Marcos 8, 27-33 – VI Jueves durante el año

 

 

Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: « ¿Quién dice la gente que soy yo?».

Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas.»

Entonces Él les pregunto: «Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?»

Pedro respondió: «Tú eres el Mesías.» Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de él.

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad.

Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: « ¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.»

Palabra del Señor

Comentario

Ayer te decía que somos capaces, somos capaces de cosas grandes y somos capaces de cosas muy bajas. Es la maravilla y la debilidad del ser humano. Somos capaces de amar hasta dar la vida, de hacer cosas heroicas por una persona, por un ideal, por un bien, pero al mismo tiempo somos capaces, cómo se dice, de “tirar todo por la borda” en un instante, por una mala idea, por un mal consejo, por un error, por un arrebato de ira, por una distracción, por una ambición, por un mal deseo que nos desorienta, por una tentación. Sí, es posible, pero somos capaces. Somos sal y luz, lo dijo Jesús, y lo venimos diciendo ya muchas veces, estamos creados para amar, para mucho, no para cumplir, para andar calculando. Pero hay que reconocer que nos olvidamos de quiénes somos y nos olvidamos de lo que hizo Jesús por nosotros.

Hace unos días estuve visitando una familia y después de comer, unos de los hijos de 14 años me hizo una pregunta espectacular, impresionante para alguien de esa edad, una pregunta que seguramente voy y yo, por ahí nunca pudimos hacerla en profundidad, sí leímos la frase, pero no sé si sabemos contestarla. “Padre: ¿Qué quiere decir que Jesús murió por nosotros?” Uyy, me dije por adentro, ¿Para donde disparo’ ¿Cómo hago para contestar con sencillez la pregunta más importante de nuestra fe, a un chico de esa edad y con toda la familia observándome? Bueno, no te voy a contar todo lo que me salió decirle, porque sería largo, simplemente creo que nos sirve esto para pensar. ¿Somos conscientes de lo que significa que Jesús haya muerto POR nosotros? Saberlo, pero con el corazón ¿Tiene alguna implicancia concreta en nuestra vida? ¿Nos olvidamos? ¿O nos pasa como a los discípulos ayer que no comprenden ni entienden y por eso discuten, o como Pedro hoy que después de responder casi con calificación 10 la pregunta más difícil termina convirtiéndose en Satanás, en obstáculo para Jesús porque quiere interferir en su camino?

Como te decía al principio, somos capaces, de lo mejor y de lo peor. Siempre es más lo que nos perdemos de ganar por olvido e incomprensión, que por maldad. Creo que ser cristiano en el día a día, es no renunciar a tomar conciencia de quién es Jesús y todo lo que nos ha dado y nos da. De quién es Él en nuestra vida. El verdadero cristiano es el que descubre el Amor, no el que hace más cosas buenas, el que cumple. Puedo vivir cumpliendo, vivir haciendo muchas cosas lindas, buenas y no ser buen cristiano, pero no haber descubierto el Amor, a Jesús, que murió y resucitó por nosotros.

Algo del evangelio de hoy nos muestra a un Pedro que es capaz de todo, de recibir la revelación más importante a convertirse en “Satanás” porque sus pensamientos no son los de Dios. Todo en cuestión de minutos. ¿Te pasó alguna vez? Nos pasa en tantísimas cosas. Cuando recibimos algo, un don, una inspiración, un deseo de amar y sin querer nos adueñamos de lo recibido, sin querer nos “la creemos” y terminamos patinando después en la curva siguiente, como para que se compruebe que la obra no era nuestra, sino de Dios Padre a través de nosotros. Pienso que a veces nuestro Padre del Cielo permite que “patinemos” para que no olvidemos que todo lo bueno proviene de Él y que jamás podemos adueñarnos de lo que no es nuestro. ¡Qué lindo poder vivir así! Siempre concientes de que Él es el Padre y es Padre de todos, de que el Reino es de Él, no nuestro, de que Él tiene que ser santificado y no nosotros alabados, de que hay que cumplir su voluntad y no tanto la nuestra.

Pedro se olvidó, al instante de haber recibido el don, no comprendió completamente. Se dejó llevar por sus pensamientos, igual que nosotros, que no nos gusta sufrir y además pretendemos un Dios que no haya pasado por el sufrimiento, que nos haya salvado de otra manera.

Por ahí hoy nos sirve preguntarnos lo que los niños a veces se preguntan con tanta naturalidad y que tanto nos enseñan. ¿Qué quiere decir que Jesús haya muerto por mí? o dejarnos preguntar por el mismo: ¿Quién soy para vos, quién decís que soy?

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