Mc 2, 13-17 – 13 de enero – I Sábado durante el año

 

 

En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él, y les enseñaba.  Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.»

Se levantó y lo siguió. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos.

Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: «¡De modo que come con publicanos y pecadores!»

Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.»

Palabra del Señor

Comentario

La propuesta para este sábado como hacemos hace tiempo, no es sólo la de hacer un resumen de los evangelios de la semana sino también retomar alguna imagen o idea central del evangelio del domingo anterior, hacer una síntesis que nos ayude a interiorizar lo escuchado y que también nos permita conocer cada día más la palabra de Dios, seguir entusiasmándonos con ella, tener deseos de escucharla, de recibirla, de transmitirla también a otros.

Si recordás, durante estos días propuse el tema de la humildad de Jesús y la humildad a la que también nosotros somos invitados a vivir. El evangelio del domingo decía: “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo…” Juan Bautista tenía poder, como vos y yo. Todos tenemos poder, pero Jesús es más poderoso que nosotros… esa era la cuestión. Nos preguntábamos… ¿Qué es tener poder? ¿Qué es el poder? ¿Qué significa tener poder? ¿Qué hizo Juan Bautista con su poder? ¿Qué hizo Jesús con su poder? ¿No será que el poder tiene más que ver con el poder cambiar uno mismo? ¿Qué hacemos nosotros con nuestro poder? ¿Cómo lo manejamos? ¿Con humildad o soberbia?

El lunes escuchábamos a Jesús decir: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia». Convertirse es cambiar de mentalidad, cambiar nuestras estructuras mentales que se transforman en barreras; para que así pueda penetrar el evangelio y aceptemos el modo de ser de Dios, su manera de amarnos y de enseñarnos a amar. Cambiar es difícil, implica una gran violencia interior. Quiere decir que tenemos que doblegar muchas cosas que sin darnos cuenta nos dominan.

Pidamos saber cambiar para creer y creer para poder cambiar.

En algo del evangelio del martes veíamos el poder de Jesús para vencer al maligno mediante la acción de expulsar un demonio. Jesús vino a acabar con el padre de la mentira, vino a vencerlo para que nosotros aprendamos a vencerlo con la verdad. Pero para eso tenemos antes que enfrentar nuestra propia verdad, la verdad de nuestra vida; sin pretender ocultarla o ignorarla. Vivir en la verdad y ser congruentes para poder vencer al mal, siempre de la mano de Jesús que es el Camino, la Verdad y la Vida.

El miércoles contemplamos una escena del evangelio que nos hizo pensar en nuestra verdadera motivación para buscar a Jesús. Te acordás que Simón encuentra a Jesús que se había ido a orar muy temprano y le dijo: “Todos te andan buscando”. En aquella época la multitud lo buscaba para ser curados, liberados; ahora no es muy diferente, buscamos a Jesús para pedirle por nuestras necesidades básicas de salud, trabajo, etc.

Muchos andamos buscando a Jesús, pero no nos mueve el amor, ni lo hacemos para conocerlo y así amarlo más. ¿Qué necesitamos realmente de Jesús?  ¿Qué necesita Él de nosotros, de vos y de mí? Para pensar y rezar…

El jueves reflexionábamos sobre esta “desobediencia piadosa” del leproso curado por Jesús. Decíamos que, aunque hubiera querido obedecer a Jesús y no contarle a nadie, jamás hubiese podido ocultar su curación, hubiera sido algo evidente.

Que Jesús nos cure de esa lepra que llevamos impregnada en el corazón y nos impide amar y dejarnos amar, para que así al ser sanados, liberados, purificados por Él; nuestra vida y nuestras obras hablen a gritos de lo que el Señor ha realizado en nosotros. Y así imitando la “desobediencia” del leproso, salgamos a contarle a todo el mundo que Jesús nos devolvió la alegría.

Y en algo del evangelio de ayer, veíamos cómo llevaron en una camilla a un paralítico ante Jesús para que lo sanara. Decíamos que todos andamos o anduvimos en camilla alguna vez. Seguro alguien alguna vez se las ingenió para meterte por el “techo” de la Iglesia y llevarte a los pies de Jesús; o por ahí vos movido por la fe y por amor a alguien, llevaste a sus pies a otro que andaba sin poder moverse; paralizado por el dolor, la tristeza, el pecado y la debilidad humana.

Tenemos que volver a casa con nuestra camilla, tenemos que levantarnos y dejarnos perdonar por Jesús. El perdón de Jesús moviliza, nos libera y nos hace cargar con esa camilla que antes nos llevaba por no poder caminar.

El sentido de nuestra vida es estar con Jesús, ir a sus pies cueste lo que cueste.

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