Mateo 12, 46-50 – XVI Martes durante el año

 

 

Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte.»

Jesús le respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Palabra del Señor

Comentario

Un consejo importante para recordar cada vez que escuchamos: nunca escuches o leas la Palabra de Dios como si fuese algo que ya escuchaste antes y por lo tanto ya lo sabés, como poniendo menos ganas y corazón; eso no es bueno, porque así no te va a decir nada, nada te va a sorprender. Escuchá la Palabra siempre como algo nuevo, tratá de escuchar que Dios te quiere decir algo diferente, distinto a lo que te dijo alguna vez. Nunca un “te quiero” de alguien que te quiere, es igual al otro si se escucha con amor, porque no pasa por las palabras, sino por el amor que encierran. Y por eso, la palabra de Dios, siempre nos puede decir algo nuevo.

Decíamos ayer que no siempre sabemos descansar, incluso te diría que a veces podemos irnos a descansar y no terminamos de hacerlo. ¿Sabés por qué? Porque no descansamos con Jesús, en Él. Jesús les dijo a sus discípulos: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Jesús los invitó a descansar con Él y además, a un lugar desierto, toda una imagen de la necesidad de apartarse, de no dispersarse, sino todo lo contrario, meterse bien adentro del corazón. La vida moderna nos enseñó que para descansar tenemos que “volcarnos” hacia afuera y hacer cosas que nos distraigan, en el fondo que nos hagan “olvidar” de la rutina y de lo que nos agobia, sin embargo, Jesús pretende que le abramos el corazón y le contemos lo que nos pasa, y para hacer eso inevitablemente tenemos que frenar, apartarnos y adentrarnos en donde a veces nos da miedo, poner en sus manos lo que nos agobia, reconocerlo, “ponerle nombre”, como se dice.

De algo del evangelio de hoy, se pueden decir muchísimas cosas (como de todos los textos) pero sería bueno que nos detengamos en un detalle muy lindo de esta escena donde María se acerca a Jesús, junto con otros parientes; quieren hablar con Él, otros interrumpen mientras Jesús habla y le avisan que su madre está ahí. Y sin embargo Jesús hace algo muy importante: señala a sus discípulos, no señala a todos, no señala a la multitud; sino que señala a sus discípulos que cumplían la voluntad del Padre y dice esta frase tan importante: «Estos son mi madre y mis hermanos, los que cumplen la voluntad de mi Padre».

Quiere decir que Jesús de alguna manera “distingue”, “discrimina” –no te asustes por la palabra discriminar–, Jesús no discrimina porque es malo; Jesús distingue, no es lo mismo la multitud, que sus discípulos. Para Jesús todos somos hermanos, no quiere decir que está rechazando a los otros; sin embargo, unos se comportan como hermanos y otros no, no todos los que estaban cerca de Jesús cumplían la voluntad del Padre, sino los discípulos a los que Jesús señala. No todos los que hoy están cerca de Jesús cumplen la voluntad del Padre, no todos los que “decirnos” que somos cristianos cumplimos la voluntad del Padre, ¡no!; de hecho, nos comportamos muchas veces como anti testimonio, no siempre cumplimos la voluntad del Padre. Entonces Jesús hoy distingue, no para que te asustes; sino para invitarte a algo más, para invitarte a ser hermano, a hacerte hermano no por un lejano vínculo de sangre; sino por tus actitudes, hacerte hermano por lo que hacés, hacerte hermano porque querés vivir eso. Entonces lo que parece en principio una respuesta “dura”, o casi un desprecio hacia María y sus parientes; es todo lo contrario; al revés, está exaltando a María porque Ella es la primera que cumple la voluntad y que cumplió siempre la voluntad del Padre. Y al mismo tiempo, está abriendo el corazón a miles y miles de hombres de toda la historia, que cumplirán la voluntad del Padre y que serán hijos, vivirán como hijos del Padre y serán hermanos de Jesús. Es como los vínculos humanos que se dan entre nosotros; siempre se es hijo de un padre, porque no se puede renunciar a la paternidad; sin embargo, no siempre somos buenos hijos y nos comportamos como hijos. Por eso ser hermano de Jesús te amplía el horizonte, como cuando levantás la cabeza y ves un paisaje, como cuando estás en la playa y mirás el mar hasta el fondo; ser hermano de Jesús te amplía el horizonte y te hace incluir a muchísimas personas, ser hermano de Jesús te abre el corazón a una familia mucho más grande y universal. Mirá lo que es la Iglesia, mirá la cantidad de personas que seguro conociste y ahora son amigos tuyos y son hermanos tuyos gracias al vínculo con Jesús.

Ahora te dejo algunas preguntas: ¿Nosotros cómo vivimos esta hermandad que nos propone Jesús?, la hermandad de Jesús es mucho más profunda y duradera que nuestras hermandades de sangre que muchas veces no siempre son las que deseamos, porque no elegimos a nuestros hermanos. ¿Cómo la vivís? Pensá en tu parroquia, en tu colegio, en tu grupo de jóvenes, en tu movimiento, ¿cómo vivís esa hermandad? Porque a veces nuestras comunidades parecen como “comercios” donde entramos a buscar algún producto y nos vamos, no conocemos a nadie, no saludamos a nadie, y de casualidad nos miramos; pensá en eso, pensá en lo lindo que es ser hermano de Jesús y hermano de tantos, pensá en todos los hermanos que te regaló Jesús gracias a la fe.

Que María nos enseñe a vivir así, cumpliendo la voluntad del Padre en cada momento del día, en cada detalle, aunque nadie se dé cuenta. Pidamos ser así, como María, silenciosos y en segundo plano, pero dichosos por ser hermanos de Jesús y de miles más.

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