Mateo 18, 1-5,10 – Memoria de los ángeles custodios

Los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: «¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?»

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: «Les aseguro que, si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.

Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial».

Palabra del Señor

Comentario

Buen día, te habrás dado cuenta de que muchas veces, por decirlo de alguna manera, interrumpimos el hilo de los evangelios que traíamos, con diferentes fiestas, o lo que también se llaman memorias, y eso hace que escuchemos o leamos otro texto que no continúa los anteriores. Es así, el año de la Iglesia tiene, además de un sentido rector que recorre la vida de Jesús, muchas fiestas o memorias que nos van ayudando a comprender mejor y cada día más, los grandes misterios de la fe, y en definitiva los misterios de nuestra propia vida. Por eso aparecen fiestas de santos, fiestas de los misterios de la vida de Jesús, fiestas de la Virgen y como hoy, memoria de los ángeles, en este caso de los ángeles custodios. Todo nos ayuda, todo nos ayuda a comprender que nuestra fe no es una verdad abstracta, vacía, inconexa, aislada, sino todo lo contrario… nuestra fe es un organismo vivo, en donde todo tiene que ver con todo, en donde una verdad ayuda a comprender la otra y, en definitiva, todas se descubren y se comprenden mutuamente desde la palabra de Dios escrita y desde la vida y costumbres de la Iglesia a lo largo de los siglos.

Hoy es el día de los ángeles custodios, es lindo que no te olvides de invocarlo; no te olvides también eso que a mí me enseñaron de niño, eso de ponerle un nombre, de llamarlo por su nombre. Es una verdad de fe la existencia de los ángeles, y como dice Jesús hoy, es una verdad que todos recibimos un ángel para custodiarnos, para cuidarnos y conducirnos al cielo. Por más que algunos le busquen la vuelta e intenten negarlo, es una verdad que nos debería llenar de alegría. Dios nos ama tanto, que además de nuestra propia vida, nos regaló la vida de un ángel para que esté siempre con nosotros.

Y en algo del Evangelio de hoy, vemos como los discípulos van en otra sintonía; preocupándose de grandezas humanas. Jesús sintoniza –digamos así– la “radio” del Padre, de ser Hijo, de ser Hijo de Él, de ser Hijo amado, de ser un Hijo obediente, que no busca ocupar el lugar del Padre porque sabe ubicarse. Un Hijo que no quiere independizarse por “capricho” –como nos pasa a nosotros–, un Hijo que se siente siempre comprendido, un Hijo que no siempre comprende lo que Dios le pide, pero elige obedecer hasta el final, un Hijo pequeño que depende y se siente sostenido por Dios Padre.

Todo Dios que se hizo pequeño, se hace silencioso, aunque tiene todo por decir, no avasalla, no pasa por encima, no pisa cabezas, no se presenta como un “sabelotodo” aunque sabe todo.

Al mismo tiempo vemos a los discípulos –a vos y a mí– que sintonizamos a veces la “radio humana” de nuestros caprichos, de nuestros egoísmos, que por no mirar este modo de ser de Dios, por no contemplar a Jesús y cómo fue su vida durante su paso por la tierra –de este Dios tan sencillo–; seguimos escuchando las interferencias de nuestro corazón, que nos pide otra cosa, que nos pide ser autosuficientes aunque carecemos de mucho, que aparenta saber todo aunque no sabemos casi nada, que no para de hablar cuando muchas veces debe callar, que se agranda cuando en realidad es pequeño y recibió todo de los demás y de Dios, que cree que lo puede todo cuando en realidad no podemos ni siquiera con nuestras propias debilidades. Así es nuestro pobre corazón pequeño y sencillo que se quiere agrandar y que no sabe ubicarse en esta vida.

Por eso si podés hoy rezá con esta escena del Evangelio: Jesús tomando un niño, poniéndolo en medio de los discípulos. Mirá un niño, alguien que conozcas; o mirá un niño por la calle, o mirá a tu hijo, o a tu hija, y dejá que Jesús te vuelva a decir estas palabras al oído y a tu corazón: «Te aseguro que si no cambiás o no te hacés como niño; no entrarás en el Reino de los cielos».

O sea, no vas a experimentar desde hoy, desde ahora, lo lindo que es ser hijo dependiente de un Padre que disfruta de ser un Padre con todas las letras. Ser hijo es entrar en esta relación de amor; es entrar en el Reino, de entrar en esta linda familia de los hijos de Dios. Ser hijo como el Hijo Jesús, vivir como vivió Jesús.

Si no cambiamos estas actitudes que nos hacen creer que no dependemos de nada –cuando en realidad dependemos de todo–, no podremos disfrutar del gozo que da el ser hijo de Dios y vivir como hijo de Dios.

Hoy te propongo que mires un niño y que te dejes decir esto por Jesús, pensando que tu corazón tiene que ser así; se puede, pedilo con fe. Tu ángel siempre está para ayudarte.

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