Mt 11, 25-30 – 9 de julio – XIV Domingo durante el año

 

 

Jesús dijo:

Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor

Comentario

¿Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra? ¿Te alabo por todo lo que me pasa y vivo? ¿Te alabo Padre, Señor mío y de todos los hombres, por ser lo que sos y por no ser lo que yo pretendo que seas? ¿Te alabo Padre, por ocultar la verdadera sabiduría a los que se creen sabios y revelársela a los que en realidad pueden descubrirla por ser humildes?

Hoy es el día del Señor, del Señor del cielo y de la tierra, día de la resurrección de Jesús, pero día de aquel que resucitó a Jesús. No podemos dividir a Dios en partes, Dios es uno, pero es trino. Por eso es el día del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Todo domingo es día de todo Dios, nunca lo olvidemos. No dividamos a nuestro Dios en partes, es imposible. Por eso es día para alabar a Dios Trinidad, de la misma manera como hoy escuchamos alabarlo a Jesús. Jesús alaba al Padre, pero de alguna manera se “alaba” a sí mismo, se regocija de sí mismo, por la humildad con la que el Padre lo trata y se le manifiesta, a Él y a todos los hombres. ¡Qué misterio!

¿Vos alabas al Padre, al Señor de todo? ¿Vos te planteaste alguna vez lo que es alabar? No pienses en cosas raras, estrambóticas. Cada uno debe alabar como sabe y puede, y debe ir aprendiendo a alabar, porque en definitiva somos hijos para alabar a nuestro Dios y algún día estaremos cara a cara con Él, para alabarlo eternamente.

¿Sabés qué es lo raro en algo del evangelio de hoy, aunque en realidad casi ni se nota? Lo extraño es que Jesús alaba a su Padre después de haber sufrido un “supuesto fracaso”. Sí, así como lo escuchás. En el texto de hoy no aparece, pero si lees un poco antes, en el capítulo 11 de Mateo, Jesús venía lamentándose por la falta de fe de los que habían visto tantos milagros y no se convertían, la falta de fe de aquellos que supuestamente más fe tenían que tener. Todo una paradoja. Eso quiere decir que, en cierto modo, su misión estaba fracasando. A pesar de los milagros, no todos se convertían, es más, incluso lo rechazaban. ¿Qué cosa extraña no? ¡Qué extraño e inconformista que es el ser humano! Sin embargo Jesús, a pesar de esto, y gracias a esto, alaba a su Padre. ¡Qué maravilla y que linda enseñanza para nosotros! Jesús alaba a su Padre ante un fracaso, por lo menos mirándolo de afuera. ¿No será que lo que para nosotros es un fracaso para el Padre no lo es? Por ahí la cuestión es al revés. Es para pensar y rezar.

¿A vos se te ocurrió alguna vez alabar a Dios después de una frustración, después de un fracaso, después de un pecado, en el medio de una depresión, de una tristeza, de una humillación, durante una tormenta de dificultad, sufriendo algo duro y hondo? ¿Se te ocurrió decirle alguna vez a Dios Padre… Te alabo Padre, Señor de mi vida, de la vida de los míos, por haberte revelado, por haberte dado a conocer en ese momento tan particular, en donde jamás lo hubiese imaginado? ¿Alguna vez te animaste a decirle a tu Padre del cielo, gracias, gracias porque gracias a ese dolor te conocí más, porque ante la muerte de esa persona que tanto amaba me hice más pequeño y te encontré? ¿No es medio loco y de un Dios bastante distinto a lo que imaginamos, poder decirle alguna vez, te alabo, porque al despojarme de lo que tanto amaba y deseaba encontré tu presencia en donde antes era impensado? ¿Te pasó alguna vez que hundido en medio del pecado, tirado en ese pozo que vos mismo te armaste por tus actitudes, pudiste estirar la mano para sentir que te la agarraban y en ese tironeo tan doloroso dijiste… Te alabo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ahí, en medio del pecado, del gran vacío, me hiciste reconocerte como un verdadero Padre?

¡Qué lindo Evangelio! ¡Qué lindo para seguir, pero no se puede! Bueno, Jesús hizo eso. Alabó a su Padre por su modo de revelarse, de mostrarse, muy distinto a las pompas de este mundo bastante enamorado de lo supuestamente grande y vistoso. Lo alabó por su sencillez, por su humildad y por eso en la medida que nosotros no sigamos ese camino, no aprendamos de su mansedumbre, de su humildad y de su paciencia, seguiremos buscando a Dios Padre de un modo que jamás podremos encontrarlo.

San Agustín decía que tres son las cosas más importantes en nuestra religión y en nuestra vida espiritual: 1° la humildad; 2° la humildad; 3° la humildad. ¿Lo entendemos o seguimos en la nuestra?

Solo me queda decir, y que digamos juntos: Jesús manso y humilde de corazón, haz nuestro corazón semejante al tuyo.

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