Mc 3, 20-21 – 20 de enero – II Sábado durante el año

 

 

Jesús regresó a la casa, y de nuevo se juntó tanta gente que ni siquiera podían comer. Cuando sus parientes se enteraron, salieron para llevárselo, porque decían: «Es un exaltado».

Palabra del Señor

Resumen

Llegar al final de la semana es muchas veces un alivio para todos, necesitamos descansar, necesitamos frenar, necesitamos paz, un poco de silencio. Es verdad que en el mundo en el que vivimos no todos pueden descansar los sábados, a veces ni siquiera los domingos. Es casi como un privilegio poder hacerlo. Si podés, tenés que aprovechar para descansar el espíritu también, que lo necesita y mucho.

Desde hace unos días, me anda rondando una idea, o un deseo, que no sé si será o no del Espíritu, habrá que esperar, y es el poder grabar una vez por semana, por lo menos los sábados, un ejercicio de lo que se llama en la iglesia, Lectio Divina, lectura de Dios, sería criollo. En realidad, es lo que intento hacer todos los días de modo “encubierto”, por decirlo así, pero la idea es poder hacerlo más explícito, más guiado, más pausado, para que cada uno lo pueda hacer en su casa, para que cada uno experimente la maravilla y la alegría de sentir realmente que Jesús habla directamente, sin intermediarios, sin sacerdote de por medio, sin “delivery”, sino yendo uno mismo a buscar el producto, el “pan de la palabra”. Hace unas semanas hicimos esa experiencia con jóvenes, entre doce y veinte años y fue algo increíble como ellos mismos escucharon lo que Jesús le decía a cada uno, más allá de lo que uno como sacerdote a veces puede agregar o condimentar para ayudar. Eso es lo que de alguna manera intento los sábados con el resumen. Quiere ser una ayuda para que vos mismo escuches más profundamente y no te quedes solo con mis limitados comentarios.

En algo del evangelio del lunes escuchamos a Jesús decir: «¡A vino nuevo, odres nuevos!», y decíamos que esta expresión implica un cambio de mentalidad y la apertura de corazón necesarias para recibir la novedad del evangelio. No podemos pretender que Jesús se amolde a nuestra mentalidad, a nuestro corazón; sino que somos nosotros quienes tenemos que amoldarnos a Él, conocerlo mejor y así saber cómo piensa y cómo ama, descubriendo a través de Jesús el rostro amoroso del Padre; evitando así caer en el fariseísmo al centrarnos en mandatos de una doctrina o moral, avinagrando la buena nueva, viviendo con mentalidad y corazón del antiguo testamento; dejando de lado el Corazón de Jesús y su mensaje de amor. Corazón nuevo y mentalidad nueva, para un anuncio nuevo y novedoso.

El martes veíamos cómo los fariseos murmuraban al ver que los discípulos de Jesús arrancaban espigas para comer; yendo así contra lo “permitido”. Cuántas veces, escudados tras una “falsa religiosidad” y bajo la apariencia de “búsqueda” de santidad; señalamos a los demás y caemos en la tentación de preocuparnos excesivamente por lo externo sin mirar el corazón. Actuamos como los fariseos cuando juzgamos por lo que vemos, sin considerar las circunstancias; sin conocer el corazón de los demás y dejándonos llevar por apariencias. Si somos verdaderos discípulos de Jesús deberíamos mirar todo y a todos a través de su mirada misericordiosa evitando así juzgar a los otros.

Algo del evangelio del miércoles nos muestra de nuevo a los fariseos, aquellos enemigos de Jesús siempre al acecho, siempre “atentos” de lo que decía o hacía, pero no por querer conocerlo y así amarlo; sino que lo “observaban atentamente” para tener argumentos para acusarlo de violar la “ley”. Pero Jesús ante su mirada acusadora decide poner el amor por encima de la ley. Y además lanza un interrogante como queriendo encontrar algún rasgo de misericordia en sus corazones endurecidos: «¿Está permitido en sábado hacer el bien o el mal, salvar una vida o perderla?».  Y los fariseos, los “expertos” conocedores de la ley; callan… La dureza de corazón genera estrechez de mente y viceversa; el que es duro de corazón, aunque se crea inteligente, en realidad no lo es. La sabiduría que viene de Dios nos revela su amor por nosotros y nos permite descubrir que en esencia somos amor y hemos sido creados para amar, para hacer el bien a todo aquel que lo necesite; sin “cálculos” de por medio, sino tratando a los demás como queremos ser tratados.

El jueves nos surgió el interrogante del porqué Jesús no quería que se difundieran las cosas que hacía; porque ante los gritos de los “espíritus impuros”, les ordenaba que no lo pusieran de manifiesto. Jesús nos enseña una vez más que no debemos mirar las apariencias sino el corazón. Jesús quiere que lo amemos por lo que es y no por lo que hace; pero para eso debemos conocerlo, adentrarnos en el misterio de su corazón para así poder amarlo con todas nuestras fuerzas. Sólo el que conoce realmente a Jesús puede transmitir lo que es; los demás, se quedan con lo superficial, se “conforman” con los favores recibidos.

Y ayer, viernes, escuchamos cómo es que Jesús elige a sus discípulos. Jesús llamó a los que Él quiso; no a los que el mundo hubiera considerado como los más “calificados”. Jesús llamó a los que Él quiso y lo hizo por pura misericordia.

Los doce apóstoles son los primeros colaboradores de Jesús, aquellos que dieron continuidad a sus enseñanzas y que asistidos por el Espíritu Santo tuvieron la misión de compartir y extender su mensaje de amor constituyendo así la Iglesia. También los sacerdotes hemos sido llamados por Jesús para seguirlo y para seguir llevando su mensaje de amor y esperanza.

Se es sacerdote porque se experimenta que los primeros perdonados somos nosotros mismos. Se es sacerdote porque fuimos rescatados para poder hacer lo mismo con tantos que han perdido el rumbo. Se es sacerdote para entregarse a los demás, sabiendo que no nos damos solo a nosotros mismos; sino que damos algo mucho más grande: ¡a Jesús!

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