Mateo 7, 21. 24-27 – I Jueves de adviento

Jesús dijo a sus discípulos:

«No son los que me dicen: “Señor, Señor”, los que entrarán en el Reino de los Cielos, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en el cielo.

Así, todo el que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa; pero esta no se derrumbó porque estaba construida sobre roca.

Al contrario, el que escucha mis palabras y no las practica, puede compararse a un hombre insensato, que edificó su casa sobre arena. Cayeron las lluvias, se precipitaron los torrentes, soplaron los vientos y sacudieron la casa: esta se derrumbó, y su ruina fue grande.»

Palabra del Señor

Comentario

Soy de los que piensan, por supuesto basándome en la palabra de Dios y en las enseñanzas de la Iglesia, y cada día me convenzo más, de que son más la veces que Dios nos ayuda a “cumplir su voluntad”, que las veces que nosotros la cumplimos por iniciativa propia y por puro amor. Recibimos de Dios la esperanza, decíamos ayer. ¿Para qué? Para confiar en Él y poder amarlo como Él desea que lo amemos. Ser cristiano, antes que hacer cosas buenas, es aceptar que Él es Bueno, y que es Él el que hace la mayoría de las cosas y somos nosotros los que humildemente tenemos que ir “captando” esa “sintonía” de amor que da vueltas continuamente por nuestras vidas, que esté en el fondo de nuestro corazón. Cuando queremos construir nuestra vida de fe en una especie de “voluntarismo” narcisista, es cuando perdemos la esperanza, en realidad construimos nuestra propia esperanza, y ésta se puede derrumbar ante cualquier tormenta de la vida. Dejemos que, en este adviento, Dios nos muestre su voluntad, su camino, nuestra esperanza.

Te cuento algo que me pasó hace tiempo para que entiendas lo que quiero decir. Una vez, un tal Carlos apareció en mi vida para ayudarme a cumplir la voluntad de Dios. Carlos, en general los sábados y domingos a la salida de las misas, iba a pedirme ayuda porque su hijo muy chiquito estaba internado y él estaba sin trabajo. No siempre me encontraba con ganas o con humor, pero siempre sentía que era un enviado de Jesús para probar mi paciencia y mi caridad. Pero muchas veces, cuando estaba muy cansado, al final del día, me venían muchas dudas juntas y pocas ganas de ayudarlo. En esas tardes experimentaba mi gran debilidad y mi egoísmo, pero siempre Jesús se encargaba de ayudarme, de sacarme de esa situación y mostrarme otra cosa. Un sábado, mientras celebraba la Misa me acordé de él y mi parte egoísta me dijo interiormente: “Que hoy no venga” y además no tenía plata para ayudarlo. Por eso pensé en rezar por él, era lo mejor que podía hacer en ese día. En el mismo instante que estaba rezando interiormente por él (mientras celebraba la misa) lo vi aparecer por la vereda entrando a la capilla. Me alegré interiormente, no podía creer que, al rezar por él, lo haya visto. Al final de la misa vino a buscarme y no me pidió plata. Esa fue la primera lección que me dio Jesús. Nos abrazamos, me contó cómo estaba el hijo y se fue sin enojarse. Yo lo había prejuzgado, pensé que solo quería plata. Pero la cosa no terminó ahí. Al día siguiente, el domingo, me fue a buscar a la salida de la otra misa, justo cuando yo iba en camino a rezar, a dar gracias. Tenía pensado estar en adoración 30 minutos más o menos. En ese mismo instante se me cruzó. Me contó como andaba todo y pensé por dentro en no darle plata, aunque tenía, sino que ese día lo mejor que podía darle es que se encuentre con Jesús, en realidad tenía una mezcla interior de cansancio y egoísmo. Le dije: Carlos, vamos a rezar, entremos a la capilla. Entramos a la capilla de adoración, yo me fui a mi banco y él eligió otro. Pensé que iba a estar 5 minutos, que no iba a aguantar. Para mi sorpresa y admiración se quedó más de media hora y en un momento se paró y se largó a llorar desconsoladamente al lado mío. Traté de consolarlo, pero creo que yo tenía menos fuerzas que él y que él me consoló a mí. Además, me sentí muy egoísta. Apenas Carlos se fue, me quedé solo con Jesús sin palabras. Casi sin querer, en medio de mis egoísmos, Jesús se encargó de enseñarme que Él está ahí, sí, en la Eucaristía, en las misas, pero está también en Carlos, que se me cruzaba cada fin de semana, en cada pobre que nos necesita y que no puedo separar una cosa de la otra, los pobres son la carne de Jesús también. “No puedo decir Señor, Señor”, en la misa, en la adoración y no decir Carlos, Carlos, cuando lo veo cada fin de semana. Si lo hago soy un hipócrita, un cristiano de salón, un sacerdote que construye sobre arena y no sobre las palabras de Jesús. Esto que me pasó no me asegura nada, al contrario, es un llamado de atención por mi egoísmo que muchas veces no me deja ver a Jesús en los más necesitados que se me cruzan. Carlos, y todos los Carlos que conocemos y que a veces esquivamos, son los que finalmente, nos llevarán a los pies de Jesús y nos enseñan a cumplir la voluntad del Padre, mientras nosotros pensamos en cómo cumplirla. Los Carlos que se nos cruzan en definitiva son el mismo Jesús que nos dice a gritos, “construí tu vida sobre las obras de amor y no sobre las palabras, construí tu vida sobre mí y no sobre la arena de tus proyectos” Despertémonos en estos días para darnos cuenta que la voluntad de Dios no es tan complicada, sino que se nos presenta en cada momento del día, cuando alguien nos necesita principalmente, solo tenemos que aprender aceptarla. A veces nos complicamos tanto, nos preguntamos cuál es la voluntad de Dios para mi vida, amar, amar al que tenés en frente, amar a tu prójimo que se te aparece, construir tu vida y tu casa sobre las palabras de Jesús que nos invitan siempre a amar.

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