Mateo 5, 38-42 – XI Lunes durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiere hacerte un juicio para quitarte la túnica, déjale también el manto; y si te exige que lo acompañes un kilómetro, camina dos con él.

Da al que te pide, y no le vuelvas la espalda al que quiere pedirte algo prestado.

Palabra del Señor

Comentario

Hay que animarse para subir una montaña, es lindo subir una montaña. Seguro que alguna vez lo hiciste, seguro que alguna vez en algún campamento, de chico, te hicieron subir a una montaña y tuviste esa experiencia, cansadora pero gratificante al mismo tiempo, es inevitable, para llegar arriba hay que esforzarse. Es la propuesta de estas semanas, junto a Jesús, simbólicamente subir a la montaña, subir para estar con él y poder escucharlo, para recibir en el corazón la ley del Reino de los hijos de Dios, la nueva ley del Reino de Dios, la que ya no quedó grabada en piedras, como la ley de Moisés, sino que quedó grabada en los corazones de los discípulos y desde ese día fue transmitiéndose de corazón a corazón, hasta nuestros días. El sermón de la montaña empezaba con las bienaventuranzas… ¿te acordás? Eran como el prólogo, su comienzo.

En este comienzo de semana, te propongo hacer juntos el camino espiritual de ir subiendo, intentar que las palabras de Jesús nos vayan atrayendo tanto, que tengamos ganas de subir interiormente para elevarnos espiritualmente. No hay otro camino para ver las cosas diferentes, para ver el paisaje desde otro panorama hay que subir. Solo desde arriba se puede disfrutar la vista de una manera nueva y única. Lo mismo pasa con las palabras del sermón de la montaña, lo mismo pasa con la nueva ley de los hijos de Dios. Solo el que sube, el que se deja elevar las comprende y asimila, solo el que se pone en camino para subir, para salir de uno mismo, de la comodidad de sus pensamientos y sentimientos, puede aceptar que Jesús venga a decirnos: Ustedes han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo… Solo Él puede darle sentido pleno a la ley grabada en piedras frías y sin vida, sólo Él puede grabar la ley del amor verdadero en corazones con vida.

Vamos a subir juntos esta semana, vamos a escuchar la ley de los hijos de Dios que tiene que ser “superior”, “mejor”, es “superadora” en comparación a la de los escribas y fariseos, mucho mejor a la de los que creen que por cumplir están salvados, que están con la conciencia tranquila, o están agradando a Dios. Un hijo quiere más, un hijo no calcula, un hijo se entrega de corazón.

Como tantos hombres a lo largo de la historia que escucharon estas palabras de algo del evangelio de hoy, seguramente te sorprenderás, te asustarás o bien te enojarás porque te parece una locura semejante pedido de Jesús o te parece incluso injusto e ilógico. Pero vuelvo a decirte lo que te dije muchas veces: para comprender hay que creer, para aceptar hay que amar las palabras de Jesús y para comprender y aceptar  hay que salir de uno mismo, hay que esforzarse un poco para no creérsela, para no considerar que nosotros tenemos la verdad. Se necesita humildad y para ser humilde hay salir del yo, hay que vencer ese gigante interior que es el ego.

Yo les digo… Yo les digo nos dice Jesús. Yo les digo que el mal no se soluciona con otro mal. Que el fuego no se apaga con alcohol, que lo mojado no se seca con agua. Yo les digo que el mal solo puede ser vencido con el bien. Yo les digo que la mejor arma para destruir y afrontar el mal es el amor y la verdad, y ¿cuál es la verdad? La verdad es que el amor es el remedio al dolor, es el remedio al odio, es la respuesta a la mentira, es la solución a la ira, a la violencia, a la insensatez, a la corrupción, al engaño, a la tristeza, a la hipocresía y así podríamos seguir nombrando todos los males de este mundo.

Presentar la otra mejilla, dar el manto, acompañar más de la cuenta, no es ser estúpidos, no es dejarse aplastar por el mal. Al contrario, es ser inteligentes y triunfar de otra manera. Es responder con bien. No es ser tontos y dejar que el mal triunfe dejándome pegar, dejando que la injusticia gane la pulseada. ¡No! Eso no es cristiano, no es de hijos de  Dios. Poner la otra mejilla, es responder con un bien y que eso incluso nos exponga a recibir otro mal, para volver a responder con un bien, hasta el final. El que ama se expone. El que ama se expone a sufrir por amor, no por masoquismo. ¿Qué es lo que pretendemos hacer cuando respondemos a un mal con otro mal? Ganar. Queremos hacer justicia por mano propia y lo hacemos a nuestra manera, creyendo que de eso modo lo solucionaremos. Pero tenemos que entender que no hay otra manera de vencer al mal que con el bien, no existe otro camino posible, por más que nos empeñemos en buscar otros caminos.

Probá vivir estas palabras llenas de sabiduría de hoy, en lo sencillo de tu vida. Respondé con una sonrisa alegre al saludo amargo de lunes por la mañana, ese saludo de tu compañero o jefe del trabajo. Respondé dejando el asiento a otro aunque a vos te lo hayan negado. Respondé dando más de lo que te pidieron y es estrictamente necesario, aunque no parezca necesario. Respondé llamando al que te quiere y vos estás esperando que te llame por la dureza del corazón. Hay miles de formas de probar, hay cientos de oportunidades en este día para vivir de verdad el evangelio de Jesús. Probá, no te vas a arrepentir, vas a salir ganando, en el fondo… lo que siempre queremos.

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