Mateo 11, 28-30 – XV Jueves durante el año

 

 

Jesús tomó la palabra y dijo:

Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

Palabra del Señor

Comentario

Dice la tradición de la Iglesia, que en los comienzos del cristianismo los paganos decían con admiración sobre los cristianos: “Miren como se aman”, incluso el libro de los hechos de los apóstoles dice algo similar: “Todos los creyentes se mantenían unidos” Esto no es la expresión de una utopía o solo de un ideal a alcanzar, sino de una realidad que es posible vivir. Vos y yo seremos discípulos de Jesús si los demás pueden decir de nosotros, y de nuestras comunidades… “Miren como se aman, se aman de una manera especial, ahí hay algo distinto.” Este debería ser nuestro distintivo, nuestro sello, porque si no amamos como nos ama Jesús de nada sirve que hablemos de Él. Los que no creen en el amor solo van a creer si nos amamos, no si hablamos del amor con palabras lindas, porque como dice San Ignacio: “El amor debe ponerse más en las obras que en las palabras” ¡Cuántas desilusiones en nuestras comunidades por no vivir esto tan básico y elemental del evangelio! ¡Cuántas personas se alejaron de la Iglesia porque no supimos amarlos y amarnos entre nosotros! ¡Cuántas veces perdemos el tiempo en mil estrategias pastorales, de evangelización y no somos capaces de vivir lo más esencial que Jesús nos pidió! Por eso Jesús “les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas”, porque no hacen falta cosas para amar, solo es necesario el corazón” Esodecía el domingo, que para llevar su amor no hacen faltan muchas cosas, sino el deseo de amar y ser amado, el deseo de mostrar con la propia vida que todos fuimos creados para asemejarnos a Él. Este debería ser nuestro mayor anhelo en una comunidad cristiana, no tener muchas cosas, no buscar tener más de lo que tenemos y fundamentalmente, andar de “dos en dos” amando y reflejando el amor de Jesús, el bueno olor de Jesús por todos lados.

Hoy podemos detenernos en tres momentos de algo del evangelio, de este evangelio tan cortito, pero tan lindo; no importa que sea corto, acordémonos que “una palabra del Señor bastará para sanarnos”. Con sólo escuchar una palabra que el Señor nos quiera decir, Él puede tocar nuestro corazón y ayudarnos a caminar en este día y durante toda la vida.

Primero Jesús dice que vayamos a Él: “Vengan a mí”. Jesús nos invita a ir a Él, Jesús nos invita a darnos cuenta que de alguna manera todos tenemos o tendremos alguna vez aflicciones y agobios; por eso para ir a Jesús hay que sentirse necesitado, sentirse con alguna aflicción o agobio, no es que tenemos que “buscar” sufrir, obviamente, pero si debemos darnos cuenta que todos tenemos de alguna manera algún sufrimiento, abierto o escondido. Lo que pasa es que la vida de hoy parece que nos tapa todo, nos anestesia los problemas, no nos damos cuenta; sin embargo, ¿qué hombre puede decir que en algún momento de su vida no tiene alguna aflicción, algún agobio? Por ahí vos estás sufriendo en algún sentido, tal vez la pérdida de alguien, estás sufriendo tus propias debilidades, tus propios pecados, o el agobio de tu trabajo, de tu estudio, de tu incapacidad, o te cuestan muchísimo las cosas.

Bueno… Andá a Jesús; Jesús te dice: “Vení a mí que yo te voy a aliviar”, y ese ir a Jesús es buscarlo en su Palabra, en esto que estamos haciendo de escuchar su Palabra; es buscarlo también en la Eucaristía obviamente; buscarlo en la oración, en alguien que me escuche y que sea instrumento de Dios… es buscarlo en los más pobres, en donde se revela de una manera especial.

Ir a Jesús, ir a Jesús; eso es lo que nos tiene que quedar hoy en el corazón. Jesús nos dice: “Vengan a mí que yo los aliviaré”.

El segundo momento a considerar es que el Señor nos invita a “aprender” de Él: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”, paciente y humilde de corazón dice otra traducción; esa es la gran virtud que el Señor nos invita a imitar en el Evangelio. Aprender de su humildad, aprender de la humildad que nos impide creernos que podemos dominar todo y podemos controlar todo, eso nos alivia; aprender de su paciencia que nos ayuda a no enojarnos continuamente contra la realidad, eso nos alivia y hace que no nos aflijamos.

La paciencia y la humildad son las virtudes que nos ayudan a encontrar alivio. Busquemos el alivio de Jesús; pero el alivio que también implica que nosotros hagamos algo, yo tengo que hacer algo, no puedo esperar que el alivio venga de arriba únicamente; tengo que ser paciente y humilde de corazón.

Porque —y ahí viene el tercer punto— “su yugo es suave y su carga liviana”. Jesús nos propone no agobiarnos con más problemas o cargas que tenemos que llevar, sino al contrario; nos propone una carga “distinta”, no la carga que yo mismo me invento, esa carga que me pesa porque yo soy el que armo mi vida, porque soy el centro de mi vida; sino la carga que me pone Él, que en definitiva es la carga de la paciencia y de la humildad, la del amor. Ser paciente y humilde es un yugo, es algo que tenemos que cargar sobre nosotros y hacer un esfuerzo para ser pacientes y humildes; pero al mismo tiempo es lo que nos da alivio. Nos da la paz. Sólo el paciente y humilde tiene paz. Esta es la “paradoja”, las dos caras de la misma moneda de esta invitación de Jesús.

Bueno… Ojalá que este día podamos sentirnos aliviados de nuestros agobios y sufrimientos, yendo a Jesús, buscándolo a Él.

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