Mateo 16,24-28 – XVIII Viernes durante el año

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga.

Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.

¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar el hombre a cambio de su vida?

Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces pagará a cada uno de acuerdo con sus obras.

Les aseguro que algunos de los que están aquí presentes no morirán antes de ver al Hijo del hombre, cuando venga en su Reino”.

Palabra del Señor

Comentario

Además de los pecados derivados de la avaricia, hay otras “especies” de avaricia, que nos vendría bien recordar, para que sigamos creciendo en la generosidad, en el desprendimiento. Un filósofo, Aristóteles, nombra la siguientes: La parquedad, que sería dar, pero demasiado poco, dar menos de lo que podría dar, ante las necesidades que se nos presentan. Sería un dar, pero para calmar mi conciencia, no con desprendimiento, hacia los pobres, hacia las obras de apostolado, hacia la Iglesia, por ejemplo. Otra especie de avaricia es la obstinación, que sería el extremo, o sea no dar nada, que es peor que lo anterior. La tacañería sería otro tipo de avaricia, que consiste en dar, pero con mucha cautela. Suele darse en los que son capaces de gastar muchísimo en sus propios caprichos, en cosas inútiles, pero no en ayudar a los otros. Vuelvo a decir, todo esto no lo enumeré en estos días para atormentarnos, sino para que descubramos que podemos seguir creciendo, podemos seguir el ejemplo de Jesús que nos llamó a todos a cosas más grandes y nos llamó a que seamos desprendidos, a que no miremos tanto las cosas de la tierra, donde la herrumbre las corroe, sino en las del cielo, que permanecen para siempre.

Al mismo tiempo, intentamos en esta semana que ya está terminando, poco a poco descubrir desde la palabra de cada día, algo más sobre nuestra fe, y no tanto sobre lo que creemos, sino más bien, qué significa creer. Los evangelios de esta semana fueron una maravilla en este sentido, fueron como una catequesis de episodios sobre la fe en Jesús. Ayer no lo pude decir, pero en el relato de Pedro confesando su fe en Jesús, se ve claramente que, en definitiva, creer, creer en serio, quiere decir confesar con los labios y el corazón que Jesús no es un hombre cualquiera, sino que es el Hijo de Dios, es Dios hecho hombre, y eso, aunque a nosotros nos parece fácil y cotidiano, no lo es. Jesús le dijo a Pedro: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.». Se cree en Jesús por recibir un don. Nadie cree en Jesús por sí mismo. Creemos gracias al Padre, y al mismo tiempo en nuestro interior siempre convive la debilidad, la posibilidad de decir con los labios una cosa, pero al mismo tiempo, pensar y sentir otra. Pedro confiesa con los labios a Jesús, pero inmediatamente después, Jesús lo aparta como a Satanás porque sus pensamientos no son los de Dios.

Vos y yo creemos, no lo dudo, es seguro que si estás escuchando este audio es porque crees en Jesús, pero eso no quiere decir que siempre nuestros pensamientos y sentimientos son los que Dios desea en nosotros. Acordémonos lo de Jesús ayer a Pedro: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.» Esto se lo dijo a Pedro, su mejor amigo, Jesús.

Inmediatamente después de esto, de esta escena, viene algo del evangelio de hoy. Jesús ya no se lo dice solo a Pedro, sino que ahora se lo advierte a todos sus discípulos. ¿Es duro no? Pedro quiso enseñarle a Jesús qué camino tenía que elegir para salvar al hombre, en realidad, más superficialmente y con mucho amor, Pedro quería evitar que su amigo sufra, Pedro no quería ver sufrir a Jesús porque también sabía en el fondo que en algún momento él tendría que sufrir. Sin embargo, es como si Jesús le dijera y nos dijera a todos: “Déjenme sufrir con amor por ustedes para que cuando ustedes sufran no se sientan solos. Déjenme sufrir por amor a ustedes y también déjenme enseñarles que la vida no tiene sabor si no tiene amor, y no tiene amor si no es con cruz. Pedro, discípulos míos, (a vos y a mí) el camino de la cruz no es el peor camino como pensás espontáneamente, al contrario, es el mejor, es el que quise elegir y por eso es el mejor, no lo quieras evitar por comodidad y egoísmo, no quieras salvarte solo, dejame amarte, dejame perder la vida para ganar muchas, así es como soy feliz, así es como serás feliz vos también. “Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará.” Bueno, me inventé un discurso de Jesús para con nosotros, para que entendamos bien sus palabras.

Jesús con su ejemplo nos enseña que nuestros pensamientos no siempre son los de Él y los del Padre, y aunque a nosotros naturalmente nos repugne el sufrir, el sufrimiento entregado y ofrecido, es sufrimiento que se convierte en vida, es amor, y el amor es vida. Son pocos los que quieren cargar con el peso de la vida, con el peso diario de entregarse por amor, porque eso que implica sufrimiento. Le escapamos al sufrimiento cuando nos olvidamos de su lado oculto, pero fecundo, cuando nos olvidamos de amar. Son muchos los que quieren escaparle al sufrimiento por miedo, por egoísmo, olvidándose de que va de la mano al camino que conduce al amor, que conduce a Jesús, que conduce al cielo. Si amamos, con todo lo que implica, ganamos, tenemos más vida y damos vida. Si nos guardamos el amor y nos escondemos por miedo a sufrir, nos quedamos solos, nuestra vida se pierde y perdemos a los que nos rodean, nos perdemos de amarlos y que nos amen, nos perdemos de dejar algo importante en esta tierra, eso que jamás se perderá, el amor.

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