Mc 3, 1-6 – 18 de enero – II Miércoles durante el año

 

 

Jesús entró nuevamente en una sinagoga, y había allí un hombre que tenía una mano paralizada. Los fariseos observaban atentamente a Jesús para ver si lo sanaba en sábado, con el fin de acusarlo.

Jesús dijo al hombre de la mano paralizada: «Ven y colócate aquí delante». Y les dijo: « ¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?»

Pero ellos callaron.

Entonces, dirigiendo sobre ellos una mirada llena de indignación y apenado por la dureza de sus corazones, dijo al hombre: «Extiende tu mano.» Él la extendió y su mano quedó sana.

Los fariseos salieron y se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con Él.

Palabra del Señor

Comentario

Hablando de señalar, pero del señalar infantil y soberbio como el de los fariseos, es bueno aclarar que se puede señalar de muchas maneras. ¿No? El señalar para acusar, para juzgar, para marcar el error, para encontrarle la quinta pata al gato, para buscarle el pelo al huevo, se puede hacer con todo el cuerpo y el corazón; con el dedo, con la mirada, con las palabras, con la indiferencia, con el pensamiento, con el silencio, con el corazón. Lo importante no es tanto el cómo, sino si ponemos o no el corazón al hacerlo. A todos nos acecha interiormente el deseo interior de juzgar, de creernos los dueños de la verdad, pero es muy distinto el llegar a decirlo o no, el llegar a expresarlo de alguna manera o no. La lucha puede ser continua, pero tenemos bastante de la batalla ganada si logramos evitar las miradas, palabras que manifiesten lo que realmente pensamos. Por las dudas, por si no te diste cuenta, no siempre es bueno decir todo lo que pensamos y sentimos, porque no todo lo que pensamos y sentimos es verdad o bien no siempre los demás pueden y están con disposición de escuchar todo lo que nosotros creemos que es bueno decir. Todo un arte para ir aprendiendo.

Bueno, Jesús evidentemente conoce todo. Los pensamientos y sentimientos de todos. Los tuyos y los míos. Y eso no es para temer, es para descansar y al mismo tiempo no ocultar. Algo del evangelio de hoy muestra claramente que Jesús sabía lo que pensaban estos hombres, sabía que estaban esperando verlo “pisar el palito” para acusarlo, para atraparlo. De hecho el evangelio termina diciendo que  “se confabularon con los herodianos para buscar la forma de acabar con Él” Se unieron a los seguidores de Herodes para matar a Jesús. Estamos en el capítulo 3 del evangelio, como verás, desde un comienzo Jesús encontró resistencia, desde el principio y al mismo tiempo que su fama crecía, lo “señaladores”, los que se creían dueños de la verdad, empezaron a organizar su muerte.   

Los fariseos son terribles. No quieren saber nada con el bien que hace Jesús, y todo lo hacen “bajo apariencia de bien” ¿Por qué?  Porque se creen los dueños de la verdad. Porque creen que solo lo que ellos piensan y sienten es verdad. Y esto se repite en todos lados y en muchos corazones. El fariseísmo es el cáncer silencioso de miles de personas religiosas. Pasa en muestras familias, amistades, trabajo, grupos de oración, comunidades, parroquias, movimientos, sacerdotes, obispos. No hace falta ser muy malo para tener un corazón pintado de fariseo intenso. El fariseísmo no nos deja ver el fondo de las cosas, no hace “señalar” sin conocer, o “señalar” conociendo, pero al fin y al cabo señalamos quedándonos en la periferia de las cosas.

Aprendamos a mirar con el corazón, el corazón y no las apariencias. Aprendamos a mirar el corazón propio y ajeno como lo mira Jesús, o sea con verdad y amor. El amor y la verdad son hermanas siamesas, si las separamos, una de las dos muere, o mejor dicho, se mueren las dos. Una muere con la otra. Nosotros nos creemos que vemos con verdad, pero la gran verdad es que no vemos bien porque no vemos con amor, nos falta mucho amor. El peor mal de nuestra vida es pensar que vemos y sentimos todo con verdad, pero nos olvidamos que sin el filtro del amor, sin el sostén del amor, la verdad a secas termina matando. Eso les pasaba a los fariseos, eso nos pasa a muchos sacerdotes que tiramos la ley por la cabeza de la gente sin pensar en ellos y ni siquiera la tocamos con el dedo, eso les pasa a los padres de familia que quieren educar sin amor, imponiendo, eso les pasa a los dirigentes que dirigen solo con su verdad y sin amor, eso le pasa a todo cristiano que se cree digno de juzgar y pararse encima de los demás olvidándose que la “ley está hecha para el hombre” y no al revés y que además, ese hombre tiene una vida, tiene un corazón que solo lo puede juzgar el que conoce verdaderamente, o sea Jesús. Como en el evangelio de hoy, Jesús se apena cuando nuestro corazón está tan duro que se anima a juzgar. Jesús le enfurece cuando actuemos como los fariseos.

Por eso, hoy qué lindo sería dejarse mirar con verdad y amor por Jesús. Solo Él sabe hacerlo y sólo dejándolo a Él que lo haga, seremos capaces de empezar a mirarnos bien y a mirar bien. A dejar de señalar mal, solo para acusar. Hagamos el esfuerzo hoy de no mirar las apariencias y por lo menos intentar mirar el corazón. Se puede, pero primero hay que dejarse mirar por Él.

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