Mateo 7, 6. 12-14 – XII Martes durante el año

 

 

Jesús dijo a sus discípulos:

No den las cosas sagradas a los perros, ni arrojen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes para destrozarlos.

Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.

Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran.

Palabra del Señor

Comentario

Hoy empiezo de otra manera porque de hace tiempo que no lo hago. Quería recordarte que si querés recibir directamente los audios del evangelio en tu celular, un modo es que bajes la aplicación para Android, Algo del Evangelio. Otra manera muy práctica es que te bajes la aplicación Telegram, disponible para todo tipo de celulares y que de ahí en el buscador busques nuestro canal, @algodelevangelio, todo junto, sin espacios. También podés encontrarnos en Face y Youtube, como Algo del Evangelio y por último en nuestra página www.algodelevangelio.org donde podés suscribirte para recibirlo por e-mail, incluso podés enviarnos un mail para que te ayudemos o para dejarnos tu testimonio de lo que produce en vos la palabra de cada día, a algodeevangelio@gmail.com.

Hoy volvamos a elegir ser hijos, elijamos otra vez vivir como hermanos, aborreciendo el mal y el pecado, pero amando y abrazando al que lo hace, al que se equivoca, al que tropieza. Ayer fue tu prójimo el que cayó o se equivocó, hoy puedo ser yo, pero mañana podés ser vos. Nadie está exento de caer, nadie puede creerse tan inmaculado como para andar juzgando todo y a todos. Sin embargo, a veces andamos, o podemos andar así por la vida, con una tremenda ceguera de corazón que no nos permite vivir en paz, como hijos de Dios y lo que es peor hace que molestemos a otros. Una cosa es equivocarse y otra cosa es persistir en el mal y no arrepentirse. Jesús siempre perdona al que reconoce su mal e intenta día a día cambiar y ser santo. De eso nunca tenemos que dudar, porque el maligno desea que nos olvidemos de la misericordia divina, para con nosotros y los demás, y por eso incluso podemos juzgarnos a nosotros mismos y ser lapidarios con nuestro débil corazón, y lo mismo con el prójimo, podemos ver una foto de la vida de los demás y olvidarnos que el único que conoce el corazón es Jesús, el único que sabe lo que hay verdaderamente en nuestro interior es Él, y eso es realmente un alivio para vos y para mí.

Ésta es la montaña que tenemos que subir día a día, la montaña de la santidad, la montaña de los que se sienten hijos y desean todos los días hacer un esfuerzo más para dar pasos de humildad, que son los que más cuestan, pero los que dan más alegría. La santidad de los hijos de Dios es la que se va recibiendo en la medida que se confía en el amor de Dios y la que se va construyendo con los pasos diarios por amar y renunciar una y mil veces en nuestros caprichos. ¿Alguna vez subiste una montaña? ¿No te pasó que al principio te parece imposible, te parece algo inalcanzable, pero en la medida que vas avanzando y llegás a la meta, de golpe mirás para atrás y no podés entender cómo hiciste para subir tanto? ¿Y algo mucho mejor, cuando llegás y contemplás el paisaje te dan ganas de abrazar con el corazón todo lo que Dios creó? Son pocos los que quieren subir la montaña de la santidad, la montaña de la felicidad que llueve como gracia cuando somos humildes, mansos, misericordiosos, pacientes, pacíficos o incluso perseguidos. Hoy Jesús lo dice, él lo sabe. No todos eligen la montaña, muchos prefieren vivir en el llano, muchos prefieren vivir en la mediocridad, prefieren perderse la inmensidad del paisaje de la creación que solo se disfruta mejor desde arriba, estando en la montaña. ¡El que no quiere subir una montaña se lo pierde, se pierde lo más lindo, se pierde vivir como hijo de Dios! ¡No nos perdamos semejante oportunidad! Ser hijo de Dios y vivir así es lo mejor que nos puede pasar.

La regla de oro para los que quieren andar en la vida siendo hijos, buscando la santidad, buscando agradar solo al Tata Dios y no a los hombres, es la de hoy: “Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos” Esta es la clave del algo del evangelio de hoy.  Esta es la regla que debe quedar guardada en el corazón. Esta es la regla de los que queremos andar por el camino angosto, subiendo las montañas de la vida, y no por hacernos los heroicos, sino porque es lo mejor, es el camino que da Vida. En cambio, el llano, el camino fácil es el camino de la mezquindad, del cálculo, de los que quieren cumplir para estar bien con Dios y ellos mismos, pero que no aman de verdad, que no se quieren esforzar, de los que no piensan en el bien de los demás.

Si ante cada situación de la vida, cada decisión, cada mirada, cada juicio, cada obra que realizamos nos preguntáramos… ¿Qué me gustaría que me hagan o digan a mí, no crees que todo sería muy distinto? La mayoría de nuestras equivocaciones tienen que ver con esta incapacidad de preguntarnos a nosotros mismos, qué es lo que nos gustaría para nosotros, o incluso, al contrario, por una sobrevaloración de lo que nosotros consideramos que necesitamos. Nuestras reacciones egoístas tienen que ver con eso, con pensar excesivamente en nosotros y en no darnos cuenta lo que los otros realmente necesitan. Ante la posibilidad de hacerle el bien a los demás, deberíamos preguntarnos lo contrario… ¿Qué necesita el otro? ¿Cuál es su real necesidad? Y no tanto lo que nosotros creemos que necesitamos.

¿Querés subir la montaña de la santidad? ¿Querés andar por el camino que andan pocos pero que en definitiva es el más lindo? Vamos, si te sumás ya somos dos, tres, o tal vez miles. Seguro que no nos vamos a arrepentir. No tengamos miedo.

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta