Mateo 5, 43-48 – XI Martes durante el año

 

 

 Jesús dijo a sus discípulos:

Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen lo mismo los publicanos? Y si saludan solamente a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo los paganos?

Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo.

Palabra del Señor

Comentario

El crecimiento solo se ve con el tiempo y para poder ver las cosas en el tiempo, no queda otra alternativa que dejar que fluya, saber esperar al tiempo, darle tiempo al tiempo por decirlo así. El evangelio del domingo nos decía que la semilla, que es la palabra… “sea que duerma o se levante, de noche y de día, germina y va creciendo” Viene creciendo desde hace miles de años, va creciendo y seguirá creciendo, más allá de nuestra percepción, más allá de lo que podamos experimentar. ¿Porqué? Porque el crecimiento se da en el silencio y con el tiempo, y al mundo y a muchos de nosotros nos gusta el ruido y además somos ansiosos, impacientes. Todo en la naturaleza crece con el tiempo y ninguna plantita anda “gritando” mientras crece o lo anda diciendo por ahí. Las plantas crecen mientras nosotros seguimos nuestro ritmo de la vida. Lo mismo podríamos decir que pasa con el Reino de Dios. Dios no anda gritando por ahí, pregonando a los cuatro vientos todos los corazones que fueron conquistados por su amor, no, todo lo contrario. En cambio, cuando el maligno toma un alma y se la adueña, cuando un corazón se va dejando vencer por las tentaciones, rápidamente se vuelca hacia el ruido, hacia lo vistoso. Por otro lado, un alma enamorada de Dios, es por decir así, bajo perfil, silenciosa, ama y lucha en silencio, sin publicar lo que hace para que los demás lo aplaudan. Si sos un corazón que se deja sembrar por el amor de Dios, tenés que aceptar que los cambios y tu crecimiento lo verás con el tiempo, con paciencia y que no hace falta hacer mucha alharaca para ser un buen hijo de Dios, un santo.

Como decíamos ayer, no se puede comprender la Palabra sin hacer un esfuerzo para salir de uno mismo, sin ver de otro modo las cosas. Mucho menos las palabras de algo del evangelio hoy, que parecen cada vez más difíciles e imposibles para nuestra pobre mente y nuestro corazón mezquino, que no termina de comprender a Dios como Padre y además de todos. Un Padre que no hace distinción y hace llover sobre todos, sobre justos e injustos y hace salir el sol sobre buenos y malos.

En la vida todos hemos oído muchas cosas, por ahí en la vida te enseñaron muchas cosas sobre lo que es amar, por ahí en la vida fuiste adquiriendo muchas formas de amar, algunas muy buenas y otras no tanto. Todos fuimos aprendiendo a amar como pudimos, según lo que vimos, según lo que nos enseñaron, según lo que vivimos. Muchas formas las copiamos sin darnos cuenta, otras las fuimos construyendo nosotros mismos por decisiones propias. En definitiva, no somos perfectos ni mucho menos, no amamos perfectamente, porque no nos amaron perfectamente, ni tu familia ni la mía es perfecta. Sin embargo, y a pesar de todo esto, fuimos creados para amar y eso lo único que nos da felicidad. Incluso los malos quieren amar y te diría que hacen el mal muchas veces pensando que hacen el bien, incluso son capaces de plantear que matar un inocente es un bien en ciertos casos, con tal de salvar otra vida. Ilógico, pero es así.

Hoy Jesús nos propone el desafío más grande que podamos imaginar, un desafío no apto para cardíacos: “Sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo” o como dice otra traducción: “Sean misericordiosos como el Padre es misericordioso” Increíble la propuesta, increíble invitación de Jesús, pero la más linda de todas.

Antes que nada, no confundamos la palabra perfección con perfeccionismo, o como pretensión de no equivocarse nunca, como un perfeccionismo humano, o un moralismo heroico. No, Jesús se refiere a otra cosa más profunda, que incluye el deseo de no equivocarse. En el fondo nos está diciendo: Amen como ama mi Padre, amen a buenos y malos. Tengan misericordia. No discriminen decidiendo quien es digno de ser amado. Un hijo de Dios quiere amar como su Dios, como su Padre. Seguimos con el tema de ser hijos. Porque si somos hijos ¿cómo vamos a odiar a alguien? Si somos hijos de un mismo Padre que ama a todos ¿cómo es posible que le niegues el saludo a alguien? El odio, el rencor, el enojo, el negar un saludo, el devolver con el mal al mismo mal, son reacciones de los que todavía no se sienten hijos de un mismo Padre. Del que todavía no cree verdaderamente.

Jesús nos mandó estas cosas no solo por los enemigos, sino también por nosotros. No solo porque ellos son dignos de ser amados, como vos y yo, a pesar de sus errores, sino porque nosotros tampoco somos dignos de odiar a nadie. Nos hace mal, nos mata el corazón.

El odio daña al que lo tiene. Te daña a vos mismo. Por eso al perdonar a un enemigo te perdonas a vos mismo. Nos podemos preguntar: ¿Quiénes son nuestros enemigos? No solo los que alguna vez te hicieron un mal, sino también aquellos que te cuesta amar, que no te caen tan bien, que tu corazón los rechaza por “una cuestión de piel” como decimos a veces. ¿Qué te pide Jesús? ¿Qué seas amigo? No, que por lo menos no le niegues el saludo, que reces por él, que no lo critiques, que no le hagas mal, que no lo juzgues. Que no le pagues con la misma moneda. Nuestro corazón está hecho para cosas más grandes. Somos hijos de un Padre que ama a todos y está deseando siempre que sus hijos no se desprecien entre sí. Lo mismo que vos pretendes con tus hijos. Probá hoy saludar al que no te saluda, probá rezar por el que no te quiere y te critica. Vas a ver no te vas a arrepentir.

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