Mateo 13, 31-35 – XVII Lunes durante el año

 

 

Jesús propuso a la gente otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas.»

Después les dijo esta otra parábola:

«El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa.»

Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.

Palabra del Señor

Comentario

Había una frase en el evangelio de ayer, muy linda, y que, al mismo tiempo, es una imagen que podemos retomar en esta semana para seguir masticando y sacarle el jugo. Decía: “Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a él…”  Así anduvo Jesús en su vida, levantando los ojos, para mirar, pero no solo para mirar, sino fundamentalmente para ver, para ver más allá de los que sus ojos podían mirar, para ver lo que nosotros no siempre podemos o queremos ver, para enseñarnos a ver cuando miramos y no quedarnos solo con lo que miran nuestros ojos, sino para que sepamos ver con el sentido del corazón, con ese sentido oculto que nos permite sentir algo de lo que sienten los otros. Así anda Jesús hoy por el mundo, mirando a la multitud, mirando a la humanidad dispersa y abandonada, mirando a los que menos tienen, mirando a los abandonados y descartados de esta sociedad, mirando para ver y darnos lo que nos hace falta. Solo Jesús mira para ver. ¿Nosotros qué miramos? O dicho de otro modo… ¿Qué vemos cuando miramos? No es lo mismo mirar que ver, no es lo mismo lo que miramos que lo que vemos. Nosotros como discípulos, como Iglesia… ¿Levantamos los ojos solo para mirar o buscamos ver lo que los demás andan necesitando y nadie se da cuenta? En esta semana podemos contemplar a Jesús “levantando los ojos” para aprender de Él algo que no podemos dejar de admirar, su modo de mirarnos.

Por otro lado, podemos preguntarnos ¿Qué nos enseña la Palabra de Dios sobre ella misma? Dijimos de hace unos días que la Palabra de Dios es viva y eficaz y también dice la Carta a los hebreos que: “La Palabra de Dios es viva y eficaz y que es más cortante que cualquier espada de doble filo”.

La Palabra de Dios es “cortante” o sea quiere “penetrar” en los lugares donde es escuchada, la Palabra de Dios tiene una fuerza propia que ha logrado convertir a miles y miles de personas y les transformó sus vidas. Eso es lo que quiere hacer hoy la Palabra de Dios con vos: es viva, eficaz, es cortante; es cortante y por eso a veces “duele”, es cortante no porque quiera hacernos doler, pero sí porque al penetrar nos muestra cosas, nos hace ver las cosas diferentes y esas cosas a veces pueden doler.

En algo del evangelio de hoy el Señor nos habla por medio de parábolas, sigue enseñándonos a través de parábolas qué es el Reino de Dios; el Reino de Dios que ya está entre nosotros porque Jesús es quien nos lo trajo con su presencia; con su presencia física y hoy con su presencia mística en la Iglesia, en la Eucaristía, en cada uno de nosotros que vivimos la fe, en cada pobre…; el Reino de Dios está presente ahí.

El Reino de Dios no es únicamente la Iglesia; la sobrepasa, porque el Reino de Dios es la relación de amor entre Dios y nosotros, y se hace presente especialmente cuando le decimos que SÍ a Dios; cuando la voluntad de Dios se hace acá en la tierra —como decimos al rezar el Padre Nuestro—, por eso el Reino de Dios es más amplio que la Iglesia, aunque por supuesto la Iglesia en cada uno de nosotros está llamada a vivirlo especialmente.

El Reino de Dios —dice hoy Jesús— es un grano de mostaza, es chiquitito, empieza chiquitito como cualquier comienzo; todo crece lentamente, es la más pequeña de las semillas casi insignificante…

Y así empieza el Reino de Dios en tu vida, así empezó cuando te bautizaron, cuando recibiste la fe, cuando de a poquito recibiste las enseñanzas de las cosas de Dios; empezó de a poquito y hoy creció, en tu corazón, pero quiere crecer todavía más.

Hoy el Reino de Dios en tu vida también comienza como un grano de mostaza, tratá de que se extienda como las ramas de este arbusto, tratá de que hoy en tu vida, en tu trabajo, en tu familia, con tus padres, con tus hermanos, con tus hijos; a través de ese SÍ que le des a Dios y logrando que se haga su voluntad, te conviertas en una posibilidad para otros, para que los demás se cobijen, que tengan un lugar donde estar, el Reino de Dios abre las puertas y el corazón a todos.

El Reino de Dios también es levadura —dice Jesús—, no se ve, pero se mezcla con harina y logra formar una masa; el Reino de Dios está en medio del mundo, vos estás en medio del mundo; ahora estás viajando y estás por ir a tu trabajo, estás estudiando o estás descansando, pero estás en el medio del mundo y tenés que hacer “fermentar” la masa con tu presencia, tenés que darle forma a la masa de este mundo que, sin levadura, sin el Reino de Dios, sin ese SÍ que le demos; no tiene sentido.

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