Mt 11, 20-24 – 18 de julio – XV Martes durante el año

 

 

Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido. « ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú.»

Palabra del Señor

Comentario

El Sembrador con mayúscula, el verdadero sembrador de las semillas que dan fruto y vida a este mundo “lleno de nada y harto de todo” es Jesús. ¡Qué lindo que es saber eso! ¿Lo sabías? Todo ser humano quiere dejar algo en esta tierra, es casi algo natural porque fuimos creados para amar y el amor nunca es en vano, nunca quiere quedarse solo. Por eso cuando perdemos las ganas de “sembrar” y de crecer, es señal de que algo está muriendo en nosotros, y no es justamente el cuerpo, sino el corazón.

El otro día escuchaba un político que decía que su anhelo más grande es que algún día sus hijos puedan ver una calle con su nombre después de morir, que lo reconozcan por todo lo que hizo por su municipio. Mejor me guardo algunos comentarios. Pero para mí es triste, es triste que la cosecha de la siembra de una vida sea simplemente el nombre de una calle, sin embargo a veces los hombres desean eso. Algo muy pobre.

Jesús siembra en nuestras vidas para algo mucho más grande, no para dejar “cosas” materiales o nuestros nombres grabados por ahí, sino para frutos de amor y para que nuestros nombres queden grabados en miles de corazones de donde nunca se borrarán. Hay personas que para que no se las olvide necesitan que sus nombres queden grabados en un cartel, pero los más recordados sin necesidad de carteles son los que aman y dan su vida, no los que dan cosas o simplemente hacen “lo que tienen que hacer”. Por eso, los santos son recordados por generaciones y generaciones, porque amaron y fueron tierra fértil al amor de Jesús, porque no desaprovecharon la gracia de Dios, sino que recibieron las semillas de la palabra de Dios y dieron frutos verdaderos.

En algo del evangelio de hoy, resulta raro y difícil escuchar de labios de Jesús un reproche, un reto, un enojo. Sin embargo en el evangelio los hay y no lo podemos ocultar y callar, Jesús lo hizo y sería de necios esquivar estas palabras. ¿Qué hago como predicador? ¿Me pongo a hablar de otra cosa haciéndome el distraído? Prefiero hablar de lo que Jesús nos dice hoy a todos. A todos. Porque no hay peor cosa que escuchar el evangelio y andar pensando que se refiere a otros, andar buscando a quien le cabe bien lo que dice Jesús. ¿Te pasó eso alguna vez? No estés pensando a quién mandarle el audio mientras lo escuchás, sino mejor pensá que te quiere decir Jesús a vos, en concreto.

¿A quién le gusta ser corregido, a quién le alegra ser corregido? Solo al que alcanzó una sabiduría y santidad que le permiten descubrir en todo la voluntad de Dios. Nosotros, simples cristianos que andamos luchando día a día la santidad, no podemos decir lo mismo, me parece. Nos cuesta ser corregidos y mucho más por Jesús, no solo porque toda corrección molesta, sino porque muchas veces tenemos una imagen desdibujada de Jesús, una especie de “bonachón” sin fuerza que habló solo del amor y de la paz, olvidándonos de las otras dimensiones del amor, que es el NO, la corrección, la lucha interior y exterior, el sufrimiento y tantas cosas más. Jesús  ama plenamente y por eso nos quiere enseñar a amar plenamente.

Ayer nos exigía un amor por encima de nuestra familia. Jesús nos ama incondicionalmente y por eso tiene todo “el derecho” de entristecerse y reprocharnos nuestra falta de amor como lo hizo con estas ciudades, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, que nos representan a todos nosotros, que vivimos llenos de dones, que hemos recibido tantas gracias y milagros en nuestra vida. ¿Estás seguro de que el reproche de Jesús no es como una caricia al alma? ¿No pensás que el reproche de Jesús se puede trasformar en una palabra al oído, llena de paciencia, una palabra de ánimo para que de una vez por todas amemos y hagamos lo que Él desea de nosotros? ¿Alguna vez no les reprochaste a tus hijos su falta de amor? ¿Alguna vez como hijo, no te diste cuenta que amaste muy poco a tus padres en comparación con lo que ellos te amaron? Si sos grande, ¿no te pasó alguna vez que se te cayó la cara de vergüenza al ver todo el amor que tantos seres queridos te dieron y darte cuenta lo poco que los has correspondido? A mí sí, muchas veces. Jesús nos ama infinitamente más de lo que podemos imaginar. Qué lindo que es pensar que nos puede reprochar con amor y dolor. No nos demos el lujo de enojarnos. Pobre Jesús. Tanto amor hacia nosotros y tan poco correspondido. ¡Pobre Jesús! ¡Si por lo menos hoy, vos y yo, hiciéramos algo más para demostrarle nuestro amor, aunque parezca poco! ¡Si por lo menos en este día hiciéramos lo posible para no ofendernos o entristecernos por una corrección de amor! ¡Si por lo menos hoy aprendiéramos de las correcciones que nos ayudan a crecer!

Dejemos que las semillas de amor que Jesús sembró en nuestras almas, den fruto de una vez por todas. Dejemos de desaprovechar tanto amor que recibimos. Dejemos de ahogarnos con las cosas de este mundo que nos agobia. No permitamos que el maligno nos robe más la alegría, la esperanza y la paz.

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