Mc 1, 29-39 – 10 de enero – I Miércoles durante el año

 

 

Jesús fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.

​Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era Él.

Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: «Todos te andan buscando».

​Él les respondió: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido». Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.

Palabra del Señor

Comentario

​No se cambia de un día para el otro, por más que queramos, por más “poderosos” que nos creamos. Los grandes hombres de la historia, los santos, fueron “poderosos” pero porque en realidad se dejaron transformar y cambiar por el poder de Jesús. Ese es el verdadero poder. Todo lo demás, todo lo que nos propone este mundo como seducción, es poder barnizado, poder que termina destruyendo y dejandonos vacíos.

No se cambia automáticamente, no se cambia por decreto, ni se cambia únicamente por una decisión personal. Cambiar es también una gracia que debemos pedir todos los días. Ni voluntarismo poderoso, ni gracia pura sin nuestra libertad, sino que es gracia unida a nuestra decisión, gracia que impulsa nuestras decisiones y las acompaña. Por eso Jesús es más poderoso que nosotros, porque Él logra lo que nosotros no podemos lograr con nuestras fuerzas y lo logra con la fuerza que le viene del amor. El verdadero poder de Jesús, que se puso de manifiesto en su bautismo, es su humildad, y su humildad está arraigada en su sentirse amado por su Padre, predilecto. El verdadero poder, que va a contramano de todos los poderes de este mundo, es la humildad. Solo el humilde es poderoso, solo el humilde puede cambiar desde lo profundo del corazón.

La Palabra de Dios es una de las herramientas que nos dejó Jesús para ir transformando nuestro corazón, para ir aprendiendo a ser humildes. Todas las palabras de Jesús que necesitamos para vivir según sus enseñanzas, todas las palabras y gestos que necesitamos para conocerlo, quedaron para siempre en los evangelios. No tenemos que buscar nada más, no necesitamos más que eso. Obviamente que no está mal dejarse ayudar por otros libros, por otros autores, por diferentes espiritualidades, pero si falta la Palabra de Dios, falta lo más grande.

​En algo del evangelio de hoy escuchamos una síntesis de un día de la vida de Jesús. Bastante movidito, con un poco de todo. Pero me quería detener hoy en una frase muy significativa de Simón cuando lo encuentra a Jesús que se había ido a orar bien temprano: «Todos te andan buscando». Sin ponerte a pensar la respuesta real que dio Jesús, ¿Qué hubieses esperado que responda? Por ahí algo lógico, que podríamos imaginar es que Jesús haya dicho: “Bueno, ahí voy, que me esperen” Como queriendo complacer la necesidad de todos. Algo que nos encantaría. Sin embargo, Jesús no toma ese reclamo, sino que contesta otra cosa totalmente distinta: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido». Nada que ver, diríamos nosotros. Lo buscan por una cosa y Él se termina yendo para otro lado. Ahora, una linda pregunta que podríamos hacernos es… ¿Para qué lo buscaban en realidad? ¿Qué querían de Él? Evidentemente si su “fama se había extendido por toda la región” por los exorcismos que hacía, las curaciones, seguramente la gente necesitaba y buscaba ser sanada, curada, liberada. Pero lo curioso es que a Jesús no parece interesarle mucho esto, o por lo menos está en segundo plano. No quiere que los demonios digan quien es y no atiende los reclamos de todos los que lo buscan para ser curados. Jesús en realidad quiere que lo escuchen, quiere predicar. “Vayamos a otra parte, a predicar…” Enseñaba y enseña de una manera nueva, de corazón y viviendo lo que enseñaba.

​El evangelio hoy se hace carne también de esta manera, con sus luces y sombras. ¿Para qué buscamos a Jesús? ¿Para escucharlo o para pedirle cosas que tiene que ver con nuestras necesidades básicas, trabajo, salud, progreso? Muchos andan buscando a Jesús, pero no muchos son los que lo buscan por amor y para amarlo. Vos y yo… ¿Para qué lo buscamos? ¿Qué pretendemos de él? Muchas gente que no está cerca de la Iglesia me sorprende con actitudes muy del evangelio, con más profundidad de la que tenemos los que estamos cerca. Muchas veces la gente que más lejana parece estar de la Iglesia y que en realidad más dolorida anda por la vida, pueden ser las personas que más nos ayuden a descubrir las verdaderas motivaciones por las cuales nos acercamos a Él. Los que se acercan poco cuando se acercan se pueden acercar mejor con nosotros, con intenciones más puras.

​¿Qué necesitamos de Jesús? ¿No será que el también necesita de nuestro amor, que en el fondo se juega por la escucha, por nuestra capacidad de escucharlo? Para rezar y pensar, eso te propongo que hagamos juntos hoy.

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