Mateo 8, 23-27 – XIII Martes durante el año

Jesús subió a la barca y sus discípulos lo siguieron. De pronto se desató en el mar una tormenta tan grande, que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, Jesús dormía.    Acercándose a él, sus discípulos lo despertaron, diciéndole: « ¡Sálvanos, Señor, nos hundimos!»

El les respondió: « ¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?» Y levantándose, increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma.

Los hombres se decían entonces, llenos de admiración: « ¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?»

Palabra del Señor

Comentario

Empezar el día escuchando la Palabra de Dios es dejarnos decir lo mejor que podemos escuchar al despertar cada día, cuando a veces lo rutinario se hace tedioso, se hace aburrido, se hace monótono. Empezar escuchando la palabra de Dios, es dejar que, antes que nada, Él nos diga: “Buen día, ¿cómo estás?” ¿A quién de nosotros le gusta o le hace bien que no lo saluden al comenzar el día? ¿En qué clase de familia se niega el saludo al verse por primera vez cuando despunta el alba? Me parece que, a nadie, no es sano no saludarse, no desearse un buen día. Bueno, podríamos pensar que Dios quiere lo mismo para nosotros, desea animarnos al empezar el día para que nos sintamos amados y acompañados. En realidad ¿sabés porqué nuestra vida a veces es siempre lo mismo, rutinaria? Porque no escuchamos a Dios, no escuchamos ni meditamos la Palabra de Dios. Jesús, como dice la misma Palabra es “el mismo ayer, hoy y siempre”, pero al mismo tiempo, es siempre nuevo, siempre actual y “hace nuevas todas las cosas”. Si vos y yo viviéramos cada día con la certeza de que Dios siempre tiene algo nuevo que decirnos, que Dios siempre tiene algo nuevo que sanar, que consolar, que animar, que resucitar, que corregir… ¿No crees que escucharlo sería siempre algo lindo, pero nuevo? Si la palabra que escuchamos a la mañana, o bien cuando podemos; ahora mientras viajás, mientras desayunás, mientras trabajás, y hacés lo posible para que permanezca en tu corazón, repitiéndola, recordándola, meditándola, vas a ver que siempre será nueva y sanante. Esta semana intentaremos reflexionar sobre la permanencia en el corazón de la Palabra de Dios durante el día. No puede quedarse solamente en un buen día, sino que necesita anidar y dar fruto.

Con respecto a algo del evangelio de hoy: Me pregunto: ¿Quién de nosotros no estuvo alguna vez en una tormenta? ¿Quién de nosotros no experimentó la sensación de que hay tormentas que parecen que no pasan jamás, donde todo se pone negro y parece que el cielo se viene abajo? Si actualmente una tormenta nos molesta a pesar de las comodidades con las cuáles, en general, todos vivimos… ¿Imaginamos lo que significaba una tormenta en los tiempos antiguos en donde todo era más precario y en donde faltaban tantas cosas que para nosotros son normales? Realmente una tormenta era un problema, y mucho más estando en el mar, donde todo es incontrolable e inestable. Pero al mismo tiempo… ¡Qué linda sensación experimentamos cuando las tormentas paran y todo empieza a aclararse, cuando las nubes empiezan a correrse y dejan ver el sol ¿Quién de nosotros no escuchó el famoso dicho “siempre que llovió paró? Las tormentas molestan, pero pasan, no son eternas. La oscuridad no es muy agradable, pero pasa, siempre amanece, siempre vuelve a salir el sol. Es bueno y necesario que utilicemos esta analogía, esta imagen que nos regala la palabra de Dios de hoy, para pensarlo en nuestra vida de fe, en nuestra vida espiritual que muchas veces pasa por tormentas duras y duraderas, tormentas difíciles en donde todo se pone negro, en donde parece que a Jesús no le importa porque está dormido.

Jesús viajando con nosotros también a veces se duerme, pero no está ausente. Hoy da la sensación que Jesús quiere enseñarles algo a sus amigos y a nosotros, a través de la experiencia de una tormenta en el mar, porque la vida también tiene mucho de esto, son inevitables, aunque no nos gusten.

¿No será que Jesús a veces “se duerme” para que de nuestro corazón salga el deseo de despertarlo, o más bien para despertarnos a nosotros? ¿No será que Jesús deja que vengan las tormentas de la vida para que no nos olvidemos que Él es el dueño de la historia, de la creación, de la Iglesia, de nuestra vida y que “sin Él nada podemos hacer”? ¿No será que a veces es necesario experimentar que nos hundimos para que recordemos que somos frágiles, necesitados y que cuando nos olvidamos de esto nos hundimos? ¿No será que tenemos miedo porque somos hombres y mujeres de poca fe, como los discípulos? ¿No será que tenemos poca fe porque nos creemos que somos los capitanes de nuestra vida, que es el barco? ¿No será que muchas veces solo nos acordamos de Jesús en medio de las tormentas?

Si andamos en medio de una tormenta de la vida, en medio de la oscuridad, pensando que Jesús no está, que todo es una mentira, que en realidad Él no se hizo cargo de nuestros problemas, que se durmió cuando más lo necesitábamos, alcemos nuestro grito al cielo. Gritemos y vayamos a despertar a Jesús. Aunque Él no lo necesite, lo necesitamos nosotros. Vos y yo tenemos que aprender a pedir ayuda y no esperar a que el barco se hunda para que los demás sepan lo que nos pasa. La vida es linda, pero difícil, hay tormentas. No es de poco hombre o mujer gritarle a Jesús que nos salve, “Señor sálvanos que nos hundimos”, es de fuertes. Es fuerte el que se reconoce débil y es verdaderamente débil, el que jamás se reconoce débil. Si todavía no pasaste por tormentas, no te olvides de esta escena cuando te toque. En tiempos de tormentas se aconseja no tomar decisiones, no cambiar lo decidido. El tiempo de tormenta es tiempo de crecimiento, tiempo de prueba, pero es tiempo de fe, de confiar, de saber que tarde o temprano todo pasará, y aparecerá Jesús para calmar las aguas que nos atemorizan.

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