Mateo 22, 34-40 – XX Viernes durante el año

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en ese lugar, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.»

Palabra del Señor

Comentario

Jesús desea que el “fuego de su amor ya esté ardiendo en la tierra”, así decía la palabra del domingo, sin embargo, no puede arder en la tierra si antes no arde en nuestros corazones. Esa es la clave, corazones ardientes y enamorados del amor de Dios, cristianos que hablemos menos y amemos más. Es inútil y desgastante hablar mucho, reunirse un sin fin de veces en reuniones organizativas, escribir muchos libros para que alguien los lea y no hacer nada. Muchas veces en la Iglesia perdemos mucho tiempo, mientras los demás nos esperan ahí, a la vuelta de la esquina, mientras los más pobres nos necesitan, mientras la tarea es inmensa, siempre mayor de lo que podamos hacer, pero no importa, debemos seguir adelante. El fuego de Jesús trae la división a nuestro corazón para que elijamos siempre el amor y la entrega, y no la charlatanería y la pérdida de tiempo.

Hay una cara del Evangelio que muchas veces no se ve, por diferentes motivos, pero no se ve. Es una lástima, pero creo que es así. Lleva años en la vida dar pasos en el ver, en un ver que, en realidad es una imagen de la vida, no solo referido a la acción del ver, sino que se refiere a una “lectura”, una interpretación que se hace de la vida, de lo que pasa, de lo que nos dice Jesús. Pero… ¿Por qué no se ve bien? Muchas veces no se ve porque es “más fácil” no ver en profundidad las cosas, ver en serio implica un esfuerzo y eso tiene una consecuencia, cambiar. Otras veces no se ve porque no se “tiene capacidad” para ver, somos “cortos” de vista, miopes, somos ignorantes del ver y por eso el hombre anda por la vida “viendo” lo que se le antoja y no lo importante, y además lo más común, es que lo que se le antoja pocas veces es lo más esencial de la vida. También están los que “no quieren” ver, y como se dice “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, el que mira para otro lado para evadirse de la realidad, para “hacer la suya”, para justificar sus ambigüedades, para tener algo que avale sus mentiras, su doblez de corazón, su hipocresía. Creo que es un tema lindo esto del “ver”, algún día lo retomaremos en nuestros audios.

¿Qué parte del evangelio, del anuncio de Jesús a veces no se ve? Creo que un tema olvidado, y que también tiene que ver con el evangelio del domingo, es el rechazo, las pruebas que tuvo que pasar Jesús y por eso, también nosotros. A Jesús lo pusieron a prueba muchísimas veces. En realidad, podríamos decir que su vida fue una gran “prueba”. Dios se sometió a la prueba de este mundo que “no ve bien”, de un mundo ciego de amor, ciego de verdad, ciego de belleza y lo que es peor, convencido además de que “ve bien”.

El fariseo de algo del evangelio de hoy pone a prueba a Jesús. Como lo hace el mundo con Dios y con la Iglesia. Un amigo que desde hace poco que se convenció de lo lindo que es seguir a Jesús, en realidad recibió la gracia de la conversión, me dijo algo así: “Amigo, desde que estoy siguiendo a Jesús, me estoy dando cuenta quienes son mis verdaderos amigos, me estoy quedando con menos amigos” Es así, le dije, basta que uno empiece a decir lo que piensa, que rápidamente los que se autodenominan “abiertos” y “liberales” empiezan a “crucificarte” con sus comentarios y actitudes por no pensar cómo piensan ellos. Mi amigo me contestó: “Prefiero estar con Jesús” ¡¡Ese es mi amigo le dije!! Qué alegría encontrar conversos que viven la fe a veces, más convencidos que los que estamos desde hace tiempo en el camino. Debemos saber que, depende en el ambiente que nos movamos, si realmente nos jugamos por Jesús y la Iglesia, su Esposa, vamos a vivir el rechazo, la burla y la indiferencia, de los que se jactan de no creer o de creer a su manera o incluso muchas veces de los miembros de la misma Iglesia, como les pasó a muchos santos, que no fueron comprendidos por superiores, sacerdotes, obispos y Papas.

No podemos dejar de “ver” estos momentos de la vida de Jesús. Si los ocultamos o no los queremos ver, o preferimos ponerles edulcorante a las escenas del Evangelio vamos a la larga, a sufrir más, porque armaremos un evangelio a nuestro modo y cuando llegue la cruz “saldremos corriendo” pensando que nos engañaron. Jesús no engañó a nadie, ni a sus discípulos, ni a nosotros. Los evangelistas no engañaron a nadie, dejaron por escrito todo lo necesario para que conozcamos al verdadero Jesús. Ahora, depende de nosotros “ver” toda la realidad y también alegrarnos porque, en definitiva, Jesús ganó siempre, ayer, hoy y siempre ganará. Él siempre “ganó” las discusiones a todos los que le discutieron, no por la fuerza y su lógica en los argumentos, sino por la fuerza del amor que terminó triunfando en la cruz, en la prueba. Jesús, no perdió nunca porque aprendió a “perder”, a contestar y a callar, a vivir y a morir, a frenar o seguir de largo. En realidad, Él nunca discutió, sino que mostró la verdad y calló, “quien quiera entender, que entienda”. No discutamos con un mundo o una persona que no quiere dialogar, solo mostremos la verdad que reluce por sí misma cuando la vivimos, pero necesita tiempo, mucho tiempo. Tengamos paciencia, no nos enojemos. No te enojes con los que te “ponen a prueba”, es parte de la vida, es parte de vivir en la verdad. Cuanto más cerca de la verdad estemos, más nos confrontarán y nos “buscarán” para hacernos “pisar el palito”. Acordémonos que el único Evangelio que leerán algunos es nuestra propia vida, coherente, sencilla y verdadera. No nos olvidemos que muchos no desean creer en Dios, pero si pueden creer en el amor, y Dios es amor, por eso amar al hombre también es, de algún modo, amar a Dios y amando a Dios amamos más a los hombres.

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