Mc 1, 21-28 – 10 de enero – I martes del año

 

 

 

Jesús entró a Cafarnaún, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios».

Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente y, dando un gran alarido, salió de ese hombre.

Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: « ¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!» Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.

Palabra del Señor

Comentario

¡Cómo cuesta cambiar ciertas cosas en nuestra vida! ¡Cómo cuesta cambiar cuando nos damos cuenta que es necesario cambiar, que es necesario hacer un esfuerzo para ser distintos, para amar! Acordate que amar es cambiar sin dejar de ser lo que somos, pero no se ama sin hacer un esfuerzo y todo esfuerzo implica un cambio, de lugar, de pensamiento, de actitud, de sentir! Amar es también ir descubriendo quienes somos, es ir conociéndonos más, conociendo nuestra vocación, nuestra misión, el sentido de nuestra vida. Ayer escuchábamos que Jesús llamaba a unos pescadores, para transformarlos en pescadores de hombres, para ayudarlos a que se den cuenta que estaban hechos para cosas más grandes. Pero eso lo fueron descubriendo poco a poco, en la medida que se dejaron amar por Jesús, en la medida en que fueron aprendiendo de Él, a medida que se fueron conociendo, con sus limitaciones y capacidades.

Es bueno que cada uno vaya pensando y rezando, de la mano del evangelio, con algo del evangelio, qué cambios podemos hacer en nuestra vida. Qué cambios están al alcance de nuestras manos. A veces no son grandes cosas, te diría que es todo lo contrario, muchas veces los grandes cambios empiezan con cosas muy sencillas y silenciosas, pero cuestan mucho porque a veces no las vemos. A veces es “desacelerar”, otras veces será “bajar un cambio”, muchas veces orientar el rumbo desviado, por ahí será volver a encontrar el rumbo perdido, otras será dejar de hacer ciertas cosas, de pensarlas, de taparlas, quien sabe, mil maneras, mil formas de cambiar para creer. ¿Cambiar por cambiar? No, cambiar y creer, cambiar para encontrar el Reino de Dios que está entre nosotros y no lo vemos. Creer que Jesús vino a inaugurar una etapa nueva de la historia, de nuestra vida, como aparece claramente en el evangelio de hoy.

La primera acción concreta de Jesús es la de expulsar un demonio. Es verdad que dice que Jesús enseñaba, enseñaba de una forma distinta, con autoridad, o sea, haciendo lo que decía, no como nosotros que a veces enseñamos lo que no hacemos. Pero detengámonos en la autoridad de Jesús para vencer al malo, al maligno. No hay que olvidarse de esto, no podemos pasar de largo en el evangelio esto. Jesús vino a vencer al maligno, y lo hizo claramente: « ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros?» Sí, Jesús vino a acabar con el malo en este mundo y en nuestra vida. El demonio es un mentiroso, pero a Jesús no le puede mentir. El demonio habla en plural, pero Jesús le habla en singular: «Cállate y sal de este hombre». Jesús lo descubre. Lo vence con la verdad, el demonio nos quiere vencer con la mentira. ¡Qué linda noticia! Jesús vino a “acabar” con el padre de la mentira. No hay porqué temer, no tenemos que temer. No hay que negar su existencia y su insistencia en alejarnos de Jesús, pero no hay que darle más entidad de la que tiene, Jesús vino a acabar con el demonio, vino a vencerlo para que nosotros aprendamos a vencerlo con la verdad.

Un cambio que está al alcance de nuestras manos, de nuestra decisión, es salir de la mentira dejando que Jesús la eche con su Palabra. No dejarnos engañar por el demonio que siempre prefiere mentirnos y mantenernos en la mentira. La verdad espanta al demonio, la verdad lo aleja. No porque estemos poseídos, eso es raro, sino porque muchas veces no enfrentamos nuestra propia verdad, la verdad de nuestra vida, la tapamos, la ocultamos, la pateamos y por eso andamos así, a los ponchazos.

Dejemos que Jesús desenmascare las “mentiras” de nuestra vida, para dejar que su amor y su verdad nos llenen el corazón. Que el evangelio de hoy nos anime a confiar más en la fuerza del bien, en la fuerza de Jesús, que en el poder de la mentira, de lo oculto, del pecado. Cambiar y creer, también quiere decir aceptar esta linda verdad.

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