Mateo 12, 38-42 – XVI Lunes durante el año

 

 

Algunos escribas y fariseos le dijeron a Jesús: «Maestro, queremos que nos hagas ver un signo.» El les respondió: «Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.
El día del Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás.

El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón.»

Palabra del Señor

Comentario

Descansar es una necesidad del cuerpo, pero también del alma, y no siempre que descansamos del cuerpo, descansamos bien del alma. Los lunes se supone que debemos empezar descansados, del cuerpo y del alma, del corazón, porque disfrutamos del domingo, y de estar en familia, o haciendo algo que nos gustaba, pero es verdad que no siempre empezamos como queremos, bien descansados, porque no siempre sabemos descansar, no nos enseñaron a descansar bien. La vida que llevamos por estos tiempos es a veces agobiante, parece que no podemos parar, el trajín no nos deja parar, siempre que terminamos una actividad aparece otra, y otra, y así nunca se acaban. Mientras vivimos así nos vamos convenciendo, sin darnos cuenta, de que somos casi indispensables, de que si nosotros no estamos las cosas no pueden continuar. Pero cuando tomamos la decisión de apartarnos, de “hacerle caso” a Jesús e ir a descansar con Él, de “soltar” lo que estamos haciendo para que otro lo haga, experimentamos la linda noticia de que no somos “indispensables” y de que las cosas siguen funcionando, por ahí no al modo que queremos, pero siguen funcionando, el mundo puede seguir girando sin nosotros. A la enfermedad del “activismo” esa que también padecemos también los sacerdotes, hay que aplicarle el remedio del “escapismo”, escaparse con Jesús, pase lo que pase. Escaparse a un sagrario, escaparse a un retiro espiritual, escaparse al silencio, escaparse de la ciudad, escaparse de las garras de la actividad que nos adormece y ciega.

En el evangelio de ayer, escuchábamos que Jesús invitaba a los discípulos a descansar después de haber trabajado por Él, después de haber hablado en su nombre, de haber curado enfermos, después de haber experimentado que el poder de Jesús había pasado por medio de ellos. Necesitaban descansar, necesitamos descansar con Jesús, necesitamos apartarnos para estar con Él, solo trabaja bien, quien sabe descansar.

En algo del evangelio de hoy Jesús se enfrenta otra vez con los fariseos; en realidad los fariseos lo enfrentan otra vez y muestran otra cara de esa enfermedad que tiene todo hombre, que todos nosotros tenemos; a veces podemos creernos “cristianos casi perfectos” y podemos ser bastantes fariseos sin darnos cuenta. Y los fariseos piden signos, le piden a Jesús que les dé un signo, cuando, en realidad, ya les había dado muchos.

La enfermedad del fariseísmo —que todos la podemos tener — consiste en pretender que todas las cosas se adecúen a como nosotros queremos; no es que practicamos el doblegarnos ante la realidad, sino que pretendemos que la realidad se doblegue ante nosotros. El gran sacrificio de un cristiano, antes que hacer muchas cosas, consiste en aceptar humildemente la realidad que lo circunda, las personas, las situaciones. El fariseísmo hace que veamos las cosas y sin embargo siempre pongamos un “pero”, siempre queremos un poco más; esa actitud insaciable ¿no?, en la que todo tiene que corresponderse con mis deseos y no me abro a lo que Dios me muestra o quiere para mí. Y esto también se da muy a nivel “humano”, en la cotidianidad del día a día, cuando no me abro a aquello que me muestra otro con su manera de ser o de pensar. Esta cerrazón es muy típica del fariseísmo. A veces somos así: pedimos “signos”, pruebas.

Y por eso Jesús los lanza al futuro —no les dice recuerden lo que hice—, van a ver lo que voy a hacer: les voy a dar otro signo; hablaba de su Resurrección, el fundamento de la fe de miles y miles de personas a través de la historia de la Iglesia. Por eso les dice: “…así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches”; y así como Jonás después volvería a aparecer, resucitaría.

El signo de nuestra fe es la Resurrección de Jesús y eso no se trata de probarlo científicamente; sino probalo en tu vida, experimentalo en tu vida: ¿Cómo que Jesús no resucitó? fijate alrededor, fijate lo que te fue pasando en tu vida, fijate en la presencia de Dios en tantos momentos que se te manifestó de diferentes maneras…; si te cerrás nunca vas a percibir a Jesús, si buscás pruebas científicas nunca lo vas a encontrar; más bien buscá pruebas del corazón, buscá experiencias de fe, buscá conversiones a tu alrededor, vidas de santos, mirá la Iglesia entera en su admirable propagación, la Eucaristía, los sacramentos y tanto que recibimos gracias a ella.

Bueno hoy no pidas “signos”, que el mayor signo ya nos fue dado; tratá de darte cuenta de que Jesús está presente real y verdaderamente en tu vida y que la Palabra de Dios te quiere transformar para que no pidas más de lo que ya tenés.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta