Mateo 13, 1-9 – XVI Miércoles durante el año

Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa. Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas.

Les decía: «El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!»

Palabra del Señor

Comentario

Mientras Marta, vos y yo, corremos de acá para allá pensando que por correr y hacer más cosas, más trabajos, Jesús se va a sentir mejor, nos amará más, o como seguro pensó ella en su interior, iba a amarlo más y mejor; María, estaba sentada a los pies de Jesús, convencida de que lo mejor que podía hacer en ese momento, era aprovechar su presencia, eligiendo lo que su corazón le dictaba como lo mejor, aunque seguro tenía mil cosas por hacer. ¿Cuántas veces experimentamos que correr y correr, haciendo mil cosas a la vez no da fruto, si nosotros no estamos bien con nosotros mismos y con Jesús, si al mismo tiempo no estamos conectados con nuestro corazón? ¿Cuántas veces experimentamos que estando a los pies de Jesús, todo se acomoda, todo se detiene, aunque el mundo se esté viniendo abajo? Marta y María eran hermanas, vivían en la misma casa. María no se enojó con Marta por el hecho de que ella estaba haciendo mil cosas, en vez de estar con Jesús, no se molestó con ella porque no estaba aprovechando la presencia del Maestro. En cambio, Marta si se enojó con María porque ella parecía que no estaba haciendo lo que tenía que hacer, o lo que ella consideraba que debía hacer.

Marta y María conviven en la misma casa de nuestro corazón, ese mismo que a veces vive una lucha interior. Hay algo que nos dice, a veces, que frenar para reflexionar, que rezar más tiempo, que olvidarse de todo por un rato, que dedicar más horas a la adoración, hay algo que le dice a la Marta del corazón, o las Martas que corren a nuestro alrededor, que eso no vale la pena, que en realidad vale lo que se ve y se puede medir, que vale la pena el número, cuántos somos, cuántos me gusta tenemos, cuántos seguidores y tantas cosas más que le fascinan al corazón y al mundo. Pero también hay algo que nos dice a veces; ¡es necesario frenar! ¿No nos damos cuenta que tenemos a Jesús al frente? ¿No nos damos cuenta que, si no nos arrojamos a los pies de Jesús a disfrutar, al fin de cuentas, no vamos a disfrutar nada? ¿No terminamos de convencernos que lo que se ve no es todo, al contrario, es mucho más grande y duradero lo que no se ve? El modo Marta está de moda en este mundo y en la Iglesia. El mundo aplaude a las “Martas” y se ríe de las “Marás”. Hay católicos, que incluso, no entienden o desprecian a la “Marías”, a los monjes y monjas que dedican su vida a la oración y al trabajo. No pueden entenderlo, les parece una pérdida de tiempo. Es verdad, es más atrayente ser un sacerdote que hace mil cosas y parece un gran “hacedor”, que ser un sacerdote que además reza y reza por sus fieles. Es más tentador ser un laico que sirve y sirve, que da limosna y limosna, que uno que anda queriendo ser santo en silencio en medio del mundo dedicando también mucho tiempo a su oración personal. Es así. Pero en definitiva seremos buenos trabajadores del Señor, si sabemos ser Martas y Marías al mismo tiempo.

¿Queremos ser una buena Marta, ser trabajadores por Jesús? Debemos ser una MARÍA con mayúscula. ¿Queremos ser una buena María? Escuchemos otra vez la parábola que acabamos de escuchar de algo del evangelio de hoy.  Debemos ser tierra fértil, tenemos que ser tierra de la buena, de la que recibe la Palabra, de la que le da un buen espacio de crecimiento, le quita las espinas, la abona y sabe esperar para ver el fruto a su debido tiempo. Ésta es la dinámica de la Palabra de Dios en nuestra vida, es como la de la semilla y la tierra. Es un ejemplo tan gráfico y sencillo, que a veces nos parece un cuentito que no dice mucho, y no vale la pena explicar, pero es así de profunda. La semilla tiene todo para crecer, todo lo necesario, todo su potencial. La Palabra es así, lo que escuchamos día a día tiene toda la Verdad, toda la Vida, todo el Camino por delante para ayudarnos a crecer, a ser felices, a dar buenos pasos en nuestra vida. La semilla es la perfecta creación de Dios, algo que ningún científico puede imitar, ni crear. La Palabra está ahí, lista para ser sembrada y dar fruto. Nosotros somos la tierra, nosotros para ser tierra en serio, tenemos que ser “Marías”, tenemos que intentar hacer crecer la “María” del corazón. En la medida que no escuchamos somos camino duro, somos tierra pedregosa, o tierra sucia llena de espinas. ¿Nos damos cuenta porqué es necesario ser como María al mismo tiempo que Marta? ¿Nos damos cuenta del porqué Jesús alabó a María y corrigió a Marta? María eligió lo único necesario, la mejor parte. Escuchar a Jesús cuando lo tuvo enfrente. Nosotros tenemos que aprender a elegir. Cada día tenemos que volver a elegir lo mejor. A cada instante tenemos que volver a elegir escuchar a Jesús o escuchar la Marta del corazón o la Marta de afuera que siempre intenta sacarnos de los pies de Jesús, para hacernos creer que por hacer muchas cosas estaremos mejor.

Ojalá que la palabra de cada día nos vaya amasando la tierra-corazón, para que María sea la que le enseñe a Marta de nuestro corazón, que no vale la pena correr y hacer, sino escuchar y escuchar al Maestro.

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