Mc 3, 22-30 – 22 de enero – III Lunes durante el año

 

 

Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los demonios.»

Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: «¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre.»

Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».

Palabra del Señor

Comentario

¡Cómo cuesta cambiar ciertas cosas en nuestra vida! ¿Te pusiste a pensarlo? Leí por algún lado que está de alguna manera comprobado científicamente, desde las neurociencias, que nuestro cerebro está, digamos así, diseñado para gastar la menor energía posible y es por eso que busca siempre repetir ciertos comportamientos como para no aprender continuamente cosas nuevas que le implicarían mucho esfuerzo. Es por eso, que repetimos rutinas y tendemos a hacer las cosas siempre de la misma manera, especialmente cuando descubrimos que nos salieron bien, como para no gastar muchas energías. Me sorprendió este dato y me pareció muy interesante como esto, concuerda con lo que nos pasa a nivel psicológico y espiritual. ¡Cómo nos cuesta cambiar! Tendemos a pensar que lo que hacemos y pensamos es lo mejor y no hay porqué cambiarlo. Nos da mucha pereza emprender el arduo camino del cambio, de lo nuevo. En las comunidades de fe, en las parroquias, la clásica respuesta ante la pregunta del sacerdote del porqué esto o lo otro, se hace así o asá, es: “Porque siempre se hizo así” ¿La escuchaste alguna vez?

¡Por eso, cómo cuesta cambiar cuando nos damos cuenta que es necesario cambiar, que es necesario hacer un esfuerzo para ser distintos, para amar! No nos olvidemos que amar es cambiar sin dejar de ser lo que somos, y no se ama sin hacer un esfuerzo y todo esfuerzo implica un cambio, de lugar, de pensamiento, de actitud, de sentir. Amar es también ir descubriendo quienes somos, es ir conociéndonos más, conociendo nuestra vocación, nuestra misión, el sentido de nuestra vida.

En el evangelio de ayer, escuchábamos que Jesús llamaba a unos pescadores, para transformarlos en pescadores de hombres, para ayudarlos a que se den cuenta que estaban hechos para cosas más grandes. Pero eso lo fueron descubriendo poco a poco, en la medida que se dejaron amar por Jesús, en la medida en que fueron aprendiendo de Él, a medida que se fueron conociendo, con sus limitaciones y capacidades, en la medida que fueron cambiando.

Es bueno que cada uno vaya pensando y rezando, de la mano del evangelio, con algo del evangelio, qué cambios podemos hacer en nuestra vida. Qué cambios están al alcance de nuestras manos. A veces no son grandes cosas, te diría que es todo lo contrario, muchas veces los grandes cambios empiezan con cosas muy sencillas y silenciosas, pero cuestan mucho porque a veces no las vemos.

Algo del evangelio de hoy muestra hasta dónde puede llegar la cerrazón del corazón humano, hasta qué punto puede llegar este deseo de “no cambiar” Ver y no querer ver, no querer aceptar. Ver el poder de Jesús y atribuírselo al mismo demonio. La comparación de Jesús es muy clara. Es ridículo pensar que el demonio está luchando contra sí mismo, ni siquiera siguiendo la lógica, era lógico lo que estos escribas le recriminaban a Jesús. Pero mirá… justo ahí está el punto. Cuando el corazón está cerrado, ciego, pierde incluso el sentido menos común de los sentidos en el ser humano, el sentido común. Podemos llegar incluso a negar la realidad más visible, más palpable, más evidente. Eso les pasó a los fariseos y a los escribas, incluso al ver cosas buenas. La ceguera pasa por no querer y poder ver lo bueno y por eso la culpa es del demonio, por eso hay que buscar un culpable, una causa distinta. Cualquier cosa la culpa siempre es de otro, no de nuestra ceguera, y así andamos divididos. A veces cumplimos esto que dice Jesús, de que luchamos en la misma familia, algo bastante insensato. ¿No te pasó alguna vez? ¿No nos pasó alguna vez? Nos pasa a nosotros a diferentes niveles. No vemos lo evidente muchas veces en muchos aspectos. No podemos ver todo lo bueno que hay, todo lo bueno que hace Jesús. No podemos ver que el Reino de Dios está entre nosotros, en nosotros, y seguimos buscando por no sé dónde, pretendiendo que Dios haga lo que nosotros queremos. Y lo peor que nos pasa a veces, que cuando lo empezamos a ver parece que no queremos y es como si nos volviéramos a tapar los ojos para dejar de verla, ¡no vaya a ser que tengamos que reconocer nuestro error! El gran promotor de nuestras cegueras es el orgullo, que jamás quiere dar el brazo a torcer, jamás quiere perder un partido, “si no lo gana lo empata”.

Por eso, dice Jesús que hay un solo pecado que no se podrá perdonar jamás, y es el de la ceguera que nos haga blasfemar contra el mismo Dios negando su acción en este mundo, su bondad, su deseo de librarnos, de sanarnos, de perdonarnos. Dios nos libre de llegar algo así, de rechazar la bondad de Dios, de estar viendo sus milagros con los ojos del cuerpo y no querer aceptarlos con el corazón. Eso jamás, por favor. Por favor te pedimos Señor eso, eso jamás.

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