Mateo 5, 17-19 – X Miércoles durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una i ni una coma de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la tierra, hasta que todo se realice.

El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos.

Palabra del Señor

Comentario

Otro lugar, por decirlo así, otro modo en donde se nos presenta la oportunidad de aceptar la voluntad de Dios es en las enfermedades. La voluntad de Dios toma muchas veces el color de la aceptación, de la aceptación de lo que seguramente Dios no quiere de manera directa, Dios “no lo manda” como decimos a veces, pero irremediablemente pasa, o misteriosamente lo permite. La historia de la salvación, la historia de la humanidad muestra claramente que el dolor y el sufrimiento es parte del acontecer de nuestras vidas, sería de necios negarlo. Podemos enojarnos, “patalear” y tantas cosas más, pero imposible negarlo. Aceptar una enfermedad, un contratiempo, un dolor de otros que nos traspasa el corazón, no quiere decir no intentar sanarlo o solucionarlo, resignarse como si el sufrir sea algo bueno en sí mismo, sino que quiere decir aprender a encontrar en esas situaciones una oportunidad para descubrir un aspecto de nuestras vidas que a veces permanece oculto, nuestra capacidad de amar. En el dolor, muchas veces, aparece lo mejor, si aprendemos justamente a ofrecerlo al Señor como camino de santidad, como Él mismo tuvo que hacerlo por nosotros. Hay personas que se santifican en la enfermedad, hay miles de enfermos en el mundo en este momento que son ejemplo de amor para nosotros, que enseñan a sus familiares cual es el verdadero sentido de la vida y que al mismo tiempo ellos aprenden a centrarse en lo esencial. A vos y a mí de alguna manera alguna vez nos visitará la enfermedad, por ahí estás enfermo en este momento… bueno… Dios no quiere que sufras, pero si quiere que aprendas a entregarle ese dolor, que aceptes que a través de esa enfermedad te encontrarás mejor con los demás y con vos mismo.

Empezamos en estos días el sermón de la montaña con esta idea, con esta exhortación de Jesús a que definitivamente seamos lo que somos, aunque parezca redundante. Somos luz y sal y si no estamos iluminando y salando es porque no terminamos de darnos cuenta la dignidad de hijos que Jesús nos vino a dar. Jesús vino a crear una nueva humanidad, la humanidad de los nuevos hijos, nacidos de lo alto, nacidos del Espíritu de Dios que viene a recrear todas las cosas, entre ellas, tu corazón y el mío. Aprovechemos a pedirle con el corazón, a elevar nuestro corazón de hijos e hijas con sinceridad, rogando nacer de nuevo, rogando ser conscientes de tanto regalo, rogando ser luz y sal.

¿Conociste alguna vez un cristiano hijo, un cristiano que vivió como hijo? ¿Qué iluminaba, salaba cada lugar y corazón que conocía? Qué lindo es conocer cristianos hijos, no cristianos de nombre, o de apellido. Cristianos que iluminan y no opacan, hijos del Padre que se mezclan con el mundo, con las cosas y como la sal, le dan sabor sin dejar de ser sal, aunque aparentemente no se vean. ¡Cuántos cristianos hijos faltan en nuestro mundo! ¡Cuántos cristianos que glorifiquen a Dios Padre hacen falta en nuestras parroquias, en nuestras familias, en nuestros grupos de oración, en nuestros movimientos, en cada rincón de este planeta lleno de tinieblas, insípido de tanto olvido de Dios! Son pocos los hijos de la luz, son pocos los hijos del Padre que se dan cuenta de esta invitación de Jesús es para ellos también. Pensemos que clase de cristianos somos, ¿hijos consientes y maduros, o adolescentes que se creen independientes?

Jesús, nuestro hermano mayor… queremos ser hijos de corazón, queremos empezar de una vez por todas a vivir y a sentir como hijos. Queremos formar parte de este nuevo Reino de los hijos de Dios. ¿Qué es el Reino de Dios sino el Reino de los hijos? Dios tiene miles y miles de hijos, pero no todos los hijos aceptan al Padre. El Reino de Dios es el reino de los que aceptan al Padre como Rey y quieren glorificarlo en todo.

Hoy, en algo del Evangelio, Jesús explica qué relación hay entre este nuevo modo de vivir de los hijos de Dios y el modo de vivir anterior, bajo la ley del AT.  ¿Cómo es? ¿Este nuevo modo anula el anterior? ¿Este nuevo modo excluye lo antiguo? ¡No! Al contrario, este nuevo modo, lleva a la plenitud el anterior. Jesús no puede borrar con el codo lo que el Padre escribió con su mano. Jesús viene a cumplir los mandamientos, pero además vino a algo mucho más grande. Viene a hacernos capaces de cumplirlos, viene a darnos la fuerza y la gracia para cumplirlos. Esa es la novedad. Viene a enseñarnos a cumplir los mandamientos, pero no solo por cumplirlos, sino a vivirlos como hijos, con corazón de hijos. Cumplirlos por amor, con amor y desde el amor. Eso te hará grande. Eso nos hace grandes, justamente lo pequeño e imperceptible, como la sal. ¿Qué nos hace grandes? El ser hijos, aunque nadie lo sepa, y el enseñar a ser hijos a los demás. Jesús invierte todo!! Da vuelta todo para que aprendamos a ser hijos en lo sencillo y desconocido por los demás. ¿Qué te va haciendo cada día feliz y pleno en lo que hacés? ¿Glorificar a tu Padre del cielo haciendo su voluntad o complacerte a vos mismo y a los demás cumpliendo las cosas con frialdad?

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta