Mc 10, 1-12 – 24 de febrero – VII Viernes durante el año

 

 

Jesús fue a la región de Judea y al otro lado del Jordán. Se reunió nuevamente la multitud alrededor de él y, como de costumbre, les estuvo enseñando una vez más.

Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?»

El les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?»

Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella.»

Entonces Jesús les respondió: «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.»

Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. El les dijo: «El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio.»

Palabra del Señor

Comentario

Terminando la semana, podemos volver a refrescar el deseo de escuchar en serio a Jesús que nos habla día a día. Acordate que el Evangelio de cada día es también un empujón para que aprendas a escuchar a Dios en todas las cosas, en todas las situaciones, en todas las personas. Dios no vive y habla solo en un lugar, aunque hay lugares en donde vive especialmente.

Hoy estamos frente a uno de esos evangelios que parece más fácil esquivarlos que comentarlos, es verdad, cuesta. Cuesta porque todos sabemos, que cada hay cada vez más familias desunidas, o familias que no han prosperado, o familias que sufren diferentes situaciones de falta de amor. Cuesta también porque el mundo nos bombardea con planteos que quieren socavar y destruir el ideal de familia que viene desde los orígenes del mundo  y que Jesús vino a restaurar. Cuesta, es verdad, pero tenemos que hablar con amor del amor. Eso creo que es lo importante. Si se habla del amor con amor, como habló Jesús, por más que haya personas que están sufriendo situaciones difíciles, incluso vos mismo que estás escuchando, incluso en nuestras familias, no debería haber posibilidad para el enojo.

Se me ocurre, para graficar algo de lo que plantea el Evangelio de hoy, contarte algo que me pasó una vez y me quedó grabado para siempre. Visité una señora ya muy grande, con cáncer ya extendido porque deseaba confesarse, recibir la unción y la comunión antes de empezar su quimioterapia. Fue la conversación y confesión más gratificante de mi vida, salí casi llorando al estar con ella. Fueron de esas charlas en las que como sacerdote tenía ganas de cambiarle el lugar a la señora, que ella me escuche a mí y me confiese. Entre tantas cosas que me dijo, recuerdo algo increíble. Fue como recibir todas las clases de teología en una charla de 10 minutos como un baldazo de realidad. Dolida por su cáncer, pero llena de confianza me dijo: Yo entiendo por qué me pasa esto, no le echo la culpa a Dios, pero sé que Dios lo permite para algo. Yo toda mi vida hice lo que quise, lo que se me antojó, nunca hice la voluntad de Dios, fui mandona con  mis hijos y los torturé pretendiendo que siempre hagan lo que yo quería. Yo era la que decidía todo y no me importaba lo que querían los otros. Ahora me doy cuenta que Dios me dice: “Vení, vení para acá, ahora vas a hacer lo que yo te pido”. Me dí cuenta que en realidad venimos a este mundo a hacer la voluntad de Dios, me di cuenta que yo nunca la había cumplido y que ahora tengo la oportunidad.

Yo no podía creer lo que escuchaba, porque la señora era buena, incluso había sido muy cercana a la Iglesia. Ella se refería a algo más profundo, no a simples pecaditos. Se refería a algo más radical que reside en nuestro interior: Dios quiere enseñarnos a amar y obedecer, y nosotros nos creemos que sabemos amar y no queremos obedecer. El planteo profundo que los fariseos le hacen hoy a Jesús, el planteo que le hace el mundo a la Iglesia, el planteo que incluso podemos hacerle vos y yo a Dios es este: ¿Por qué tenemos que seguir la voluntad de Dios? ¿No es demasiado dura? ¿No es demasiado exigente? ¿Es posible hacer lo que Dios quiere, que el hombre y la mujer estén para siempre unidos en medio del contexto de este mundo? Las respuestas te las dejo que las contestes vos. A mí me las contestó esa señora, en vivo y en directo, con lágrimas en los ojos esa tarde que estuve con ella. No hay nada más placentero que hacer la voluntad de Dios, pero espero no tardar tantos años en descubrirlo.

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