios. Podemos, cuidado. ¿Por qué será que no terminamos de convencernos del signo más grande y maravilloso que podamos imaginar, de Jesús? ¿Por qué será que nos pasamos bastante tiempo de nuestra vida discutiendo, desafiando a otros y al mismo Dios y no nos damos cuenta que el mayor desafío está en reconocer el amor de Dios que se hizo carne en Jesús y se hace carne todos los días con su palabra, con la Eucaristía, en los más pobres, en nuestra familia? ¿Qué Dios pretendemos? ¿No seremos demasiados pretenciosos?

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