Mateo 19, 16-22 – XX Lunes durante el año

Se le acercó un hombre y le preguntó: «Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?»

Jesús le dijo: « ¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos.»

«¿Cuáles?», preguntó el hombre. Jesús le respondió: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

El joven dijo: «Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?» «Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme.»

Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes.

Palabra del Señor

Comentario

Empecemos esta semana con muchos deseos de seguir escuchando la Palabra de Dios, de seguir aprendiendo de ella, de todo lo que nos dice. No bajemos los brazos, no nos olvidemos de todo lo que nos ayuda, no nos dejemos vencer por el desánimo y la apatía de nuestro corazón y de lo que nos rodea. La palabra es guía constante, es espejo, es alegría, es consuelo, es abrazo, es corrección, es bálsamo del alma.

Retomemos, como hacemos habitualmente, la idea central del evangelio de ayer, que nos ayuda a seguir desmenuzando lo que no puede hacerse en unos minutos. Es duro escuchar que Jesús diga: “¿Piensan ustedes que he venido a traer la paz a la tierra?” Sin embargo, como siempre debemos interpretar estas palabras a la luz de lo anterior, del contexto en el que lo dice. En realidad, lo lindo y lo que nos ayuda a comprender esto, es que Jesús dice antes: “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” Jesús con su amor, con su presencia, vino a traer el fuego del amor a este mundo que vive insensible a lo que realmente importa y vale la pena. Jesús vino a este mundo a incendiar los corazones de aquellos que desean escucharlo y seguirlo, y desea que ya esté ardiendo en nosotros. ¿Cómo estamos nosotros hoy? ¿Ante qué cosas nos arde el corazón? ¿Qué cosas nos hacen arder el corazón? ¿El amor, el deseo de entregarnos, o las cosas mundanas y pasajeras?

Escuchamos en algo del evangelio de hoy este diálogo tan profundo entre este hombre que no se dice quién es, un hombre que nos representa a todos nosotros –a vos y a mí–, este hombre que le pregunta a Jesús ¿Qué tiene que hacer para ganar la vida eterna?, que tiene que hacer –diríamos nosotros– para ir algún día al cielo, para llegar a un lugar de paz definitivo.

El hombre pregunta qué debe hacer para alcanzar una vida más plena después de la muerte; y Jesús le redobla la apuesta proponiéndole una vida que desde ahora empiece a ser plena y no se conforme con poco.

Este hombre, vos y yo, quiere o queremos saber qué más hay que hacer, qué obras buenas tenemos que hacer; y Jesús termina invitándolo a seguirlo, algo distinto.

Este hombre dice “haber cumplido con todos los mandamientos”, se considera muy cumplidor, muy perfecto; pero Jesús lo invita a “vivir” las cosas, no a cumplirlas, y lo anima a buscar la perfección del evangelio, la de la santidad.

El hombre se fue triste porque no se animó a dejar nada, se aferró a lo que tenía, a lo que consideraba importante, se olvidó del tesoro del corazón, no se dio cuenta de lo que Jesús le tenía preparado, del amor que podía haber dado. Eso es lo que provoca en nuestra vida el aferrarse a lo que consideramos un bien, tanto material como espiritual, cuando en realidad el verdadero bien con mayúscula, es Dios., es Jesús.

Bueno… ¿Y nosotros?, nosotros también queremos tener tesoros en la tierra, tener y dejar cosas que perduren, “acumular”, que nos reconozcan, “asegurarnos” el futuro –un futuro del cual paradójicamente no tenemos control–; y sin embargo Jesús el único verdaderamente libre, nos invita a no acumular tesoros en la tierra, sino acumular tesoros en el cielo a través del amor y especialmente mediante el amor que damos a los más pobres, a los que les tocó, por decirlo de alguna manera, la más difícil.

Nosotros muchas veces nos conformamos con “cumplir” y creemos que con eso alcanza, y en cierto modo es verdad, porque nos alcanza para llegar al cielo; pero Jesús nos propone seguirlo para alcanzarlo a Él, desde ahora, en este momento.

Nosotros muchas veces, queremos todo, pero sin dejar nada, queremos una felicidad desde nuestra seguridad. Pero Jesús nos propone dejar cosas, pero para ganar todo, nos propone una felicidad, abandonando nuestra mayor riqueza, la seguridad.

Entonces, ser cristiano es seguir a Jesús –la persona más amada por los hombres de todos los tiempos y la más despreciada– no es solamente “cumplir” los mandamientos. Ser cristiano es seguir a una Persona, no una moral; ser cristiano es amar a los más pobres dejando algo por aquellos que les tocó algo distinto y se les hace más difícil que a nosotros; ser cristiano es ser libre para elegir siempre lo mejor, haciendo que nuestra voluntad se corresponda al deseo de Dios.

Pidamos hoy todos juntos al Señor que nos ayude a ser desprendidos, a despojarnos de lo que supuestamente nos da seguridad, y querer encontrar esta felicidad solo en Dios; dejando algo, para encontrar a Jesús.

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