Mc 12, 38-44 – 10 de junio – IX Sábado durante el año

 

 

Jesús enseñaba a la multitud: “Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y en los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad”.

Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba como la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir”.

Palabra del Señor

Comentario

Siempre es bueno al terminar algo, hacer una especie de “evaluación”; mirar hacia  atrás, recorrer interiormente todo el camino que hemos hecho. Por eso intento los sábados proponerte que volvamos a recorrer el camino andado por estos días a través de la Palabra de Dios.

Es bueno, en este sábado, pedirle al Señor tener su mirada. Mirar como mira él a esta pobre viuda. La mirada que tiene Jesús en algo del evangelio de hoy, nos ayuda a mirar bien nuestra vida y la de los demás, porque “el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón”. Jesús ve lo que nadie ve y valora lo que nadie valora. Él ve nuestros verdaderos esfuerzos y entregas, esos que nadie ve. Él ve también nuestros egoísmos y lo que nos guardamos, esos que nadie se da cuenta. Él vio en esta semana todo nuestro esfuerzo para hacer el bien, aunque nadie lo haya visto. Él vio todo lo que intentamos escuchar en estos días, se dio cuenta que intentamos oír escuchando. Es lindo saber eso.

Recapitulando sobre la semana, el lunes decíamos que: Dios, que nos ha dado todo, ha plantado una viña, para que podamos vivir y alimentarnos de ella; la ha “cercado” de alguna manera, con las normas que nos quieren conducir a vivir la vida entre nosotros en paz; ha dejado también “una torre de vigilancia”, porque también se ha quedado Él, para poder custodiarnos, como Padre que ama. ¿Y nosotros, qué hacemos? Sin querer; matamos a los enviados de Él que vienen a buscar lo que es suyo, y no nos damos cuenta de que Él se hizo presente en muchísimos momentos de la historia.

El martes, veíamos que claramente Jesús no era tonto, fue muy bueno pero no tonto. Muchas veces ante los engaños de los otros nos conviene responder con preguntas, como lo hacía Él. La manera más fácil de desenmascarar un engaño, una hipocresía y saber qué es lo que realmente busca el otro, es “retrucar”. Si te cantan “truco”, decirle “retruco”, si te cantan “retruco”, responderle “quiero vale cuatro”. Jesús no se dejó engañar por los soberbios de este mundo, que querían que pise el palito y se equivoque para acusarlo de algo.

El miércoles decíamos que la actitud de los saduceos es muchas veces la nuestra ante las cosas de Dios y de muchas cosas que nos rodean. Vamos con nuestros preconceptos, pretendiendo que los demás nos respondan lo que yo quiero escuchar.  Cuando en realidad debería ser al revés. No comprendemos a Jesús porque no lo dejamos hablar o porque lo escuchamos con un “filtro”  a nuestra medida. No comprendemos la Palabra de Dios y por eso cuestionamos; ¡Cuidado con esa actitud!, ¡Cuidado porque es falta de humildad!

El jueves te proponía que pienses en esas palabras de Jesús, esos mandamientos, no como un mandato impuesto desde afuera, sino como una promesa que él mismo nos hace si aprendemos a escuchar. Amarás… Amarás. Si escuchás vas a poder amar, si escuchás, vas a empezar a encontrar motivos para amar, si escuchás a ese que no querés escuchar lo vas a empezar a conocer y conociéndolo, lo amarás. La escucha sincera conduce al amor. Es imposible escuchar a Dios y no amarlo. Por eso te habrá pasado y te estará pasando que la Palabra de Dios te va enamorando, te va atrapando, te va generando una linda “adicción”.

Y ayer viernes, entre varias cosas que dijimos, me quedo con esta: Podemos pasarnos años oyendo y no escuchando. Podemos pasarnos años con personas y no haberlas escuchado nunca. Podemos haber pasado años yendo a Misa y no haber escuchado la palabra de Dios. Podemos habernos pasado años oyendo audios con la palabra, pero no escuchar nada. Eso es la pena más grande. Porque el que vive así, solo se escucha así mismo, su criterio es solo el mismo, no tiene otro parámetro que sus pensamientos y sentimientos. Y así vive, en su mundo, creyendo que su mundo es el único y el mejor. ¡Qué triste! No es para que te desanimes, sino para que nos tomemos en serio esto.

Que este pequeño resumen de la semana te ayude a repasar en tu corazón lo que has escuchado, y que puedas empezar este fin de semana en paz.

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