Mc 12, 13-17 – 6 de Junio – IX Martes durante el año

 

 

Le enviaron a Jesús unos fariseos y herodianos para sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones. Ellos fueron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarlo o no?»

Pero Él, conociendo su hipocresía, les dijo: « ¿Por qué me tienden una trampa? Muéstrenme un denario.» Cuando se lo mostraron, preguntó: « ¿De quién es esta figura y esta inscripción?» Respondieron: «Del César.»

Entonces Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios.» Y ellos quedaron sorprendidos por la respuesta.

Palabra del Señor

Comentario

No se puede leer la vida de Jesús por partes, no es suficiente. Hay que animarse a todo, a mucho más. Por eso te pregunto y me pregunto: ¿Cuántos libros enteros leíste en tu vida? ¿Cuánto tiempo le dedicaste en tu vida a muchas páginas de diarios y revistas? Seguramente muchísimo. Ni hablar de películas o televisión. Por eso ahora podemos animarnos a preguntarnos… ¿Leíste alguna vez uno de los evangelios entero, de corrido, o día a día? ¿Leíste alguna vez todos los evangelios en donde se relata la vida de Jesús?

Es necesario que nos hagamos estas preguntas, porque no se conoce bien a Jesús cuando pretendemos conocerlo por partes, o escuchando partes lindas nomás o no escuchando nada. Es imposible ser cristiano enamorado sin contacto con la Palabra de Dios. Alguna vez te lo dije: Si lees mucho de filosofía, serás filósofo… Si lees mucho de fútbol serás especialista en fútbol… Si te interesás por la decoración, serás experta en decoración… Si escuchás y meditás mucho la Palabra de Dios, serás experto o experta en Jesús. ¿Hay algo mejor? Serás cristiano. Porque ser cristiano es eso, amar a Jesús. Lo mismo pasa con nosotros los sacerdotes… o comentamos la palabra de Dios, leyéndola o mostrándola, o nos predicamos a nosotros mismos, o lindas ideas, muy lindas, pero no las de Jesús. No se puede hablar de Dios sin dejar que hable Él. Tan sencillo como eso. Cuando perdemos el contacto con lo que da sentido a nuestra vida, para lo cual nos consagramos, somos capaces de hacer y decir cualquier cosa, como seguramente escucharás tantas cosas por ahí. Es fundamental que volvamos a las fuentes, a la raíz de nuestra fe, todos, para volver a sentir la frescura del evangelio y encontrarnos con el Jesús que nos quisieron enseñar los que escribieron los evangelios. Hay que animarse a leer el evangelio de Marcos entero, y saborearlo de a poco. Cuenta la historia que algunos santos se sabían el evangelio de Marcos casi de memoria de tanto leerlo. ¡Qué lejos estamos a veces de tanto amor!

Algo del evangelio de hoy nos enseña muchas cosas, pero una de ellas es que claramente Jesús no era tonto, fue muy bueno pero no tonto. Muchas veces ante los engaños de los otros nos conviene responder con preguntas, como lo hacía Él. La manera más fácil de desenmascarar un engaño, una hipocresía y saber qué es lo que realmente busca el otro, es “retrucar”. Si te cantan “truco”, decirle “retruco”, si te cantan “retruco”, responderle “quiero vale cuatro”. Jesús no se dejó engañar por los soberbios de este mundo, que querían que pise el palito y se equivoque para acusarlo de algo. Por eso primero lo adulan un poco. Si respondía que había que pagar el impuesto lo iban a acusar de estar a favor del imperio y en contra de su pueblo y de Dios, si respondía que no había que pagarlo lo iban a acusar de rebelde, de no someterse a la ley. Por eso no podía haber mejor respuesta que la de Jesús: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios.» Podría ser algo así también: “Esa moneda es del Emperador, dénsela a Él, está bien… ahora, el corazón dénselo a Dios, porque es de Él, en sus corazones está grabada la imagen de Dios”. Cada cosa en su lugar y no dejarse engañar. Eso es lo que tenemos que aprender. Los cristianos estamos en este mundo, y eso es lindo, es para agradecer, pero al mismo tiempo no somos de este mundo, no somos para este mundo. Por eso hay que darle a este mundo, lo que es de este mundo, pero a Dios lo que es de Él. ¿Qué le corresponde a este mundo? Es lo que tenemos que aprender a discernir y distinguir, seguramente muchas cosas, pero jamás el corazón. ¿Qué tenemos que darle a Dios? Todo, porque todo es de él. Especialmente nuestro corazón que es su “imagen y semejanza” ¿Te acordás de la parábola de ayer? La viña es de Él, el mundo es de Él, todo fue puesto por Él y por eso todos los frutos son para Él. Sin embargo “este mundo” nos hace olvidarnos quién es el verdadero “César”. Dios es el verdadero rey de nuestra vida. Los reyes de este mundo pasan y pasan. Los presidentes también. A ellos les gusta que sus nombres queden grabados en diferentes lugares, en monedas, billetes, calles y tantas cosas más, pero Él único que merece ser grabado en nuestro corazón es Dios, es Jesús. ¿Entendés?

La respuesta de Jesús pone las cosas en su lugar, da la verdadera jerarquía a las cosas que nosotros a veces perdemos de vista. Somos de Dios y para Dios, pero al mismo tiempo debemos en este mundo cumplir las leyes que nos rigen y nos ayudan a vivir en sociedad buscando el bien común. Un buen cristiano es un buen ciudadano. San Pablo recomendaba rezar por los gobernantes y someterse a ellos. Un buen hijo de Dios cumple las leyes que se orientan al bien común pero rechaza las leyes que atentan contra el amor de Dios y sus mandamientos. ¿Entendés? “A Dios lo que es de Dios”. O sea todo.

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