Mateo 11, 25-27 – XV Miércoles durante el año

 

 

Jesús dijo:

«Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.»

Palabra del Señor

Comentario

Según el evangelio del domingo, Jesús envió a sus discípulos de dos en dos, todo un símbolo. Siempre intento recordarte que, de los textos de la palabra de Dios, no solo hay que prestar atención a lo que dice Jesús, sino al modo en el que lo dice. Lo mismo podríamos decir con respecto al envío de sus discípulos, en este caso no solo nos importa que Jesús los envía a predicar, a exorcizar, a sanar, sino que es igual de importante el modo como los envía… de dos en dos, o sea, nunca solos. Lo fundamental no es si van de a dos, o de a tres, o de a cientos, sino que nunca de a uno. ¿Qué es evangelizar? Anunciar la buena noticia. ¿Cuál es la buena noticia? Que Jesús vive entre nosotros y que trajo el Reino de Dios al mundo, a nuestras vidas. Entonces… ¿Sería posible hablar de un Dios de amor, presente entre nosotros, sin alguien a quien amar? Imposible. Jesús no los envío de dos en dos, por una cuestión de seguridad, para que se cuiden entre ellos, sino por una cuestión de amor. Incluso el jamás predicó solo, jamás habló de su Padre solo, aunque tuvo momentos de soledad para escucharlo y amarlo, pero ese es otro tema. “No es bueno que el hombre esté solo” (Gn. 2, 18) dice la misma palabra de Dios. Bueno, de alguna manera podremos decir, “no es bueno que un discípulo ande solo”, no se es verdadero discípulo sin otro, sin un hermano que acompañar y para ser acompañado, sin una comunidad para amar, sin la referencia y compañía de un hermano que nos ayude a mostrar la esencia del mensaje, el amor. Cuando en la evangelización olvidamos este detalle esencial, sin darnos cuenta nos transformamos en transmisores de un mensaje vacío y sin fuerza, porque no tiene amor. Cuando dentro de la Iglesia no nos comportamos como hermanos y los demás nos ven casi como “adversarios”, por más cosas lindas que digamos, no podemos convertir a nadie, porque nosotros todavía no estamos convertidos.

En algo del evangelio de hoy, antes que nada, Jesús alaba al Padre, Jesús se enorgullece, se emociona ante la actitud de Dios Padre que elige este modo de revelarse, elige este modo de mostrarse al hombre; o sea elige abrir su corazón solamente a aquellos que son pequeños, que tienen la actitud de los “pequeños”, de los sencillos, de los humildes.

La actitud evangélica que busca Jesús siempre; en muchos pasajes del Evangelio, Jesús hace referencia a este modo de ser; porque Jesús es el primer pequeño, Jesús es el primero que no hace alarde de lo que es, sino que se hace pequeño y como se hace pequeño, el Padre, su Padre le da todo, le da todo su amor, le abre su corazón y al abrirle su corazón se deja conocer por Él. Por eso el Hijo conoce al Padre y el Padre conoce al Hijo porque también el Hijo le abre todo su corazón; esa relación de amor entre el Padre y el Hijo es la que Jesús quiere que también podamos llegar a tener un día nosotros. Ese es el fin de nuestra vida: conocer algún día al Padre, como el Padre nos conoce a nosotros.

Así lo decía maravillosamente San Agustín en sus “Confesiones”: “Conozcáte a ti conocedor mío, conózcate a ti como soy conocido por ti”.

El Padre nos conoce profunda y perfectamente y su deseo es que algún día nosotros podamos conocerlo plenamente, como dice san Juan: “Algún día lo veremos tal cual es, somos hijos y aún no somos lo que seremos; algún día lo podremos conocer tal cual es”.

Esa es la actitud que le tenemos que pedir hoy al Señor: poder alabar a nuestro Padre por su bondad para con cada uno de los hombres, por su bondad para con nosotros, que se nos dio a conocer, pero al mismo tiempo darnos cuenta que nos falta muchísimo; porque al mismo tiempo, podemos tener algo de estos sabios y prudentes del mundo, tenemos una parte que “se la cree”, tenemos una parte de nosotros que todavía no deja entrar la gracia, tenemos una parte de nosotros que siempre tiene una respuesta para todo, que no quiere escuchar a los demás, que quiere escuchar de Dios lo que nosotros queremos escuchar y no lo que Dios quiere decirnos. Tenemos una parte de nosotros que es débil y se cree un poco omnipotente…

Dios no se puede revelar al que es “sabio y prudente” según el mundo, no porque no quiera, sino porque no puede, no puede darse a quien cree que no tiene nada para recibir.; según el mundo me refiero a aquellos que creen que la sabiduría es “saber cosas”, tener una acumulación de información, ser como el Google, que ponemos lo que necesitamos y nos lo dice en al acto, ¡no!, esos no son los sabios según el Evangelio; sino que es sabio el que siempre está abierto a más, el que siempre se reconoce que todo no lo sabe, y que acepta que el saber no pasa por ser certero y emitir juicios para todos; sino al contrario, que tiene que ver con aprender a escuchar y darnos cuenta que la verdad es algo que vamos descubriendo a lo largo de nuestra vida y que nunca la terminamos de aprender, de amar; sino que la verdad es algo a lo que siempre tenemos que estar abiertos y estar dispuestos a seguir creciendo…

Pidámosle al Señor esa gracia de ser pequeños, de ser sencillos; y que esa parte de nosotros que es media “sabia y prudente” según el pensamiento del mundo, se vaya sanando y purificando.

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