Mc 12, 28b-34 – 24 de marzo – III Viernes de Cuaresma

 

 

Un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: « ¿Cuál es el primero de los mandamientos?».

Jesús respondió: «El primero es: Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a tí mismo. No hay otro mandamiento más grande que éstos.»

El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios.»

Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios.»

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

Comentario

Es bueno volver a escuchar lo que a veces la mala memoria o la rutina nos hace olvidar: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice:”Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido, y Él te habría dado agua viva.» No me voy a cansar de repetirlo, porque a fuerza de escuchar y escuchar nuestro corazón se puede ensanchar y ensanchar y esa es la idea. Si fuéramos concientes, si supiéramos cuánto nos ama Dios, cuántos dones nos ha dado por medio de su Hijo, nos pasaríamos la vida, el día, pidiéndole lo que realmente nos hace falta y no tantas cosas que a veces en realidad no necesitamos. ¿Qué necesitamos? ¿Qué necesitás realmente? Hace unos días tuve la gracia de celebrar un casamiento de una pareja que volvió a la fe después de muchas búsquedas, después de muchas idas y venidas. Felices, decidieron regularizar su matrimonio y dejar que Jesús consagre el amor que de hace tanto tiempo se tienen. Tienen un hijo de nueve años, que es un regalo de Dios, como todos los niños, pero este es muy especial. Después de la celebración, mientras a los esposos les tiraban arroz me quedé con él frente al altar mirando a Jesús y le dije: «Santi, ¿rezamos? Sí, me respondió. Nos arrodillamos juntos y rezamos cada uno lo suyo. Cuando terminamos le pregunté: ¿Qué le pediste Santi? Primero le di gracias, me dijo – y eso ya me conmovió – porque hoy es el día más feliz de mi vida, hoy se cumplió lo que siempre soñé. Y después le pedí a Jesús que me regale dos hermanitos (es hijo único) una mujer y un varón. ¿Por qué dos? le pregunté. Porque si somos más, vamos a ser más felices entre todos» Una maravilla. Por algo Jesús nos dice que tenemos que hacernos como niños ¿no? Si conociéramos el don de Dios, los dones de Dios que a veces tenemos en nuestras narices, disfrutaríamos más la vida, le pediríamos a Jesús que nos de de su agua, que nos dé lo esencial, como lo supo pedir este niño.

Mientras tanto… ¿Qué tenemos que hacer nosotros? Escuchar. Algo del evangelio de hoy nos enseña que primero hay que escuchar. No ama el que no escucha y no escucha el que no ama. ¿Cuál es el primero de los mandamientos? le preguntaron a Jesús. “Escuchar para amar” “Amarás, si escuchás”. Es lindo saber que el mandamiento también es una promesa… Amarás, amarás… Vamos a terminar amando, pero si empezamos por escuchar. Escuchar es lo primero que quiere Dios de nosotros, sin escucha no hay posibilidad de amar, no hay amor que prospere.

A veces creo que los cristianos queremos empezar por el final y nos olvidamos del principio. Siempre es bueno empezar por el principio, “crece desde el pie, musiquita, crece desde el pie” dice una canción. Todo crece desde el pie. ¿Cómo pretender que Dios sea todo si no le damos lo primero y principal que es el oído que hace que las palabras lleguen al corazón? ¿Quién se puede enamorar de alguien al que jamás escucha? Por eso es bueno volver a escuchar que el primer mandamiento en realidad, es escuchar. No se puede amar a quien no se escucha. Mirá a tus hijos, a tu marido, a tu mujer, a tus hermanos, miralos y preguntate con sinceridad si es posible amarlos de verdad, si en verdad no los escuchás, si no te tomás el tiempo para saber qué piensan, qué sienten, qué necesitan, sentándote un rato con ellos. Cuando empezamos a escuchar a los que tenemos al lado nos llevamos muchas sorpresas, para bien y a veces para mal. Nos sorprendemos para bien, cuando de golpe descubrimos una riqueza inimaginable en personas que antes no teníamos en cuenta. Nos sorprendemos para mal cuando de golpe nos distanciamos de personas que en realidad no conocíamos bien, porque en el fondo no nos escuchábamos. ¿No será que con Dios nos pasa lo mismo? ¿No será que nos alejamos de Dios porque nos perdemos de escucharlo? ¿No será que nos enamoramos perdidamente de Él cuando nos decidimos a escucharlo?

El amor a Dios brota y crece casi naturalmente cuando se escucha, la escucha es como la lluvia que riega las plantas, porque el escuchar cosas lindas, cosas de Dios, nos purifica el corazón para poder verlo nítidamente y una vez que lo vemos empezamos a amarlo con el todo corazón, con toda el alma, el espíritu y las fuerzas. En cambio cuando las cosas quieren ser al revés, o sea obligarse a amar a un Dios que no se escucha y no se sabe bien quien es, es casi tan imposible como estar ciego o sordo y querer enamorarse a la distancia de alguien que ni siquiera veo ni escucho.

Empecemos por el principio y el camino será más posible y lindo. Probemos hoy escuchar y que el escuchar nos abra el corazón para amar, a Dios y a los demás, porque en realidad, escuchar ya es empezar a amar.

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