Mc 3, 22-30 – 23 de enero – III Lunes durante el año

 

 

Los escribas que habían venido de Jerusalén decían: «Está poseído por Belzebul y expulsa a los demonios por el poder del Príncipe de los demonios.»

Jesús los llamó y por medio de comparaciones les explicó: « ¿Cómo Satanás va a expulsar a Satanás? Un reino donde hay luchas internas no puede subsistir. Y una familia dividida tampoco puede subsistir. Por lo tanto, si Satanás se dividió, levantándose contra sí mismo, ya no puede subsistir, sino que ha llegado a su fin. Pero nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no lo ata. Sólo así podrá saquear la casa.

Les aseguro que todo será perdonado a los hombres: todos los pecados y cualquier blasfemia que profieran. Pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás: es culpable de pecado para siempre.»

Jesús dijo esto porque ellos decían: «Está poseído por un espíritu impuro».

Palabra del Señor

Comentario

A veces a los sacerdotes, como a cualquier ser humano, nos puede pasar que “no sabemos bien que decir” al escuchar nosotros mismos el evangelio. Puede pasar, no somos robots, somos oyentes de la Palabra de Dios, como intentás serlo vos día a día, y por eso también lo que podemos llegar a decir cada día, también depende de cómo estamos ese día. Hay días que las cosas fluyen, hay días que las palabras se traban, hay días que no sale nada, hay días y días. Por eso, hay que preparar rezando todos los días lo que podemos decirle a los demás. Por eso tenemos que invocar siempre al Espíritu de Dios, que fue el que la inspiró, para que nos ayude a decir lo mejor que podamos decir y de la mejor manera que lo podamos decir, para no decir “sonseras” que no enriquecen. Lo peor que podemos hacer los sacerdotes día a día, es decir sonseras o palabras vacías y no tomarnos en serio esta tarea tan importante. El Papa Francisco nos escribió algo al respecto sobre la homilía: “Sabemos que los fieles le dan mucha importancia; y ellos, como los mismos ministros ordenados, muchas veces sufren, unos al escuchar y otros al predicar”. ¿Por qué te digo esto? No solo porque hoy es un día de esos en los que no sé mucho que decir y tuve que acudir con más fervor al Espíritu para que me ayude, sino porque es algo que también todos tenemos que tener en cuenta al escuchar la palabra de cada día. No siempre estamos igual, tanto los que predicamos como los que escuchamos, y la eficacia de lo que decimos y escuchamos, depende del estado de nuestro corazón. Muchas veces te lo dije, obviamente no es lo mismo escuchar la Palabra de Dios habiendo preparado el corazón, estando en un lugar en paz, tratando de alejar los ruidos que nos pueden distraer, no haciendo otra cosa, que hacerlo mientras nuestro cuerpo y corazón están pendientes de otras cuestiones. Se puede ir mejorando. Te aconsejo dedicarle a la escucha de la Palabra de cada día, un lugar privilegiado, como a veces le dedicamos a leer otra cosa, a ver una película, a fumar un cigarrillo, a hablar con un amigo, a tantas cosas más. Se puede, siempre se puede más. Bueno, se me hizo un poco largo.

Algo del evangelio de hoy muestra hasta dónde puede llegar la cerrazón del corazón humano. Ver y no querer ver. Ver el poder de Jesús y atribuírselo al mismo demonio. La comparación de Jesús es más que clara. Es ridículo pensar que el demonio está luchando contra sí mismo, ni siquiera siguiendo la lógica, era lógico lo que estos escribas le recriminaban a Jesús. Pero mirá… justo ahí está el punto. Cuando el corazón está cerrado, ciego, se pierde incluso el sentido menos común en el ser humano,  el sentido común. Podemos llegar incluso a negar la realidad más visible, más palpable, más evidente. Eso les pasó a los fariseos y a los escribas, incluso viendo cosas buenas, la ceguera pasa por no poder ver lo bueno y por eso la culpa es del demonio, por eso hay que buscar un culpable, una causa distinta. Cualquier cosa la culpa siempre es de otro, no de nuestra ceguera. ¿No te pasó alguna vez? Nos pasa a nosotros a diferentes niveles. No vemos lo evidente muchas veces en muchos aspectos. No podemos ver todo lo bueno que hay, todo lo bueno que hace Jesús. No podemos ver que el Reino de Dios está entre nosotros, en nosotros, y seguimos buscando por no sé dónde, pretendiendo que Dios haga lo que nosotros queremos. Y lo peor que nos pasa a veces que cuando lo empezamos a ver parece que no queremos y es como si nos volviéramos a tapar los ojos para dejar de verla, ¡no vaya a ser que tengamos que reconocer nuestro error! El gran promotor de nuestras cegueras es el orgullo, que jamás quiere dar el brazo a torcer, jamás quiere perder un partido, “si no lo gana lo empata”.

Por eso dice Jesús que hay un solo pecado que no se podrá perdonar jamás, y es el de la ceguera que nos haga blasfemar contra el mismo Dios negando su acción en este mundo, su bondad, su deseo de librarnos, de sanarnos, de perdonarnos. Dios nos libre de llegar algo así, de rechazar la bondad de Dios, de estar viendo sus milagros con los ojos del cuerpo y no querer aceptarlos con el corazón. Eso jamás, por favor. Por favor te pedimos Señor eso, eso jamás.

Pidamos hoy que Jesús nos vaya librando de nuestras pequeñas cegueras que hacen que todos los días nos perdamos de ver cosas tan lindas, en nuestras vidas, en la de nuestras familias, en la Iglesia, e incluso en este mundo, donde hay mucho del Reino de Dios.

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