Mateo 5, 17-19 – X Miércoles durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.

Palabra del Señor

Comentario

Si vivimos como hijos empezamos a iluminar, si vivimos como hijos empezamos a sazonar, a salar todo lo que vamos tocando con nuestro corazón, con nuestra presencia. El mundo necesita hijos de Dios que quieran glorificar a su Padre, necesita hijos que no busquen su propia gloria, ni siquiera la gloria mundana de la Iglesia como primer fin, sino la gloria del Padre, de ese Padre al cual le rezamos cada día en la oración de los hijos de Dios, ese Padre que es Padre tuyo, mío y de todos. Ese Padre que necesita ser conocido cada día más. ¿Qué hijo que ama a su padre no desea que su padre sea conocido? ¿Qué hijo se avergüenza de un padre que es bueno siempre con todos?

Esta semana empezamos el sermón de la montaña con esta idea, con esta exhortación de Jesús a que definitivamente seamos lo que somos, aunque parezca redundante. Somos luz y sal y si no estamos iluminando y salando es porque no terminamos de darnos cuenta la dignidad de hijos que Jesús nos dio. Él vino a crear una nueva humanidad, la humanidad de los nuevos hijos, nacidos de lo alto, nacidos del Espíritu de Dios que viene a recrear todas las cosas, entre ellas, tu corazón y el mío. Aprovechemos a pedirle con el corazón, a elevar nuestro corazón de hijos e hijas con sinceridad, rogando nacer de nuevo, rogando ser conscientes de tanto regalo, rogando ser luz y sal.

¿Conociste alguna vez un cristiano que vive realmente como hijo, un cristiano que vivió como hijo? ¿Qué iluminaba, salaba cada lugar y corazón que conocía? Qué lindo es conocer cristianos hijos, no cristianos de nombre, o de apellido. Cristianos que iluminan y no opacan, hijos del Padre que se mezclan con el mundo, con las cosas y como la sal, le dan sabor sin dejar de ser sal, aunque aparentemente no se vean. ¡Cuántos cristianos hijos faltan en nuestro mundo! ¡Cuántos cristianos que glorifiquen a Dios Padre hacen falta en nuestras parroquias, en nuestras familias, en nuestros grupos de oración, en nuestros movimientos, en cada rincón de este planeta lleno de tinieblas, insípido de tanto olvido de Dios! Son pocos los hijos de la luz, son pocos los hijos del Padre que se dan cuenta de esta invitación de Jesús. Pensemos que clase de cristianos somos, ¿hijos consientes y maduros, o adolescentes que se creen totalmente independientes de su amor?

Jesús, nuestro hermano mayor… queremos ser hijos de corazón, queremos empezar de una vez por todas a vivir y a sentir como hijos. Queremos formar parte de este nuevo Reino de los hijos de Dios. ¿Qué es el Reino de Dios sino el Reino de los hijos? Dios tiene miles y miles de hijos, pero no todos los hijos lo aceptan como Padre. El Reino de Dios es el reino de los que aceptan al Padre como rey y quieren glorificarlo en todo.

Hoy, en algo del evangelio, Jesús nos quiere ayudar, como intentó hacerlo en ese tiempo a los que lo escuchaban, que no siempre hay que oponer para encontrar la solución, sino que muchas veces es necesario integrar. Al enseñar algo nuevo, en este caso la nueva ley, la ley de la gracia, nuestra mente y nuestro corazón automáticamente intentan desechar lo antiguo, la antigua ley, como queriendo encontrar una solución a la imposibilidad de poder vivirla, sin embargo, Jesús es claro: “No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir…” “No piensen que por decir algo nuevo, o decirlo de otro modo, quiero desechar lo anterior, como si fuera que no sirve, sino por el contrario, quiero ayudarlos a comprenderla, para que puedan vivirla”. Todos corremos ese riesgo, la Iglesia también lo corrió muchas veces, “tirar lo viejo para traer algo nuevo”, por el solo hecho de que lo nuevo parece mejor. Sin embargo, el esfuerzo debe ponerse en cómo vivir lo viejo con corazón nuevo, con mirada distinta.

Jesús de alguna manera, en este pasaje, explica qué relación hay entre este nuevo modo de vivir de los hijos de Dios y el modo de vivir anterior, bajo la ley del antiguo testamento.  ¿Cómo es? ¿Este nuevo modo anula el anterior? ¿Este nuevo modo excluye lo antiguo? ¡No! Al contrario, lo incluye. Este nuevo modo, llevará a la plenitud el anterior si aprende a asumir lo antiguo. Jesús no puede borrar con el codo lo que Padre escribió con su mano. Él vino a cumplir los mandamientos, a vivirlos, a enseñarnos su corazón escondido bajo la letra fría de la ley. Pero, además, algo mucho más grande, vino a hacernos capaces de cumplirlos, de vivirlos, vino a darnos la fuerza y la gracia para cumplirlos. Esa es la novedad. Vino a enseñarnos a cumplir los mandamientos, pero no solo por el hecho de cumplirlos, sino a vivirlos como hijos del Padre, con corazón de hijos. Cumplirlos por amor, con amor y desde el amor. Eso nos hará grandes. Eso nos hace grandes, justamente lo pequeño e imperceptible, como la sal. ¿Qué nos hace grandes? El ser hijos, aunque nadie lo sepa, y el enseñar a ser hijos a los demás. Jesús invierte todo!! Da vuelta todo para que aprendamos a ser hijos en lo sencillo y desconocido por los demás. ¿Qué nos va haciendo cada día felices y plenos en lo que hacemos? ¿Glorificar a nuestro Padre del cielo haciendo su voluntad o complacernos a nosotros mismos y a los demás cumpliendo las cosas con frialdad?

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