Mc 3, 13-19 – 20 de enero – II Viernes durante el año

 

 

Jesús subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él, y Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar a los demonios.

Así instituyó a los Doce: Simón, al que puso el sobrenombre de Pedro; Santiago, hijo de Zebedeo, y Juan, hermano de Santiago, a los que dio el nombre de Boanerges, es decir, hijos del trueno; luego, Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Tadeo, Simón, el Cananeo, y Judas Iscariote, el mismo que lo entregó.

Palabra del Señor

Comentario

Ser cristiano, tener fe, creer en Jesús, confiar en Él, no deja ser siempre en cierto sentido un misterio. Hace unos días alguien que recibió la gracia de convertirse un poco más a Jesús me decía algo así: “Estoy como loco, ahora veo todo distinto, ahora muchas cosas me parecen sin sentido, ¿Por qué a mí? ¿Por qué me eligió a mí y no a otro?” Por supuesto que no le di la respuesta, porque tampoco la tengo. Cada día me convenzo más de que no tenemos todas las respuestas, tenemos muchas, pero no todas, y el que las cree tener todas es porque en realidad no las tiene.

Ser cristiano es un misterio pero no en el sentido de que es algo completamente inaccesible, algo oscuro e impenetrable, al contrario, y sé que te va a parecer un poco contradictorio lo que te diga, sino, que se nos muestra algo pero no vemos todo, vemos algo. Así es un poco la vida, aunque a los “racionalistas” se les ericen los pelos por lo que estoy diciendo. Tener fe no es renunciar a pensar, no, ¡nunca digamos eso por favor” porque es darle pasto a los que se nos burlan por decir que tener fe es de tontos, es no pensar. Tener fe es aceptar el pensar, el “usar nuestras neuronas” pero al mismo tiempo sabiendo que no podremos saberlo todo, jamás. Es dejar siempre un espacio al “no saber”, al no poder, al intentar y quedarnos ahí, en el borde.  Ser cristiano es en cierto sentido un misterio, porque se nos abre a algo nuevo, pero a algo que jamás terminaremos de conocer por estas latitudes, en la tierra. Cuando uno de a poco va comprendiendo esto, va aceptando este misterio del creer, todo se va acomodando mejor, porque ya no somos nosotros los que queremos resolver la vida, si no que nos vamos dejando invadir un poco por lo que nos supera.

Por eso me obstino en llamar a estos audios “algo del evangelio”, porque jamás podremos decir todo. Jamás puedo abogarme el derecho o la pretensión de pensar que al comentar la palabra de Dios estaré diciendo todo y llegar a todos. Cada día, podemos decir “algo”. Cada día puedo decir “algo”, y otros miles de sacerdotes en el mundo podrán decir “algo” más. Entre todos esos “algos”,  la Palabra de Dios resonará más en este mundo que lo único que hace es gritar, hacer ruido y construir sobre arena. Esa es la tarea de la Iglesia y de los sacerdotes, y también la tuya. Si ser cristiano tiene un poco de misterio, ni te cuento el ser sacerdote. Muchas veces nos preguntan a los sacerdotes ¿Por qué sos sacerdote? Medio riendo pero con verdad siempre les contesto: “Preguntale a Jesús”. No es esquivar la respuesta, es aceptar que lo soy lo que soy por gracia de Dios. Como algo del evangelio de hoy. ¿Por qué eligió a esos doce, desde Pedro el “negador” hasta Judas el “traidor”? Dice el evangelio: “Llamó a su lado a los que quiso”. Ser sacerdote es también un gran misterio. ¿Por qué nos eligió a nosotros? No lo sé, realmente no lo sé y no lo sabré nunca, pero justamente esa es la razón por la cual me siento seguro, porque no lo sé. Estarás pensando ¿Qué? ¿No es que uno está seguro cuando sabe las cosas? Y bueno, depende. En realidad el no saber bien porqué se fijo en mí y no en otro, me da una certeza que nadie me puede quitar, me da una seguridad que ninguna ciencia y ningún saber humano me pueden dar. ¿Cuál? Me eligió por amor, con amor, para darme amor. Eso nos debería bastar a los sacerdotes. Eso le debería bastar a cada cristiano, ahí se resuelve el misterio. Todo lo demás, el porqué y todo eso, se lo preguntaré algún día si tengo la dicha de verlo cara a cara.

Cada sacerdote, como cada apóstol elegido por Jesús, dice “algo” de la Palabra de Dios, de Jesús. Cada sacerdote con su forma de ser, con su dones, con sus debilidades, con sus caídas, con sus aciertos, con sus tristezas, con sus alegrías, con sus sufrimientos y sinsabores, con sus triunfos; cada sacerdote muestra “algo” del rostro de Jesús. Es cierto, el sacerdote está para más, se le debe exigir más, pero… ¿Hasta dónde? ¿Qué pretendemos a veces de los sacerdotes? ¿Pretendemos que sean nuestros salvadores? ¿Pretendemos que sean todos iguales y perfectos, como salidos en serie de fábrica? ¿Pretendemos que todos sean como el sacerdote que alguna vez me “señaló” a Jesús? En realidad, deberíamos aprender y disfrutar de que todos los sacerdotes, aún el más pecador e indigno, con su vida, viéndola entera, no por partes, no a cuenta gotas, nos muestran “algo” de la vida de Jesús, nos señala a Jesús nuestro salvador. Así lo quiso Jesús, así de fácil y misterioso. Sino volvé a releer la lista de los doce, empieza por Pedro el “negador” y termina con Judas “el traidor”. Cualquier queja sobre el porqué nos eligió, dirigirse a Jesús, él nos responderá. ¿Qué nos responderá? Porque quise.

Share
Etiquetas: