Mateo 5, 43-48 – XI Martes durante el año

Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?

Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor

Comentario

Cuando se sube una montaña se experimentan muchas sensaciones. Lo habrás vivido alguna vez. Los comienzos siempre son para entusiasmarse, siempre es lindo empezar, es lindo emprender un viaje nuevo, una ruta nueva. Por eso, cuando se empieza a subir una montaña, a treparla, generalmente se empieza con ganas, mirando la cumbre, mirando el lugar donde queremos llegar, mirando la meta y eso, moviliza a caminar. La cumbre atrae, las ganas de estar ahí, anima a levantar la cabeza y a poner todas las fuerzas en cada paso. Imaginemos eso. Imaginemos eso mismo, pero siendo Jesús la cumbre, siendo Él mismo la meta. Él está en la cumbre, hablándonos, diciéndonos este sermón desde la montaña para darnos vida, para enseñarnos a amar con todo el corazón, para ayudarnos a que descubramos todo lo que podemos amar. Cuando se escucha la Palabra de Dios, se experimentan también muchas sensaciones, ojalá que estemos experimentando las ganas de escuchar, las ganas de subir para ver mejor y escuchar de cerca. Sin embargo, hay que reconocer, que cuando uno escucha las palabras de Dios de hoy, y piensa que la cumbre del amor, es el amor a los enemigos, nos puede también pasar lo contrario, no puede pasar que se nos vayan las ganas de subir, sobre algo de esto intentaremos hablar en esta reflexión.

Como decíamos ayer, no se puede ver bien sin subir, no se puede comprender la Palabra sin hacer un esfuerzo para salir de uno mismo. Mucho menos las palabras de algo del evangelio hoy, que parecen cada vez más difíciles e imposibles para nuestra pobre mente y nuestro corazón a veces tan mezquino, que no termina de comprender el infinito amor de Dios, que no hace distinción y hace llover sobre todos, malos y buenos.

Seguramente en nuestra vida oímos muchas cosas, quizás nos enseñaron muchas cosas, de algún modo fuimos adquiriendo muchas cosas, costumbres, modos de pensar y sentir, algunas muy buenas y otras no tanto. Todos fuimos aprendiendo a amar como pudimos, según lo que vimos, según lo que nos enseñaron y lo que supimos comprender. Muchas cosas las copiamos sin darnos cuenta, otras fuimos construyéndolas nosotros mismos con nuestro discernimiento. En definitiva, lo que quiero decir es que no somos perfectos ni mucho menos, no amamos perfectamente, no sabemos y a veces no podemos, aunque queremos. Creo que no es necesario ser muy inteligente o humilde para reconocer esta verdad, incluso experimentarlo puede ser causa de sufrimiento interior, nos gustaría amar más y mejor, porque fuimos creados para eso, sin embargo, experimentamos nuestra debilidad y no nos alcanza nuestro pobre amor.

A pesar de todo esto, hoy Jesús nos habla del desafío más grande que podamos imaginar: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” Una propuesta que se estampa contra nuestra razón y el corazón. Es necesario que hagamos alguna aclaración previa para que no nos resulte todavía más difícil aceptar estas palabras de Jesús.  No debemos confundir la palabra “perfección” con perfeccionismo, como una pretensión de no equivocarse nunca, como un perfeccionismo voluntarista, alcanzado por nuestra obsesión de no equivocarnos. Jesús se refiere a otra cosa. En el fondo podríamos decir que nos está diciendo: “Amen como ama mi Padre, amen porque mi Padre los ama, hagan lo que hagan, amen a buenos y malos” Un hijo de Dios quiere amar como su Padre. Por eso seguimos con el tema de ser hijos y de vivir y amar como el Hijo de Dios. Porque si somos hijos ¿Cómo es posible que odiemos a un hermano? Si somos hijos de un mismo Padre que ama a todos, y no por un merecimiento personal ¿Cómo es posible que seamos capaces por ejemplo de negarle el saludo a alguien? El odio, el negar un saludo, el devolver con el mal al mismo mal recibido, son reacciones de los que todavía no se sienten hijos y hermanos de todos. De aquellos que todavía no tienen la fe suficiente.

Jesús nos pide estas actitudes, no solo por los enemigos, sino también por nosotros mismos. No solo porque todos son dignos de ser amados, sino porque nosotros tampoco somos dignos de odiar a nadie. El odio, no solo daña al que lo recibe, daña al que lo tiene. Nos hace mal a nosotros mismos. Por eso al perdonar a un enemigo, a alguien que nos hizo algún mal, nos perdonamos a nosotros mismos. ¿Quiénes son nuestros enemigos? Podríamos preguntarnos. No solo los que alguna vez nos hicieron algún mal, sino también aquellos que nos cuesta amar, por distintos motivos, los que nuestro corazón rechaza por “una cuestión de piel” como decimos a veces. ¿Qué nos pide Jesús? ¿Qué seamos amigos a la fuerza? No. Lo que nos pide es otro tipo de amor, el que por lo menos no le neguemos el saludo, que recemos por esa persona, que no critiquemos, que no lo juzguemos y que por supuesto, no le hagamos ningún mal.

Nuestro corazón está hecho para cosas más grandes. Somos hijos de un Padre que ama a todos y está deseando que sus hijos no se desprecien entre ellos. Probemos hoy saludar al que no nos saluda, probemos rezar por el que no nos quiere. Vamos a ver que no nos vamos a arrepentir.

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