Mc 4, 1-20 – 23 de enero – III Miércoles durante el año

 

 

Jesús comenzó a enseñar de nuevo a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca dentro del mar, y sentarse en ella. Mientras tanto, la multitud estaba en la orilla. Él les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas, y esto era lo que les enseñaba:

«¡Escuchen! El sembrador salió a sembrar. Mientras sembraba, parte de la semilla cayó al borde del camino, y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno rocoso, donde no tenía mucha tierra, y brotó en seguida porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemó y, por falta de raíz, se secó. Otra cayó entre las espinas; estas crecieron, la sofocaron, y no dio fruto. Otros granos cayeron en buena tierra y dieron fruto: fueron creciendo y desarrollándose, y rindieron ya el treinta, ya el sesenta, ya el ciento por uno.»

Y decía: «¡El que tenga oídos para oír, que oiga!»

Cuando se quedó solo, los que estaban alrededor de él junto con los Doce, le preguntaban por el sentido de las parábolas. Y Jesús les decía: «A ustedes se les ha confiado el misterio del Reino de Dios; en cambio, para los de afuera, todo es parábola, a fin de que miren y no vean, oigan y no entiendan, no sea que se conviertan y alcancen el perdón.

Jesús les dijo: «¿No entienden esta parábola? ¿Cómo comprenderán entonces todas las demás?

El sembrador siembra la Palabra. Los que están al borde del camino, son aquellos en quienes se siembra la Palabra; pero, apenas la escuchan, viene Satanás y se lleva la semilla sembrada en ellos.

Igualmente, los que reciben la semilla en terreno rocoso son los que, al escuchar la Palabra, la acogen en seguida con alegría; pero no tienen raíces, sino que son inconstantes y, en cuanto sobreviene la tribulación o la persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumben.

Hay otros que reciben la semilla entre espinas: son los que han escuchado la Palabra, pero las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y los demás deseos penetran en ellos y ahogan la Palabra, y esta resulta infructuosa.

Y los que reciben la semilla en tierra buena, son los que escuchan la Palabra, la aceptan y dan fruto al treinta, al sesenta y al ciento por uno.»

Palabra del Señor

Comentario

Las cosas cambian, nos guste o no, nos cueste o no, cambian. Cambia nuestra vida, cambia nuestra manera de pensar, cambian nuestras actitudes, nuestros sentimientos; cambian los que nos rodean, cambia el mundo, cambia la naturaleza, cambia nuestra mirada de la fe, de la Palabra. Mientras nosotros, muchas veces, nos empecinamos en que todo se mantenga igual, todo cambia. ¿Será por eso que nos revelamos ante el cambio? ¿Será que por eso no nos gusta cambiar? Creo que, ante esta realidad que nos supera, podemos tomar dos actitudes distintas… una de ellas es la de la rebelarnos, la del enojo, la de no aceptar el cambio y mantenernos siempre en lo mismo, la de atarnos a ciertas formas que adquirimos o nos impusieron, y que nos impiden ser distintos, en el fondo, ser lo que somos o podemos ser. Por otro lado, el otro extremo, sería la extrema fascinación por el cambio, por lo que es siempre nuevo, pero sin criterio, sin discernimiento, solo por la moda de cambiar y aggiornarse a lo que nos imponen. La realidad, nuestra vida se debería “hamacar” entre estos dos polos, en esa tensión constante, la de aceptar el cambio bebiendo de lo que el pasado nos enseña y mirando siempre al futuro que se nos promete. Jesús quiere que cambiemos, pero no solo por cambiar, sino para confiar, para creer en Él, para que pongamos la esperanza en Él. El que cree sin cambiar, es el que en realidad no cree, solo cree en sí mismo, porque le gusta demasiado ser como es y considera que ya está. El que cambia sin el ancla de la fe, sin creer en Jesús, sin mirarlo a Él, sin escucharlo, es el que cambia por cambiar, el que cambia llevado como veleta por cada viento nuevo que aparece. Ni una cosa, ni la otra, las dos juntas.

Algo del evangelio de hoy nos introduce en las parábolas,  unos de los modos que eligió Jesús para hablarnos e instruirnos de las realidades que no podemos ver con nuestros ojos. Las realidades del Reino de Dios, sobre su modo de estar presente entre nosotros, su modo de ejercer su acción en nuestras vidas y finalmente la forma en la cual podemos responderle. Serían esos tres ejes, o tres dimensiones del Reino de Dios, del Reino de los Cielos, o podríamos llamarlo el Reino del Padre y sus hijos. Una cosa es lo que Dios es, más allá de nosotros. Otra cosa es lo que Dios hace para que podamos descubrirlo y otra cosa es lo que nosotros somos y hacemos para dejar o no que Él obre en nuestras vidas. En realidad, es muy tajante decir: una cosa es esto o lo otro, pero bueno… sirve para entender y vivirlo.

Todo se da junto en nuestro corazón, en nuestra vida. Dios Padre que no se cansa de sembrar, siempre, a tiempo y a destiempo. Siembra en todos lados, en donde parece que nunca brotará y por supuesto en las tierras donde estará asegurada la cosecha. Siembra con generosidad, sin cálculo, con abundancia, no mezquina nunca, no es como nosotros, menos mal. La semilla que siembra el Padre es la mejor, siempre, en cierto sentido no depende de la tierra, sino que en su interior contiene toda la fuerza para crecer, dar fruto y seguir dando semillas. Y finalmente, las tierras-corazones, el tuyo y el mío, son los que “misteriosamente” terminan “definiendo el partido”, porque por más bueno que sea el sembrador y por más buena que sea la semilla, si la tierra no es apta, o no se cuida la planta durante su crecimiento, difícilmente dé los frutos que el sembrador Dios sueña.

Tremenda responsabilidad que tenemos entre manos… tenemos el mejor sembrador, las mejores semillas, pero tenemos que trabajar para que nuestros corazones no sean de piedra, cambien y crean que estamos para dar frutos, frutos de santidad para ofrecerle a nuestro Padre del cielo, ese Padre que no se cansa de creer y cambiar por sus hijos, por vos y por mí.

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