Mateo 19, 13-15 – XIX Sábado durante el año

 

 

Trajeron entonces a unos niños para que les impusiera las manos y orara sobre ellos. Los discípulos los reprendieron, pero Jesús les dijo: «Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí, porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos.»

Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí.

Palabra del Señor

Resumen de la semana

Hoy sábado haremos una síntesis de la Palabra de Dios que escuchamos en estos días. El salmo 118 dice: “Mi alegría está en tus preceptos, no olvidaré tu palabra “¿Por qué Dios nos dice eso? Porque la falta de memoria nos hace perder la alegría; si nuestra alegría está en los preceptos del Señor, olvidarlos nos hace perder la alegría. A veces también la memoria selectiva nos conduce a la tristeza; recordamos algunas cosas, recordamos las cosas malas y nos cuesta muchísimo guardar en el corazón para siempre lo que nos hace bien. “No olvidaré” “No olvidaré”, tenés que decir hoy. Y ¿cuál es la garantía para no olvidar? Que la Palabra que hayas escuchado sea realmente Palabra de Dios y que haya calado profundo y así cuando Dios es el que habla –sea a través de quien sea– difícilmente nos olvidemos. Y la otra garantía que nos ayuda a no olvidar es volver a recordar, –o sea “volver a pasar por el corazón”– lo escuchado, que en definitiva es volver a escuchar. Es lo que estamos haciendo hoy: volver a repasar lo de esta semana. No perdamos la memoria para así tampoco perder la alegría; cuando entramos en la tristeza, en la ansiedad, en el miedo o simplemente en la superficialidad es porque nos olvidamos. Hoy repitamos juntos: “No olvidaré tu palabra”

Y ¿cuáles palabras de esta semana podemos recordar?

El lunes decíamos que los discípulos no terminaban de comprender, como nos hubiese pasado a nosotros y como nos pasa tantas veces. Las cosas se comprenden generalmente al final, aun cuando creamos que ya las comprendemos desde el principio. Ellos solo comprendieron a Jesús y lo conocieron verdaderamente cuando recibieron el Espíritu Santo, después de la resurrección, mientras tanto, sus ojos y sus corazones no terminaban de ver. Cuando creemos que ya comprendemos todo, es cuando en realidad nos falta la mayor parte del camino. Lo mismo nos pasa con la palabra de Dios, jamás terminamos de entender todo lo que Dios nos dice y enseña y solo cuando vivimos las cosas o nos pasan, decimos: “Ahora entiendo”

El martes, Jesús nos invitaba a cambiar: «Les aseguro que, si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos», Jesús nos daba un baldazo de sabiduría evangélica: “hay que hacerse pequeños”. En la medida en que crecemos más y más tenemos que aprender a abandonarnos y a no querer dominarlo todo.

El miércoles en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen decíamos que María, la virgencita, está en Cuerpo y Alma en el cielo, está resucitada al lado de Jesús y no hace otra cosa que buscar día a día que el rebaño de Jesús no se disperse, no se pierda. Como Madre silenciosa, paciente, perseverante y entregada, está velando para que nunca nos alejemos de Él, para que siempre nos levantemos, para que nunca nos cansemos. Por más que muchos no entiendan nuestra devoción a la Virgen, por más que muchos la malinterpreten, por más que muchos católicos no la tengan tan en cuenta o incluso algunos “exageren”, por decirlo de alguna manera, María está y estará siempre y Ella, es la “bendita entre todas las mujeres” nacida en esta tierra.

El jueves veíamos que si hay algo para lo cual fuimos elegidos los cristianos, es precisamente para perdonar; somos servidores del perdón; de un perdón que recibimos. No solo tenemos que pedirle perdón a Dios sino también pedirle perdón a los demás y aprender a aceptar el perdón de otros. Y somos capaces –con la fuerza que viene de lo alto– de perdonar aquello que parece “imperdonable”.

Concluíamos que si tenemos que perdonar es porque fuimos perdonados; porque somos perdonados. Cuando somos incapaces de perdonar es porque en el fondo no caemos en la cuenta de todo lo que Dios nos perdonó y nos sigue perdonando.

Pensemos seriamente si no estamos guardando el perdón que Dios nos dio y lo estamos “reteniendo”.

Y el viernes Jesús nos decía que «Moisés les había permitido divorciarse de sus mujeres debido a la dureza de corazón; pero en principio no era así». A veces no comprendemos en realidad las palabras de Dios porque tenemos duro el corazón, no tenemos que “echarle la culpa a Dios” de nuestras durezas.

El planteo que los fariseos le hacían a Jesús, es profundo, es el planteo que le hace el mundo a la Iglesia, el planteo que incluso podemos hacerle vos y yo a Dios es este: ¿Por qué tenemos que seguir la voluntad de Dios? ¿No es demasiado dura? ¿No es demasiado exigente? ¿Es posible hacer lo que Dios quiere, que el hombre y la mujer estén para siempre unidos en medio del contexto de este mundo? Las respuestas te las dejo que las contestes vos. Pero me animo a decirte, que no hay nada más placentero que hacer la voluntad de Dios, de eso debemos estar seguros, probemos y veamos qué Bueno es el Señor.

Bueno, quedate con algunas palabras de esta semana, volvé a meditar, volvé a escuchar algo que te haya ayudado, volvé a reflexionar sobre las palabras de Dios.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta