Mateo 11, 28-30 – XV Jueves durante el año

Jesús tomó la palabra y dijo:

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor

Comentario

El samaritano se hizo “próximo” al hombre asaltado y golpeado, se hizo prójimo del hombre medio muerto. Todo lo demás es de algún modo accesorio, nuestra fe, nuestra vida y por lo que nos juzguen, será en definitiva eso, nuestra capacidad de hacernos próximos a los que sufren. ¿Alguien puede decir que no tiene frente a sus narices un corazón al que socorrer? ¿Alguien de nosotros puede decir que no tiene la capacidad para ser un buen samaritano?

Te propongo detenernos en tres momentos de algo evangelio de hoy, tan cortito, pero tan lindo; no importa que sea corto, acordémonos que “una palabra del Señor bastará para sanarnos”, la Palabra de Dios es viva y eficaz, siempre que la escuchamos con amor y apertura.  Con sólo escuchar una palabra que el Señor nos quiera decir, Él puede tocar nuestro corazón y ayudarnos a caminar en este día, incluso durante toda la vida, porque su palabra nos traviesa el alma y jamás queda sin dar fruto cuando la deseamos, cuando buscamos su salvación.

Primero Jesús dice que vayamos a Él: “Vengan a mí”. Nos invita a ir hacia Él, nos invita a darnos cuenta que de alguna manera todos tenemos aflicciones y agobios; por eso el punto de partida para ir a Jesús, es sentirse necesitado, sentirse con alguna aflicción o un agobio, es aceptar nuestra debilidad. Esto no quiere decir que tenemos que “buscar” sufrir, obviamente, lo sufrimientos están ahí, buscados o no, pero al mismo tiempo, debemos darnos cuenta que todos tenemos de alguna manera algún sufrimiento que nos molesta en el alma. Esto que parece obvio, no lo es, porque hay en nuestro corazón una parte, un “ventrículo”, para utilizar una imagen, que se resiste a la debilidad, hay algo en nosotros que no quiere reconocer la fragilidad, y lo que es peor, la tapa o la niega. A esto se le suma la cultura en la que vivimos, una cultura superficial que se goza por decir que “todo está bien”, que vivimos solo para disfrutar, que la felicidad se alcanza por una búsqueda incansable de satisfacciones inmediatas y por supuesto, negando todo sufrimiento. Por estos días parece que es posible tapar todo, desean que anestesiemos los problemas, que no nos demos cuenta; y nosotros somos parte de esto, también nos “subimos” al tren del “pare de sufrir”, al tren de evitar todo sacrificio y esfuerzo. Sin embargo… ¿Qué hombre puede decir que en algún momento de su vida evitará toda aflicción, todo agobio? ¿Qué cultura a lo largo del tiempo logró suprimir el sufrimiento humano? Es verdad que progresamos muchísimo en palear los dolores físicos de modos innumerables, en disminuir los sufrimientos que nos aquejan, pero ninguna cultura, ningún progreso científico logrará eliminarlos totalmente, porque en definitiva el mayor sufrimiento del corazón y que incluso nos hace doler el cuerpo, es la falta de amor, es amarnos mal entre nosotros, es herirnos por no amarnos.

Por ahí vos estás sufriendo en algún sentido, tal vez la pérdida de alguien, estás sufriendo tus propias debilidades, tus propios pecados, o el agobio de tu trabajo, de tu estudio, o te cuestan muchísimo las cosas, no encontrás salida a lo que buscás, no podés experimentar el amor de Dios, sufrís la falta de amor de tus hijos, de tu esposo o esposa, por ahí sufrís un error viejo que te marcó para siempre, las injusticias de los que te rodean, y así podemos enumerar infinidad de sufrimientos.

Bueno… vayamos a Jesús; Jesús nos dice: “Vengan a mí que yo los aliviaré”, y ese ir a Jesús es buscarlo en su Palabra, en esto que estamos haciendo de escuchar su Palabra; es buscarlo también en la Eucaristía obviamente; buscarlo en la oración, en alguien que me escuche y que sea instrumento de Dios, es buscarlo entregándose en algún servicio, es ofrecer cada actividad del día, es perdonar al que nos ofendió, es entregarse a una causa noble, es dejar de quejarnos y ponernos a trabajar, es mirar para adelante y no revolver el pasado, es vivir el presente con lo que tiene, es confiar el futuro a su providencia. Ir a Jesús, ir a Jesús; eso es lo que nos tiene que quedar hoy en el corazón.  

El segundo tema que podemos reflexionar, es que el Señor nos invita a “aprender” de Él: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”, paciente y humilde de corazón; esa es la gran virtud que el Señor nos invita a imitar en su vida. Aprender de su humildad, aprender de la humildad que nos impide creernos que podemos dominar todo y podemos controlarlo todo, eso nos alivia; aprender de su paciencia que nos ayuda a no enojarnos continuamente contra la realidad, entonces eso nos alivia y no nos aflige. La paciencia y la humildad son las virtudes que nos ayudan a encontrar alivio. Busquemos el alivio de Jesús; pero el alivio que también implica que nosotros hagamos algo, yo tengo que hacer algo, no puedo esperar que el alivio venga de arriba únicamente; tengo que ser paciente y humilde de corazón.

Porque — y ahí viene el tercer tema— “su yugo es suave y su carga liviana”. Jesús nos propone no agobiarnos con más problemas o cargas que tenemos que llevar, sino al contrario; nos propone una carga “distinta”, no la carga que me invento yo por mis propias exigencias, esa carga que me pesa porque yo soy el que armo mi vida; sino la carga que me pone Él, que en definitiva es la carga de la paciencia y de la humildad. Ser paciente y humilde es un yugo, es algo que tenemos que cargar sobre nosotros y hacer un esfuerzo para alcanzarla, pero al mismo tiempo, es lo que nos da alivio. Nos da la paz. Sólo el paciente y humilde tiene paz. Es la sabiduría de saber que todo está en sus manos.

Bueno… Ojalá que este día podamos sentirnos aliviados de nuestros agobios y sufrimientos, buscando descanso en Él, buscándolo solo Él.

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