Mateo 9, 9-13 – XIII Viernes durante el año

Jesús, al pasar, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» El se levantó y lo siguió.

Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos. Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: « ¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?»

Jesús, que había oído, respondió: «No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor

Comentario

Un himno de nuestra liturgia describe maravillosamente lo que de alguna manera quise transmitirte en estos días con respecto, a la presencia del Señor durante el día, y cómo es necesario al final del día repasar por el corazón sus manifestaciones, sus presencias, para que nuestro día no pase en vano, para que nuestra jornada no sea una jornada más. Vale la pena decirlo entero, vale la pena escucharlo todo: “Vengo, Señor, cansado, ¡cuánta fatiga van cargando mis hombros al fin del día! Dame tu fuerza y una caricia tuya para mis penas. Salí por la mañana entre los hombres, ¡y encontré tantos ricos que estaban pobres! La tierra llora, porque sin ti la vida es poca cosa. ¡Tantos hombres maltrechos, sin ilusiones!; en ti buscan asilo sus manos torpes. Tu amor amigo, todo tu santo fuego, para su frío. Yo roturé la tierra y puse trigo; tú diste el crecimiento para tus hijos. Así, en la tarde, con el cansancio a cuestas, te alabo, Padre. Quiero todos los días salir contigo, y volver a la tarde siendo tu amigo. Volver a casa y extenderte las manos, dándote gracias” Qué lindo que podamos decir cada día esto con el corazón, sabiendo que, si salimos de casa con Él, si nos dejamos acompañar por su amor, nada de lo que hagamos, nada de lo que nos pasó es en vano, al contrario, todo puede ser motivo de alabanza. Qué lindo que a pesar y con el cansancio encima, después de haber trabajado toda la jornada, después de habernos entregado en nuestras tareas cotidianas, después de haber hecho todo lo posible para amar, extendamos nuestras manos para entregarle todo, para que Él lo transforme, dándole gracias por todo y en todo.

De algo del evangelio de hoy, las palabras de Jesús de alguna manera nos corrigen, nos quieren ayudar a despertar el corazón en caso de que esté dormido. Hoy y siempre, sus palabras nos dan un sacudón, muchas veces es necesario, porque tendemos a adormecernos y a olvidarnos. No te creas que cada tanto no necesitamos un sacudón. Jesús sacudía a los fariseos y a los escribas muchísimo, aunque no todos quisieron escucharlo de corazón. También a nosotros nos puede pasar lo mismo. Él trataba de sacudir la soberbia que llevaban impregnada en el corazón, casi como una segunda naturaleza, pero no siempre podía, incluso se enojaban más. En realidad, no sabemos qué pasó con estos hombres, no sabemos si finalmente se convirtieron, solo se sabe de algunos como Nicodemo, pero sobre los demás, solo lo sabe el Padre. Lo que sí sabemos, que en general les gustaba pensar mal, les encantaba mirar mal, les encantaba entender todo mal. De hecho, Jesús en la escena de ayer les decía: “«¿Por qué piensan mal?” Sin embargo, a Él le encantaba, le encanta, me gusta decirlo así, ponerlos en “offside” como se dice en el futbol, dejarlos “fuera de juego”, en “posición adelantada”. Los dejaba fuera de juego; con gestos, con silencios, con retos, con miradas, con actitudes. Nunca pudieron ganarle. Porque Él siempre supo lo que pensaban y lo que querían hacer. Ellos pensaban que tenían todo bajo control, y en realidad, Jesús era dueño y Señor de sí mismo y de todas las situaciones. Se “hacía” el que perdía, pero siempre ganaba, pareció un fracasado, pero fue el único que ganó y nos ganó para el cielo, para la eternidad, con su misericordia.

¿Mirá si hoy Jesús nos deja a vos y a mí, en “offside”? ¿No nos vendría bien darnos cuenta que muchas veces, jugamos adelantados y nos creemos los dueños de la pelota? No está mal, creo yo, quedar “adelantados” cada tanto, nos ayuda a no olvidar que somos creaturas y que el juego, por decir así, no es nuestro, sino que es de Él, es el que manda y dirige.

¿No te pasa que alguna vez te enojaste con los que son buenos con otros que parece que no se lo merecen? ¿No te enojaste alguna vez con tu padre o tu madre porque fue bueno o buena con alguno de tus hermanos que vos considerabas que no lo necesitaba? ¿No te creíste alguna vez con derecho a juzgar qué es lo que tiene o debería hacer tu padre o tu madre o alguna autoridad para con otros? ¿No te enojaste en tu trabajo porque tu jefe quiso ser generoso con otro que vos pensaste que no lo merecía? ¿No te pasó que alguna vez juzgaste a Dios, por esto o por lo otro? ¿Por qué esto o porque lo otro? ¿No nos pasa eso con Dios a nosotros también, eso de decirle lo que tiene que hacer casi como si fuéramos los jueces del mundo? Vayamos hoy, te propongo, a aprender la lección que nos deja Jesús, es para todos, para vos, para mí, para los sacerdotes, para los laicos, para todos: “Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores” Podríamos imaginar que al final de la vida, Jesús nos preguntará cara a cara: ¿Aprendiste lo que te dije, aprendiste lo que significa ser misericordioso y no juzgar antes de tiempo? ¿Entendiste lo que te dije o seguís creyendo que tenés razón?

Vayamos hoy juntos a aprender esta lección. Vamos juntos a aprender lo que significa la misericordia. Estemos atentos, se aprende de muchas maneras, en cada momento. ¡Qué lindo que es ver y sentir que, a Jesús, se le acercan los enfermos, los más necesitados y que solo Él, los recibe como se lo merecen! ¡Qué lindo sería que nos sintamos invitados a la mesa del Señor, que jamás nos creamos sanos del todo!

Share
Etiquetas:

Deja una respuesta