Mateo 5, 27-32 – X Viernes durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes han oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón.

Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para ti una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de ti: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena.

También se dijo: El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio. Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete adulterio.

Palabra del Señor

Comentario

El sermón de la montaña que venimos escuchando en estos días y que seguiremos escuchando durante algunas semanas, es el sermón que da vida a aquellos que lo escuchan con corazón de hijos. ¿Qué significa esto? Quiere decir que solo las puede entender aquel que se siente hijo del Padre y como hijo, jamás quiere ofender a su Padre en lo más mínimo, pero no como por una especie de puritanismo o moralismo centrado en uno mismo, sino por amor al que le dio la vida. El hijo que ama verdaderamente a su Padre sabe que cualquier ofensa a otro hijo, es motivo de dolor para su Padre. El hijo de Dios que va reconociendo el amor del Padre, sabe que Jesús, el Hijo con mayúscula, es el que nos vino a enseñar el verdadero sentido de la ley y el que vino a interpretarla en profundidad. Por eso, escucharemos varias veces: Ustedes han oído que se dijo… Yo les digo. Como si nos dijera: “Ustedes escucharon y aprendieron los mandamientos en su infancia, en su juventud, está bien… Ahora Yo se los vengo a explicar, Yo vengo a descubrirles el espíritu de lo que el Padre les enseñó. Yo vengo a que no se queden en la letra, en la literalidad de las palabras y vayan más allá, y descubran que el mandamiento no es solo una prohibición, sino una invitación al amor, una invitación a vivir plenamente”

¿Cuántas cosas en nuestra vida “hemos oído que se dijo”? Podríamos decir que muchas cosas en nuestra vida se basan en un “escuché que se dijo” o “esto fue lo que aprendí o me enseñaron” o “siempre se hizo así o todos lo hacen así” Bueno, Jesús quiere sacarnos de ese esquema rígido que muchas veces nos hace acomodarnos a nuestra conveniencia. No podemos escudarnos en que “a mí me lo enseñaron así” “esto lo hago porque todos lo hacen”. Tenemos que escuchar a Jesús desde la montaña. Imaginamos que en nuestra vida empecemos a decir: Yo escuché lo que Jesús dijo, yo quiero vivir según lo que Jesús dice, porque lo que Jesús dice es lo que el Padre quiere, y lo que el Padre quiere es lo mejor para mí y para la humanidad, para todos. Si todos escucháramos lo que Jesús nos enseña, en definitiva, todos viviríamos como hermanos, todos nos sentiríamos hermanos, y en caso de herirnos, como nos pasa tantas veces porque somos débiles, aprenderíamos a perdonarnos. Ese es el deseo del Padre para toda la humanidad, es recrear una nueva humanidad, la de los verdaderos hijos de Dios. Qué bueno sería. ¿Qué dice hoy Jesús el algo del evangelio para que podamos escuchar y seguir aprendiendo? ¿Qué dice el Padre?

Ayer era evidente que al Padre no le gusta que nos “matemos” entre hermanos, ni siquiera de pensamiento, mucho menos de palabra, ni de obra. No quiere que nos enojemos, que insultemos y mucho menos, que maldigamos a los otros.

Bueno, hoy es evidente que el Padre quiere cuidar el amor entre sus hijos, el amor entre el hombre y la mujer, fundamentalmente la familia, porque nos creó hombre y mujer, por más que hoy ciertas ideologías quieran dictatorialmente imponernos que podemos renegar de nuestra naturaleza. Al Padre no le gusta la lujuria, sabe que nos hace mal. El creó la sexualidad para nuestro bien, para expresar el amor mutuo y engendrar vida, dos fines que no se pueden separar. Por eso, no le gusta, no desea que nos usemos como si fuéramos objetos. Quiere que sus hijos se miren con ojos de hermanos, como Jesús, con ojos puros. Los hijos de Dios se miran mutuamente, tanto el hombre a la mujer, como la mujer al hombre, como hermanos y no como objetos de deseo y satisfacción personal. Por eso mirar con deseo de tener alguien que no nos pertenece y que no es un objeto, sino un hermano o hermana, o mirar deseando que lo que miro sea una realidad para mí, es ya de alguna manera lograr lo que deseo. No somos dos realidades diferentes, somos una unidad. Somos cuerpo y corazón, cuerpo y espíritu, no podemos separar nuestra mirada de los que sentimos y pensamos, aunque a veces lo intentemos. Una cosa alimenta a la otra y al revés. “La lámpara del cuerpo es el ojo” dice Jesús, es por la mirada por donde entran al corazón las imágenes que nos mueven el corazón para desear lo que nos hace bien o mal, y desde el corazón salen los deseos que nos hacen mirar aquello que alimentan ese buen o mal deseo.

Por eso podemos ofender al Padre con los ojos, y los ojos pueden transformarse en inicio de malos deseos en el corazón. Esto vale tanto para los varones como para las mujeres. Tanto por mirar con deseo, como por provocar que los otros nos miren con deseo desordenado. Los verdaderos hijos de Dios no buscan mirar con deseo de poseer a nadie, ni tampoco les interesa que los miren con deseo, deseos de vanidad. Pidamos al Padre que nos enseñe a mirarnos como hermanos, mirarnos como Él nos mira, mirar como Jesús miraría, como la Virgen nos mira.

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