Mc 10, 28-31 – 28 de febrero – VIII Martes durante el año

 

 

Pedro le dijo a Jesús: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.»

Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.

Muchos de los primeros serán los últimos y los últimos serán los primeros.»

Palabra del Señor

Comentario

“Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero” Estas palabras del evangelio del domingo, siguen resonando en mi corazón, siguen ahí, como queriendo quedarse, ser entendidas. Y la verdad es que con el evangelio de ayer pude comprenderlas un poco más. Es increíble como las palabras de Dios se van comprendiendo mutuamente, se van encadenando, los evangelios se comprenden el uno al otro, el uno con el otro.

Esto me pasó con el evangelio del domingo y el de ayer, y también con el de hoy. El hombre rico de ayer es la realización de las palabras de Jesús del domingo, las que te repetí al principio. Este hombre no quiso dejar de servirse así mismo por Jesús. No quiso dejar su Dinero por servir a Jesús. Su apego fue más fuerte que el amor de Dios. Por eso es claro que no se puede servir a Jesús y al Dinero, al Dinero con mayúscula, a Jesús y a “nosotros mismos, a nuestro Ego”, no se puede servir a Jesús plenamente, si no somos capaces de liberarnos de lo que no nos deja “volar”, ser libres, ser felices. Jesús no es malo, no exige más de la cuenta, exige según lo que nos da. Por eso para animarnos a dar más tenemos que darnos cuenta lo que nos dio y podremos decirle sin miedo: “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”. “Jesús, ayudanos a darnos cuenta de lo que ya nos diste, así no andamos mezquinando nada por esta vida”

Algo del evangelio de hoy me ayuda a querer cada día más a Pedro. ¡Cómo lo quiero a Pedro! Pedro es tan humano, es tan como nosotros y no como a veces presentamos a los santos. Pedro siempre representa lo que muchos de nosotros llevamos en el corazón, lo bueno y lo no tan bueno. Pedro siempre pregunta lo que muchos no se animan a preguntar, como nos pasaba en el colegio. Pedro siempre acierta y se equivoca primero, como marcando el camino, abriendo una brecha que muchos no se animan a transitar y eso es lindo, ayuda mucho.

Se me ocurren dos cosas que nos pueden ayudar.

Primero. A Pedro y a nosotros también nos puede salir a veces la mezquindad de adentro del corazón y al entregarnos estar buscando recompensas, ¿Y a nosotros? ¿Y yo que me la paso sirviendo, y yo que dejé un montón de cosas por Vos? Sin querer podemos caer como el hombre rico de ayer, en una mezquindad, en una entrega medida, a medias, en una entrega por conveniencia, en una entrega que “no mira la mirada de Jesús”, esa mirada  con amor. Cuidado. Especialmente los consagrados ¿Qué buscamos? Es el peligro de todo apóstol, de todo cristiano, de todo sacerdote, de todo consagrado, o incluso de todo laico que se entrega día a día, es mi peligro y el tuyo. El que anda pidiendo algo a cambio, sin querer se puede transformar en un especie mercenario, un funcionario y no en un servidor! ¡Cuidado con ser un mercenario de Jesús! Es humana la pregunta de Pedro, pero hay que pedirle a Jesús que nos vaya purificando, conduciendo nuestra intención. ¿Para qué servimos?

Segundo. Al mismo tiempo hay algo muy lindo y que surge gracias al arrebato de Pedro. Jesús promete y promete en serio, no como nosotros, no como las promesas políticas. Jesús promete y cumple. Te puedo asegurar que el ser sacerdote me llenó de casas, porque puedo quedarme y alojarme en mil lugares gracias a la generosidad de tanta gente que nos tiene como padres y muchas veces como hijos. Haber dejado algo por Jesús, me permitió tener miles de hermanos y hermanas, la Iglesia me llenó de hermanos, predicar la Palabra de Dios cada día me llena de hermanos y hermanas. Dejar mi hogar por amor a Jesús me lleno de buenas madres, aunque la Virgen María y la que me dio la vida son las mejores, pero tengo muchas y eso llena de alegría todos los días. También tengo más padres, que se preocupan de mí, como se preocupa el mío a su modo. Me concede bienes continuamente, nunca tendré hambre ni sed, porque Jesús nos provee de todo. Siempre digo con gracia que jamás un sacerdote se morirá de hambre. Esto es verdad, te lo aseguro. Seguro que vos de alguna manera también lo vivís, con tu grupo de oración, con tu movimiento, con tu parroquia. Y al mismo tiempo, como dice Jesús, todo esto también va acompañado de sufrimientos por amor al Reino de Dios, es inevitable. Al mundo no le gusta la Palabra de Dios, le molesta. Pero al final, vendrá lo mejor, vendrá la Vida Eterna. ¿Qué más podemos pedir? No seamos mezquinos. Con lo poco que damos, Jesús nos da y nos dará algo mucho mejor.

Busquemos hoy el Reino de Dios y su santidad, y todo lo demás vendrá por añadidura.

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