Mateo 5, 17-19 – III Miércoles de Cuaresma

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

«No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.»

Palabra del Señor

Comentario

Si supiéramos lo que nos perdemos cuando nuestra relación con Dios se basa en un “comercio”, creo que nos espantaríamos. Todo comercio se basa en una transacción, en la que se entrega algo para recibir otra cosa a cambio y solo se da si se recibe algo como remuneración, esto es básico, no hace falta explicarlo mucho. Si Jesús echó a los vendedores del templo, no fue solo por algo contra ellos, sino también contra los que compraban animales para darle algo a Dios. Esa es la cuestión. A Dios no tenemos que darle cosas, sino que tenemos que darnos nosotros mismos. A nuestro Padre no le interesa tanto “lo que le damos”, sino por qué lo damos. Podemos darle todos nuestros bienes, podemos darle todo nuestro tiempo, pero si no le damos el corazón gratuitamente, sin esperar algo a cambio, de la misma manera que Él lo hace con nosotros, en el fondo no le estaremos dando nada. Por eso Jesús se indigna con el “comercio” religioso de nuestro templo-corazón. ¿Que nos enseñaron desde niños? ¿Qué nos siguen enseñando hoy? Creo que Jesús arma el “látigo” para echar los vendedores de nuestro corazón, muchas más veces de las que imaginamos. No debemos juzgarnos entre nosotros, pero debemos reconocer que muchas veces nos paramos frente a Dios como unos simples comerciantes y que no nos damos cuenta. Incluso en la Iglesia, a veces, planteamos la fe como un “tome y traiga”, “dé y se le dará”, como una transacción, y es ahí cuando la empobrecemos, cuando la vaciamos de su verdadero contenido, de lo más profundo, de la gratuidad del amor que no se compra ni se vende.

Hay dones, absolutamente gratuitos de Dios que a veces no terminamos de reconocer y valorar, ¿sabés cuáles son? Los mandamientos. ¿Cómo? ¿Los mandamientos? Si, para la palabra los mandatos de Dios siempre fueron un don, un regalo, una guía. Todo lo que nos han enseñado que no colabora a pensar así, es un error, es un desvío. Los mandamientos son un don de Dios para nuestra vida, son faros de luz en nuestras vidas. Para vos, para mí, para tus hijos. Así es como hay que enseñarlos.

Si en algún momento de nuestra vida de fe, nos invadió la ilusión de que Jesús vino a la tierra para liberarnos de la necesidad de vivir los mandamientos, algo del evangelio de hoy nos rompe un poco los esquemas: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” No piensen eso, no piensen así diríamos nosotros. No piensen que es tan fácil. No sean extremistas, no se vayan a los extremos. Al contrario, no vine a desecharlos, sino a enseñarles a vivir la ley. En realidad, Jesús como Hijo del Padre, vino a liberarnos de la esclavitud del cumplimiento sin corazón, del cumplimiento vacío de amor, del cumplimiento que busca calmar una culpa, del cumplimiento que no mira el corazón de Dios sino el propio corazón, de una relación con Dios, comercial. Si ya desde el mismo Evangelio aparecen estas palabras de Jesús quiere decir que siempre existe ese peligro de que ante la novedad queramos a veces desechar lo anterior como ya superado. Es la gran tentación, caer en los extremos. Cumplir sin corazón o dejar de cumplir. No, mejor cumplirlos con amor. Los mandamientos, la ley de Dios del AT no es para desecharla, sino para superarla y vivirla como Jesús nos enseña. Por eso San Pablo, sintetizando toda esa idea, nos dirá, “amar es cumplir la ley entera”. Si no agregamos la sal del amor a nuestras obras no somos nada, no somos cristianos, somos cumplidores de una ley. Si dejamos de cumplir los mandamientos “chapeando” con la excusa del amor, en realidad no estamos amando. La sal da sabor y desaparece entre la comida, no se ve. El amor al Padre debe ser la sal escondida de nuestras obras, de nuestro modo de ser, de nuestro ser hijos de Dios, que le da sentido al vivir sus mandamientos. Ese es el desafío de nuestra vida. Liberarnos de vivir una relación con Dios que se basa en el miedo, en el cumplir por cumplir, en el cumplir porque me lo dijeron, en el cumplir porque me conviene, en el cumplir porque así seré más bueno, en el cumplir para quedarme tranquilo. Y al mismo tiempo corregirnos si pensamos que “liberarse” es no escuchar los mandamientos, o es desechar los mandamientos como si fueran normas que “ya no van”, que “ya no sirven”, que hay que adecuar y cambiar. Los dos los extremos hacen mal, son un engaño, se tocan entre ellos.

Pidámosle hoy a Jesús, el Hijo que nos enseña a vivir como hijos libres, a que el amor sincero sea el que nos impulse a no tirar los mandamientos por el balcón creyendo que ya pasaron de moda, pero que al mismo tiempo nos ayude a vivir más allá de ellos, sabiendo que el amor debe regir nuestra vida, amando de verdad, salando nuestras obras con ese condimento que nos da la verdadera libertad. Pidámosle al Señor que nos dé de beber que nos de su agua, que nos calma la sed el corazón.

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