Mateo 11, 20-24 – XV Martes durante el año

 

 

Jesús comenzó a recriminar a aquellas ciudades donde había realizado más milagros, porque no se habían convertido. « ¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si los milagros realizados entre ustedes se hubieran hecho en Tiro y en Sidón, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y cubriéndose con ceniza. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, Tiro y Sidón serán tratadas menos rigurosamente que ustedes.

Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno. Porque si los milagros realizados en ti se hubieran hecho en Sodoma, esa ciudad aún existiría. Yo les aseguro que, en el día del Juicio, la tierra de Sodoma será tratada menos rigurosamente que tú.»

Palabra del Señor

Comentario

Querer encontrar la perfección en la Iglesia, es tan imposible como querer buscarla en vos mismo. Nunca podemos olvidar que Jesús quiso fundar su Iglesia desde y sobre seres humanos de carne y hueso, como vos y yo, y que esa elección no se fundó en una perfección previa, en un curriculum, sino en un amor incondicional que no miraba tanto las cualidades personales, como el corazón. Muchas de nuestras desilusiones en la fe al ver que los que forman la Iglesia no son perfectos, tienen que ver fundamentalmente con olvidar o ignorar esto y, por otro lado, con ignorar u olvidar que todos los bautizados somos parte de la Iglesia, y a la hora de ver los errores, hay que incluirse también.

La debilidad, la humanidad, forma parte del ser de la Iglesia, porque la formamos nosotros, y eso más que alejarnos o enojarnos, nos debería alegrar porque nos permite a todos formar parte de ella. Suponiendo que Jesús hubiese querido elegir a los “mejores” o los supuestos “perfectos” para formar su familia, se le habría complicado muchísimo para hacerlo, porque no los hubiese encontrado y, además, al hacerlo, habría excluido a los débiles como vos y yo. ¿Quién querría formar parte de la Iglesia de los perfectos? ¿Quién sería capaz de estar en un lugar en donde todos fuesen perfectos? En realidad, es imposible, y por eso debemos agradecer que la Iglesia la formamos personas débiles, santas y pecadoras, como todos, como lo eran los apóstoles.

Resulta raro y difícil escuchar de labios de Jesús un reproche, un reto, un enojo. Sin embargo, los hay y no lo podemos ocultar y callar, Jesús los hizo y sería de necios esquivar estas palabras de algo del evangelio de hoy. ¿Qué hago como predicador? ¿Me pongo a hablar de otra cosa? Prefiero hablar de lo que Jesús nos dice hoy a todos. A todos. Porque no hay peor cosa que al escuchar el evangelio andemos pensando que se refiere a otros, andar buscando a quien le cabe bien lo que dice Jesús. A todos, siempre, la palabra de Dios nos dice algo.

Al mismo tiempo como decíamos ayer, no todo se comprende en el momento, la paciencia es necesaria en toda dimensión de la vida, y mucho más en el camino de la fe, donde lentamente vamos siendo enseñados por el Maestro divino que es Jesús. Por eso debemos estar tranquilos. Estemos en paz. Como dice la misma palabra de Dios en la carta a los hebreos: “Dios, en cambio, nos corrige para nuestro bien, a fin de comunicarnos su santidad. Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y de justicia en los que han sido adiestrados por ella” (Hb. 12, 10-11) ¿A quién le gusta ser corregido, a quién le alegra ser corregido? En principio a nadie, excepto que sea muy humilde. Solo al que alcanzó una sabiduría y santidad que le permiten descubrir en todo, la voluntad de Dios. Nosotros, simples cristianos que andamos luchando día a día la santidad, no podemos decir lo mismo, me parece. Nos cuesta ser corregidos y mucho más por Jesús, no solo porque toda corrección molesta, sino porque muchas veces tenemos una imagen desdibujada de Jesús, algo así como un “bonachón” que habló solo de un tipo de amor y de paz, olvidándonos de las otras dimensiones del amor, que es el NO, la corrección, la lucha interior y exterior, el sufrimiento y tantas cosas más. Jesús ama plenamente y por eso nos quiere enseñar a amar plenamente. Ayer nos exigía un amor por encima de nuestra familia. Jesús nos ama incondicionalmente y por eso tiene todo “el derecho” de entristecerse y reprocharnos nuestra falta de amor como lo hizo con estas ciudades, Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, que nos representan también a todos nosotros, que vivimos llenos de dones, que recibimos tantas gracias y milagros en nuestras vidas.

¿Estás seguro de que el reproche de Jesús no es como una caricia al alma? ¿No pensás que el reproche de Jesús se puede trasformar en una palabra al oído, llena de amor, una palabra de ánimo para que de una vez por todas amemos y hagamos lo que Él desea de nosotros? ¿Alguna vez no les reprochaste a tus hijos su falta de amor? ¿Alguna vez como hijo, no te diste cuenta que amaste muy poco a tus padres en comparación con lo que ellos te amaron? Si sos adulto, ¿no te pasó alguna vez que se te cayó la cara de vergüenza al ver todo el amor que tantos seres queridos te dieron y darte cuenta lo poco que los correspondiste? A mí sí, muchas veces. Jesús nos ama infinitamente más de lo que podemos imaginar. Qué lindo que es pensar que nos puede reprochar doliéndose, pero con amor. No nos demos el lujo de enojarnos ante su corrección. Pobre Jesús. Tanto amor hacia nosotros y tan poco correspondido. ¡Pobre Jesús! ¡Si por lo menos hoy, vos y yo, hiciéramos algo más para demostrarle nuestro amor, aunque parezca poco! ¡Si por lo menos en este día hiciéramos lo posible para no ofendernos o entristecernos por una corrección de amor! ¡Si por lo menos hoy aprendiéramos de las correcciones que nos ayudan a crecer!

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