Mateo 13, 47-53 – XVII Jueves durante el año

Jesús dijo a la multitud: «El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

¿Comprendieron todo esto?» «Sí», le respondieron.

Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.» Cuando Jesús terminó estas parábolas se alejó de allí.

Palabra del Señor

Comentario

La insistencia en la oración es directamente proporcional, a nuestros deseos de obtener lo que pedimos… Cuando abandonamos la oración, en el fondo, es porque no deseamos tanto lo que creemos desear y por lo cual nos acercamos a pedir. Es cierto que esto es complejo, porque por un lado están nuestros deseos y por otro los deseos de Dios, que por más que sepamos algo, no sabemos todo y como decíamos ayer “no sabemos pedir como es debido”. Este es uno de los temas centrales del evangelio que nos regalaba la liturgia del domingo. Jesús no solo nos enseñó el padrenuestro para que “repitamos frases hechas”, sino que, además, la misma oración del Señor es una escuela del corazón, es escuela que nos enseña pedagógicamente, cuáles deberían ser nuestras prioridades al desear, cuáles deben ser nuestros deseos más profundos, o, dicho de otro modo, qué es lo que Dios Padre quiere que deseemos. La realidad es que muchas veces insistimos en la oración en temas que no deberíamos insistir y no insistimos en los que deberíamos insistir, es muy humano. Y de nuestra falta de oración, o desde nuestra oración mal orientada, muchas veces provienen todas nuestras aflicciones e incluso nuestros enojos o frustraciones para con Dios.

Hay cosas en la vida que se entienden con el tiempo. Necesitan tiempo. Todo necesita tiempo. El evangelio no es la excepción, Jesús se hizo hombre en el tiempo, se tomó tiempo para estar con nosotros, estuvo sujeto al tiempo y le gustó pasar tiempo con los suyos. Pensemos que Jesús estuvo treinta años con sus padres hasta que decidió tomarse tiempo para enseñar, expulsar demonios y curar a los enfermos. Se tomó tiempo para enseñarles a sus discípulos, estuvo tres años con ellos y les tuvo una paciencia de “fierro” para saber esperarlos, en su estreches de mente, en sus terquedades, en sus cerrazones. Imaginate que a los discípulos les resultó difícil estando con Jesús cara a cara, ¿qué nos hace pensar que a nosotros que desde hace no mucho tiempo estamos escuchando la palabra de Dios seriamente, se nos hará fácil?

No es fácil comprender el evangelio, pero no porque las palabras escritas son difíciles o porque nos presente teoremas matemáticos imposibles de resolver, sino porque la palabra de Dios es el corazón y la mente de Dios. Las palabras de Jesús, sus actitudes y sus gestos, son la forma de pensar y sentir de Dios, y comprender, aceptar y cambiar nuestra manera de pensar para que sea parecida a la de Dios es todo un camino, muchas veces dificilísimo de transitar. ¡Nos cuesta cambiar! No queremos cambiar, somos reacios a cambiar, está comprobado científicamente, nuestro cerebro quiere repetir acciones para que no le generen un desgaste. No nos gusta cuando alguien nos cambia algo, nos gustan las cosas como nosotros queremos o pensamos que tienen que ser y todo cambio nos produce un cierto “stress”. Tengamos paciencia, tengámonos paciencia mutuamente. No podemos cambiar de un día para el otro. No podemos comprender de un día para el otro. Siempre hay que volver a empezar.

Fijémonos en la parábola de algo del evangelio de hoy. El plan de Dios es el plan de la paciencia, el plan de esperar hasta el final. No estamos en el tiempo de la selección todavía, estamos en el tiempo de la pesca. «El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces.» Dios pesca con red, no pesca seleccionando. Él quiere que en esa red entren todos y solamente al final de la historia, al final de nuestra vida, abrazará lo bueno y rechazará lo malo. ¿Comprendemos esto? Estas son las cosas de Dios que muchas veces nos cuesta aceptar y cambiar. Por ahí la entendemos, pero no solo hay que entender las palabras, sino que también hay que empezar a vivirlas, hay que empezar a transmitirlas, con nuestra forma de pensar, de hablar y de sentir. ¡Cuesta cambiar! Somos reacios a cambiar. Los discípulos contestaron rápidamente que comprendían, sin embargo, en los comienzos de la Iglesia, intentaron hacer una selección, intentaron ser ellos los que decidían quién podía y quien no podía estar en la red del Reino de los Cielos. Tuvo que aparecer San Pablo para hacerles ver a los discípulos que tenían que abrirse al mundo. ¿No hacemos lo mismo nosotros muchas veces? ¿No somos selectivos en nuestros ambientes, en nuestros grupos, en nuestras parroquias? ¿No somos selectivos al hacer apostolado? ¿No será que muchas veces más que pescar con red pescamos con mira telescópica eligiendo lo que nos parece? ¿No será que nos falta bastante corazón y amplitud de mente para dejar que sea Dios el que elija? El Reino de Dios es como una red que se tira al mar, no es una caña de pescar, no es un detector de bondad. En el Reino de Dios hay de todo un poco, por eso tenemos que aprender a convivir y no juzgar tanto. Aprender a pensar cómo piensa el dueño del Reino y dejar de pensar como pensamos nosotros. Dejemos que el Rey, el dueño del Reino, haga lo que le parezca. Mientras tanto, nosotros, vivamos como hijos, sabiendo que tenemos toda clase de hermanos, pero que en definitiva, son hermanos.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta