Mateo 13, 54-58 – XVII Viernes durante el año

 

 

Al llegar a su pueblo, se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal manera que todos estaban maravillados.

« ¿De dónde le vienen, decían, esta sabiduría y ese poder de hacer milagros? ¿No es este el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas? ¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto?»

Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Entonces les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia.»

Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente.

Palabra del Señor

Comentario

“Hay más alegría en dar que en recibir…” dice san Pablo, en los hechos de los apóstoles, que lo decía Jesús. Aunque no se lee en los evangelios que salió de sus propios labios, escuchar que Pablo que lo dijo, es saber con certeza que fue así. Además, es la lógica del evangelio. El niño del evangelio del domingo debe haber sentido una felicidad inmensa al ver que gracias a su pequeño aporte Jesús se encargó del resto, dejó satisfecho a miles de miles. Eso es lo que pasa cuando nos decidimos a entregarle a Jesús nuestros “cinco panes y dos pescados”, o sea lo que tengamos, lo que podamos. Él no pide más, no pide grandes cosas, sino que nos pide todo. ¿Experimentaste alguna vez esa alegría profunda e indecible de darte cuenta lo bien que hace entregar lo que tenemos para ayudar a otros? Solo lo sabe aquel que lo vive. No alcanza decirlo con palabras, hay que probarlo. ¿Probaste alguna vez dar lo que tenías y quedarte aparentemente sin nada, pero de golpe darte cuenta que tenías todo? Solo el que da todo se da cuenta que en realidad no hace falta tener algo para ser verdaderamente feliz, sino que basta con dar. “El que se da, crece” decía san Alberto Hurtado, el que se da crece y así hace crecer a los demás y solo crecemos si nos damos juntos, si damos juntos y en comunidad. Vamos juntos por ese camino, hay que renovarlo todos los días, no nos guardemos nada, porque solo así seremos verdaderamente felices.

Sigamos profundizando, ya al terminar esta semana, lo que nos enseña la palabra de Dios sobre ella misma, sobre el valor que tiene para nosotros, para nuestra vida de fe, para aprender a conocernos y profundizar. Hoy, quiero que encontremos la respuesta a lo que venimos reflexionando en estos días sobre el porqué… porqué lo que dice Dios es vivo y eficaz, sobre el porqué la palabra de Dios es como una espada, que corta y penetra hasta el fondo del alma, del corazón, del espíritu. En realidad, podríamos decir el para qué. ¿Para que la palabra de Dios corta y penetra? Bueno, la respuesta es sencilla, la da la misma palabra. Para ayudarnos a “discernir los pensamientos y las intenciones del corazón” Vale la pena que entendamos que es discernir, que quiere decir distinguir entre varias cosas, saber separar para poder elegir. Para decirlo en criollo, la palabra de Dios penetra en nosotros para que nosotros sepamos distinguir lo que en nuestra cabeza y corazón aparece muchas veces mezclado y confuso. Solo la persona que sabe escuchar aprende a discernir bien lo que siente y piensa. Los que hablan mucho, escuchan poco, y en general deciden según sus criterios y por eso, tienen muchas chances de equivocarse. Si esto vale para la vida entre nosotros, imaginemos si lo pensamos desde Dios. Por eso el que escucha a Dios cada día es, a la larga, el más sabio, porque discierne según los pensamientos y deseos de Dios, que son los que jamás se equivocarán.

Un ejemplo claro y palpable de lo que intento decirte aparece en algo del evangelio de hoy. Los “parroquianos”, de Jesús, los de su mismo pueblo confían en sus propios criterios y pensamientos y por eso, ese Jesús que veían sus propios ojos, tan pero tan humanos, tan pero tan carpintero, tan pero tan normal, no les cabía en sus parámetros de lo que un profeta debía ser. Es imposible que uno de los nuestros sea alguien que hable en nombre de Dios. Eso es ser profeta… escuchar a Dios, escuchar su palabra y hablar a los demás de lo que escuchamos, habiendo discernido nuestros pensamientos y deseos. Es imposible que el hijo de un carpintero sea tan sabio, hable con tanta sabiduría.

¡Qué hipócritas o necios que somos a veces los hombres! Los de ese tiempo y los de ahora. A veces los de la Iglesia y los de afuera. Muchas veces podemos ser como veletas que vamos tras pensamientos o sentimientos que no son los de Dios porque no sabemos discernir. Por ejemplo: Si alguien nos cae bien, todo lo que sale de su boca se convierte en “palabra de Dios”, es increíble. Pasa con los políticos, con los profesores, con los sacerdotes, con todos. Si alguien me cae bien, porque representa en el fondo mi pensamientos, mis deseos, soy capaz de adularlo y cegarme de una manera infantil, por el solo hecho de que dice lo que quiero escuchar o está en contra de los que yo aborrezco. Ahora… no me importa su vida moral, sus locuras o incoherencias, sino que dice lo que quiero escuchar. Lo mismo nos puede pasar al revés… cuando alguien que no me cae tan bien, dice verdades que no quiero escuchar, pero por el solo hecho de que esa persona no las vive o no es muy amable al decirlas, no valoro ni me importa lo que dice. ¿Qué hacemos? Ni una cosa ni la otra. ¿Qué importa entonces? Importa lo que dice. Cuanta más verdad es una verdad menos importa quien la dice.

Jesús fue rechazado por sus “parroquianos”, como nos pasa a nosotros en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros ambientes porque muchas veces no podemos superar estos obstáculos tan obvios, pero tan difíciles de saltar.

Dios quiso hacerse normal, y por eso se hizo hombre. Dios quiso hablarnos normalmente y por eso tuvo boca y corazón. Jesús fue muy hombre, sin dejar de ser muy Dios. Nosotros podemos ser nombres y mujeres muy de Dios, muy profetas, sin dejar de ser humanos, es más, buen signo es que no dejemos de ser muy hombres y mujeres, con todas las letras.

Aprendamos a escuchar a todos, porque más allá de la palabra de Dios escrita, Dios nos habla por medio de todos, incluso de los que a veces despreciamos.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta