Marcos 9,30-37 – VII Martes durante el año

 

 

Al salir de allí atravesaron la Galilea; Jesús no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará.» Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.

Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?.» Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.

Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos.»

Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a aquel que me ha enviado.»

Palabra del Señor

Comentario

“Cuando encontraba palabras tuyas las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón” dice el profeta Jeremías. ¡Qué linda manera de empezar el día, escuchar algo agradable sobre la palabra de Dios! Cada día intento no solo comentarte algo del evangelio, sino, además, que nos enamoremos de la palabra de Dios, que nos den ganas de “devorarla”, de que sea nuestro gozo y nuestra alegría. Son muchísimas las personas que me cuentan que esperan día a día con ansias el pan de la palabra, como queriendo “devorarlas”. Eso es lo mejor que nos puede pasar, esperar la palabra de Dios como se espera “el pan caliente”, desear escuchar a Jesús como se espera el mejor desayuno. Este debería ser el gozo de un cristiano, esta debería ser la alegría de alguien que desea amar a Jesús, día a día. Devoremos juntos la palabra de Dios, nunca nos terminará de saciar el alma, y si nos creemos saciados, si consideramos que “ya está”, que no la necesitamos, no es porque no tenemos hambre, sino porque nos estamos llenando con otras cosas, que a la larga nos dejarán con el corazón vacío. Cerrá los ojos y saborea la palabra de hoy. Abrí los ojos y tomá tu biblia, buscá en tu biblia el texto de hoy, masticalo mucho, nunca terminarás de quitarle todo el “jugo”. Que hoy nuestro gozo y alegría no sea otra cosa que escuchar, comprender y vivir la palabra de Dios, no hay mayor gozo que este.

Ayer no pudimos comentar demasiado, pero recordá que Jesús se metía en medio de una discusión entre sus discípulos y algunos escribas, para terminar, después dialogando solo con el padre del niño endemoniado. Obviamente fue mucho más fecundo el diálogo de Jesús, que la discusión de los discípulos.

Hoy, escuchamos nuevamente que los discípulos van discutiendo por el camino, justamente después que Jesús les había demostrado que con discutir no se lograba nada, que por discutir se habían olvidado de rezar, de orar. Justamente después que les había abierto su corazón contándoles que sería entregado y matado en la cruz. ¿Qué contraste no? El contraste entre la actitud de Jesús, que evidentemente no le gustan las discusiones y le gusta el dialogo cara a cara, y los discípulos, que no entienden todavía nada, discuten y además discuten por ver quién es el más grande. Cualquier parecido a nuestra realidad en pura coincidencia, ¿no? Es increíble, pero esta escena de algo del evangelio se repite cada día, en cada rincón del planeta, lamentablemente también dentro de la Iglesia. Porque esto no solo pasa en el mundo, en los trabajos, en los colegios, en las universidades, en las familias, pasa en la Iglesia, les pasó a los discípulos también. Nos pasa a nosotros también, en nuestras propias familias, en nuestras queridas comunidades.

No entendemos a Jesús mientras Él nos habla y lo que es peor, como dice el texto de hoy: “no comprendían esto y temían hacerle preguntas”, no dialogamos, no le preguntamos, no lo escuchamos. Y como no lo escuchamos, escuchamos nuestro corazón y con nuestro corazón, escuchamos lo bueno y no tan bueno, escuchamos nuestras pasiones y lo que nos aleja de los demás, lo que nos pone distancias.

El apóstol Santiago dice algo que también nos puede ayudar: “Hermanos: ¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que combaten en sus mismos miembros? Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean matan; envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra.”  Mientras Jesús nos habla de servicio desinteresado, de olvido de nosotros mismos, de renuncia a toda búsqueda de poder mundano, de puestos que nos hagan sentir superiores a los demás, nosotros podemos andar discutiendo, con el pensamiento o con actitudes, sobre quién soy para los otros, o sobre quien es el otro para mí. Es la ambición por ser más grandes que los demás, lo que nos lleva a pelear y discutir por miles de cosas.

Pensá en tantas discusiones de tu vida, en las miles de discusiones del mundo que nos rodea: ¿Por qué discutís con tu mujer, con tu marido, con tus hijos, con tus amigos, con los compañeros de trabajo, con desconocidos? ¿Por qué se discute tanto en la Iglesia? ¿Por qué se discute continuamente en este mundo? ¿No será porque queremos ser más grandes que los demás teniendo razón? ¿No será que tenemos que aprender a dialogar y no discutir? ¿No será que tenemos que dialogar más con Jesús para aprender a dialogar más con los demás? Lo que está claro, es que a Jesús no le gusta discutir y no le gusta que discutamos, le gusta mucho más escucharte o bien, hacernos sentar y decirnos la verdad de nuestra vida: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos.» ¿Comprendemos?

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